RELATOS: ANARVIK Y EL OSO
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Un lector nos comentaba haber leído, hace algunos años, un relato que le había gustado mucho pero que no podía encontrar en su archivo. Para el mismo y para quienes no lo hayan leído volvemos a transcribir un fragmento del libro “El país de las sombras largas” de Hans Ruesch donde el autor describe las costumbres de los esquimales que, a principios del siglo, habitaban en el circulo polar ártico, donde la noche dura seis meses.-
“El oso polar no invernaba; mientras todo el mundo animal emigraba hacia el mediodía o se retiraba debajo de la costra helada del mar, en busca de reposo y calor, sólo el oso continuaba cazando y pescando a la luz de las estrellas, para él y para su compañera, que paría en una guarida excavada en el hielo. Poco tiempo antes ese oso había matado a un armiño hembra a la que había devorado con toda su prole aún no nacida. Ahora, excitado su apetito, observaba atentamente a los dos hombres.-
En aquella región todo lo que se mueve es carnívoro. El oso es la presa mas codiciada por el hombre; el hombre es la presa mas codiciada por el oso. Allí no se ha decidido todavía del todo cual de los dos es el rey de la creación.-
- Es posible que intente abatir el oso – Dijo Anarvik ostentando indiferencia. Trémulo por la avidez de la caza, Ernenek dijo: - Soltémosle los perros.
Anarvik meneó la cabeza – Podrían hacerlo huir, o él mataría muchos perros. Y no tenemos demasiados. No, deja que este estúpido hombre siga, como de costumbre, el camino más lento, pero más seguro.-
Con un cuchillo de piedra separó una astilla larga del arco de hueso de ballena. Arrolló la astilla y luego la soltó para probar su elasticidad, entonces le afiló las puntas. Después sacó de su bolsa una bola de grasa de foca que había puesto a ablandar al calor de su cuerpo, operando rápidamente antes que la grasa se congelara, envolvió con ella la astilla de ballena enrollada. Apenas puesta sobre el hielo, la grasa se endureció.-
El cebo fue a parar a unos pocos pasos del oso, que lo husmeó lleno de curiosidad alargando el cuello y gruñendo receloso. Anarvik esperó inmóvil, aplastado contra el suelo, con los brazos y piernas abiertos. Detrás de él Ernenek conteniendo la respiración vio como el oso alargaba su lengua y la pasaba por el cebo, para retirarse, y luego volver a lamerlo y nuevamente retirarse. Pero el oso no podía resistir mucho tiempo la tentación. Un oso después de todo, no es más que un ser humano. Con un movimiento ondulante alargó súbitamente el hocico y se tragó el cebo. En el mismo momento Anarvik y Ernenek se pusieron de pie y de un salto estallaron en risas y gritos de júbilo: ahora el oso les pertenecía. O casi. Cuando el calor del estómago disuelva la grasa, la astilla se dispararía hiriendo de muerte al animal. Luego durante cinco o seis días lo seguirían hasta que, totalmente desangrado, el animal se rendiría al hombre