“Sé que muchos se preguntan si estoy bien”, dijo el padre Ignacio Peries anteanoche, poco antes de las 24. Y se respondió a sí mismo: “Dios me devuelve todo lo que hago por ustedes entregándome más fuerzas; recen para que pueda dar lo mejor de mi vida”. Así, ante unas 300.000 personas, según cálculos de los organizadores, despejó dudas sobre su salud y se dedicó a impartir la bendición en el cierre del Vía Crucis de anteayer.
La liturgia de Viernes Santo había comenzado a las 17 en la parroquia Natividad del Señor. Allí estuvieron Ignacio y el obispo emérito Mario Maulión, además de cientos de personas que se multiplicaban también en el exterior de la iglesia. Tanto que, a la hora del Vía Crucis, fueron miles y miles.
“Llama la atención la fe de la gente”, dijo Ignacio poco antes del inicio de la recorrida por las 14 estaciones. En ese momento, muchos aún suponían que llovería, pero el sacerdote fue contundente: “No nos preocupamos por el mal tiempo; todos vienen igual, aunque llueva”. Y luego despejó dudas sobre el clima: “Le agradecemos a Dios por esta hermosa noche”, dijo. No hubo precipitaciones como el año pasado.
Ya cerca de las 20, seguían llegando fieles. Media hora más tarde se iniciaba el Vía Crucis, aunque la masa de público empezó a moverse 15 minutos después hasta que todos se instalaron frente al altar ubicado muy cerca de la enorme cruz del barrio Rucci, en Camino de los Granaderos y Palestina.
La baja temperatura de 17 grados al comienzo de la extensa caminata no amedrentó a nadie, ni siquiera cuando fue descendiendo mientras avanzaba la noche.
El público escuchó con atención los rezos del sacerdote y la interpretación de los textos que fueron leyéndose. Como la actividad de va popularizando cada vez más, Ignacio habló también en inglés y además se escucharon frases en alemán y portugués. Aparte, hubo otro sello distintivo: “Una canción de mi tierra (Sri Lanka)”, expresó Ignacio.
Mientras muchos tomaban café caliente, oían como el sacerdote dedicaba la procesión a los “jubilados, enfermos, discapacitados, pobres y quienes sufren la soledad”.
Nadie quería perderse la oportunidad de tocar o acercar fotos a alguna de las tres cruces que se dirigían hacia cada estación.
Esas mismas fotos, además de estampitas y los crucifijos que se habían repartido a los asistentes fueron puestos en alto cuando el sacerdote llegó finalmente al altar. Eran las 23:25.
Tras pedir insistentemente por los enfermos y para que haya trabajo y vivienda, aclaró: “Estoy bien”. Resonaron los aplausos. En eso, remarcó: “Recen para que pueda dar lo mejor de mi vida”.
En un sector cercano al altar se observó la presencia del intendente Miguel Lifschitz y la concejala Clara García.