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Recordando, recordando...

Nada de invadir secciones, mucho menos apropiación de ideas o estilos. Lo dijimos el sábado pasado cuando utilizamos el espacio para la nota sobre cómo eran los veranos de antes, titulada ¡Aquellos duros veranos!, recordando la pantalla, el hielo y los espirales, entre otras cosas, para tratar -nada más que eso- de combatir a los mosquitos. Añoranzas que en cierto modo tienen alguna coincidencia con la muy interesante columna Rafaela del Ayer del escribano Tito Valenti. La cual, dicho sea de paso, por error no salió el sábado pasado, despertando la inquietud de varios lectores que preguntaron por esa ausencia, producto de un error de diagramación que se trató de subsanar apareciendo en la edición del domingo.

Aclara la cuestión, volvemos al tema del pasado. Recordar cómo eran aquellos veranos, hizo que mucha de la gente de entonces nos hiciera llegar algún comentario. Gustan estas cosas del pasado, al menos recordarlas, pues en cierto modo exponen la forma en que antes se vivía, con menos quejas y más adaptación a las circunstancias. De ninguna manera lo cambiamos por el presente, donde hay confort, distracción y variadas maneras de enfrentar tanto el calor del verano como el frío del invierno, entre otras cosas. Quejas siempre las hubo y las continuará habiendo, es aceptable y hasta lógico no caer en el conformismo, siempre se pretende avanzar un pasito más. Pura naturaleza humana, al fin y al cabo.

Tanto introito hacia donde nos conduce. Pues bien, al repaso de algunos elementos y costumbres que, sin cronología ni ninguna otra clase de menciones, fueron apareciendo e incorporándose a nuestros hábitos y costumbres. En materia de bebidas por ejemplo, el vino se consumía mayoritariamente en damajuanas, que luego se fraccionaban en casa; en cuanto a gaseosas, la clásica y casi exclusiva era la naranjina, aunque después se fueron sumando Chuncana, Bidú, Canadá Dry, Nora, hasta que llegó la Coca Cola -que en esta Provincia no estaba habilitada y que bebíamos con deleite cuando íbamos a la provincia de Córdoba-, los jugos en botella que ayudaron a la economía casera, simultáneamente con la Terma, que hace poco nos enteramos fue invento del rafaelino Aldo Fertonani.

La leche que se recibía en el clásico hervidor, de Dante Néspoli -al menos en nuestro barrio-, después comenzó a venir en botellas, hasta llegarse a la "empaquetada" de ahora, con toda una línea de saborizantes, también la descremada y hasta con productos que las convierten en especiales para varios consumidores que tienen afecciones de naturaleza diversa.

¿Soda? Poco y nada, pues los sifones eran bastante peligrosos, siendo reemplazados después por botellas, pero ahora otra vez ¡en boga aquellos!¿Agua embotellada o en bidones? ¡Cosa e´ mandinga! hubiese dicho el Nono a quien se le ocurriera entonces comprar el agua como ahora, aunque sea mineral o de la pureza más impensada del mismísimo Himalaya.

¿Se acuerdan el liso con granadina? Toda una institución en los domingo a la tardecita del Munich, sobre la primera cuadra de calle Saavedra, casi al final donde ahora está Garbarino. Salían más lisos coloreados de rojo que de los comunes, es decir, "lisos". 

Ahora las ensaladas son de rúcula, brotes de soja. Antes la exclusividad la tenían la lechuga y la achicoria. El pollo al horno -todavía Miguelito no había "inventado" el pollo a la parrilla- era un domingo al mes, y con mucha suerte, y además, de los criados en el gallinero propio. No había entonces los pollos "fabricados" como ahora ni siquiera venta de huevos. No había tampoco una sola casa, al menos en los barrios, que no tuviera quinta, gallinero y frutales. Todos con producción propia, achicando gastos.

Un tiempo que fue, y que daría para continuar desgranando con más recuerdos, pero que son suficientes para justificar -tal como lo dijimos el sábado pasado- que no siempre el tiempo pasado fue mejor. Al menos en estos aspectos, en tranquilidad, seguridad y otras cuestiones que se fueron incorporando, sin dudas que fueron mejores. Pero bueno, cada cosa en su época, en su tiempo.

 

Autor: Cicerón del Bote

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