En 1885 el Dr. Adolfo Saldías solicitó a Manuelita Rosas, por medio de su esposo Máximo Terrero, un relato de lo acontecido a fines de mayo de 1841.
La hija de Rosas escribió entonces desde Londres, la siguiente carta: "Londres, 1° de diciembre de 1885. Máximo mío: En una de las tuyas me pides por deseo del Dr. Saldías, una relación de lo que recuerdo tuvo lugar cuando se me entregó la máquina infernal, y lo hago como sigue: en la noche del 25 de marzo de 1841, estando rodeada de algunas personas que me visitaban en memoria del día del fallecimiento de mi madre, entró Mr. Buzín, primer edecán del almirante Dupotet, entregándome una caja como de una tercia de vara, en tamaño; me dijo que acababa de recibirla de Montevideo, con una carta del cónsul general de Portugal, Acevedo Leite, en la que le pedía ponerla en mis propias manos, para que yo lo hiciera del mismo modo, en las manos de mi padre; y que esa caja encerraba una medalla y diploma de anticuarios de Copenhague que le dedicaban.
Después de tomar esa caja en mis manos, pedí, no recuerdo a cuál de los amigos que allí estaban, ponerla sobre la mesa redonda, que entonces se usaba en medio de la sala; allí quedó toda la noche. Al día siguiente llevé a mi padre la caja, repitiéndole las palabras de Mr. Buzín. Mi padre la miró y me dijo ponerla sobre una de las cómodas que había en su aposento. Después de pasados dos días, me dijo que la abriera y le hiciera saber su contenido. Esto fue el 28 de marzo, tres días después de haberla recibido.
La llevé a mi dormitorio y sentada en una silla al lado de la ventana, llamé a una joven amiga mía, para que me ayudara a descoser los forros.
Bajo el forro, sobre la tapa de la caja estaban varios papeles, en idioma desconocido, y junto se halla la llave de la caja con una cintila colorada.
Puse a un lado los forros y papeles, y al abrir la caja con la llave, saltó la tapa de un modo tan violento, haciendo tan fuerte ruido que mi amiga y yo dimos un grito. Al mirar la máquina no tuve la más mínima idea de lo que era... Mi amiga que la miraba de costado me dijo "Manuelita, fíjate, parecen cañones los tubos que la forman". Hice lo que ella me indicaba y ni así, me inspiró la más mínima sospecha de que tenía en mis manos tan cruel, tan infernal proyecto, del que si la Divina Providencia no me hubiera salvado habríamos sido víctimas con mi amiga Telesfora.
Al tratar de cerrar la caja no pude hacerlo, en balde apretaba dos grandes goznes, que habían saltado en los lados de ella, lo que después supo ser los gatillos, de la máquina que por haberse descompuesto no produjeron el infernal intento.
Esa misma mañana, la llevé a mi padre, y él al mirar la máquina comprendió en el momento la terrible realidad. Guardó silencio un instante y mostrándosela al escribiente, le dijo: "Es esta una máquina infernal enviada por mis enemigos para matarme, pero Dios es Justo".
"Hija mía, refiriéndose a Manuelita, demos fervientes gracias al Divino Ser, que con tanta bondad nos ha salvado con su suprema protección".
"Oh Máximo, cuanta demostración de simpatía nos destinaron esos días tanto nuestros compatriotas como los extranjeros. ¡Jamás lo olvidaré!
Te abraza siempre afectuosa tu amante compañera Manuela de Rosas de Terrero".
Extractado de "Crónica Histórica Argentina", tomo 3, pág. 236.