"La distribución equitativa de los bienes, querida por el Creador, constituye un imperativo urgente también en el sector de la salud: es preciso que, por fin, cese la persistente injusticia que, sobre todo en los países pobres, priva a gran parte de la población de los cuidados indispensables para la salud".
Lo expresaba Juan Pablo II en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2001. A continuación remarcaba:
"Se trata de un grave escándalo, frente al cual los responsables de las naciones no pueden menos que sentirse comprometidos a hacer todo lo posible para que quienes carezcan de medios materiales puedan gozar al menos de la atención sanitaria básica.
Promover la 'salud para todos' es un deber primario de todo miembro de la comunidad internacional. Para los cristianos, además, se trata de un compromiso íntimamente vinculado al testimonio de su fe. Saben que deben proclamar de manera concreta el evangelio de la vida, promoviendo su respeto y rechazando cualquier forma de atentado contra ella, desde el aborto hasta la eutanasia. En este marco se sitúa también la reflexión sobre el uso de los recursos disponibles. Su limitación exige que se establezcan criterios morales claros, capaces de iluminar las decisiones de los pacientes o de sus tutores frente a tratamientos extraordinarios, costosos o arriesgados. En cualquier caso se deberá evitar caer en formas de ensañamiento terapéutico.
Quisiera manifestar aquí mi estima por todas las personas e instituciones, especialmente religiosas, que prestan un generoso servicio en este sector, respondiendo con valentía a las necesidades urgentes de personas y poblaciones en regiones o países de gran pobreza...
Frente a los nuevos dramas y a las enfermedades que han sustituido las epidemias del pasado, es urgente la labor de buenos samaritanos capaces de prestar a los enfermos los cuidados necesarios, sin permitir que les falte, al mismo tiempo, el apoyo espiritual para vivir en la fe su difícil situación" (n.5).