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San Pío de Pietrelcina en Monte Sant'Angelo

Como todos los 23, hoy ofrecemos a nuestros lectores un pasaje de la vida de San Pío de Pietrelcina, en esta ocasión se relata una peregrinación efectuada por el santo sacerdote.

El Padre Pío, el 3 de julio de 1917, hizo peregrinación a la Gruta de Gargano para venerar a San Miguel, santo del que era muy devoto. Muchas veces, con anterioridad, había experimentado la protección del Arcángel en las luchas contra Satanás en Pietrelcina y en el convento de Sant'Anna, en Foggia. Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que, siglos antes, había hecho su seráfico Padre San Francisco.

La comitiva, compuesta por el venerado Padre, por Nicola Penotti, Vincenzo Gisolfi, Rachelina Russo y por catorce colegiales, a la hora 3 del día establecido, salió de San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant'Angelo. Debió recorrer unos largos 26 km. El Padre Pío hizo un buen trecho a pie, pero después, por su estado, fue instado a subir al carro.

Apenas salió el sol, dio algunos pasos para estirar las piernas y rezó el Santo Rosario, entremezclándolo con devotas cancioncillas de alabanza a la Virgen y a San Miguel. Cuando ingresó en el Santuario se conmovió intensamente. De repente, recordando lo que le había sucedido en aquel lugar al Pobrecito de Asís (San Francisco, considerándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo en la puerta y allí quedó la noche entera embelesado en la oración), se arrodilló y con lágrimas en los ojos besó una y otra vez, con total humildad, el umbral de la cueva.

Después, una vez escuchada la explicación del sacristán, que le mostró la TAU impresa por San Francisco, entró y se quedó prosternado, en devota y profunda meditación, a los pies del altar de San Miguel. Rogó por sí, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos los hermanos y soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos los confió a San Miguel. El Padre Pío, completamente distante, permaneció sumergido en la oración.

Desde aquel día su devoción hacia el Príncipe de la Milicia Celeste tuvo un impulso más claro y mayor. Cada año hacía una cuaresma preparatoria para la fiesta del Arcángel. El Padre Pío les hablaba de la fuerza de San Miguel a las almas que se acercaban a él. Siempre las exhortaba a encomendarse confiadas a este glorioso Arcángel, especialmente ante las tentaciones.


Extraído de "Reconciliaos con Dios", editado por el Convento de los Hermanos Menores Capuchinos, San Giovanni Rotondo.

Autor: Redacción

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