Por Mariana Sanmartino. - Salvando honrosas excepciones, el tratamiento público de este complejo problema refleja límites y obstáculos que sólo necesitarían una buena dosis de sentido común (de quienes publican) y respeto (hacia los destinatarios de esas publicaciones). Claramente, no nos referimos aquí a aquellos ámbitos académicos y especializados donde el tratamiento de la información se rige por otras reglas y el eje de la rigurosidad y validez de lo que se “informa” pasa por otras dimensiones (cuyo análisis sería por demás interesante pero escapa a los fines de este escrito).
Nos preocupan puntualmente aquí dos cuestiones vinculadas al tratamiento público del tema “Chagas”: la cantidad y la calidad de los espacios y mensajes. Normalmente, en los medios de comunicación, de Chagas se habla poco y se habla de una manera hondamente discutible.
Por una parte, se siguen utilizando alegremente términos como “Mal de” Chagas y “chagásicos” sin cuestionar el grado de estigmatización que ambos acarrean. De esta manera, es (demasiado) frecuente encontrar titulares como:
“Existen 200.000 chagásicos en Santiago y aún se cuentan unos 80.000 ranchos”. “La mayoría de los dos millones de chagásicos no son tratados”. “De cada 100 chagásicos, nacen tres niños infectados en Santa Fe”.
Frente a estos ejemplos, la pregunta es evidente: ¿acaso a alguien se le ocurriría escribir o hablar en la actualidad de la situación sanitaria de un número tal de “sidóticos” o de la cantidad de “cancerosos” que hay en el país? Ante una pregunta evidente, una respuesta obvia. ¡No, bajo ningún concepto!
Por otra parte, se utilizan términos “difíciles” o se exageran ciertos datos para poder causar más sensación frente a un tema que, en principio no interesa a la audiencia. Una y otra vez subestimando y desconociendo a "la audiencia", a los interlocutores, a “los otros” detrás de la pantalla o del otro lado de la hoja del diario. Se generan así grandes confusiones, ahorrables angustias, falsas expectativas. Y el “sensacionalismo chagásico” rara vez logra atraer a quienes genuinamente (y desgraciadamente) no se sienten convocados a tomar el tema en consideración. Evidentemente, la estrategia debería ser otra…
Todo esto ocurre, en un punto, porque en general, muchos de quienes investigan el tema consideran que por el hecho de conocer su objeto de estudio están capacitados para comunicar bien al respecto. Cuando esto ocurre, es frecuente escuchar o leer entonces que “los expertos” hablan por ejemplo de “corazones que estallan” por causa del Chagas . La idea de corazones estallando, además de ser demasiado fuerte como imagen es falsa desde el punto de vista “científico” dado que la mayoría (70%) de las personas que tienen Chagas se encuentran en una fase asintomática y nunca tendrán afectado el corazón (y al restante 30% -por más que desarrollen la llamada “cardiopatía chagásica”- el corazón jamás les “estallará”).
En otro punto, también en general ocurre que muchos de quienes comunican, acudiendo a estrategias efectistas o amarillistas parecieran verse deslumbrados por lo sofisticado que suena algún hallazgo científico y eso es lo que comunican sin haber hecho una lectura crítica de la validez, la utilidad o la pertinencia de tales hallazgos. Cuando esto ocurre, se pueden encontrar titulares como este: “Científicos argentinos crearon un nuevo tratamiento para el Chagas”
o este otro: “Notición!!!! Una española encuentra una cura al ‘Mal de Chagas ".
Si bien se trata de dos medios distintos (un diario nacional y un blog personal de un autodenominado “profesor de ciencias”), valen ambos como ejemplo de desconocimiento y falta de respeto a la hora de comunicar y hablar públicamente de un tema como este. Peor aún en estos casos, donde el eje en cuestión tiene que ver con la cura o el tratamiento de la enfermedad de Chagas, lo que constituye una de las deudas pendientes para con las personas afectadas. El primer ejemplo trataba, de una manera poco comprensible y con un discurso redundante en compleja terminología científica, acerca de los beneficios de una “promesa científica” que se encontraba aún en fase experimental (y quienes conocen un poco el camino a recorrer en estos casos, podrán decir que desde donde se encontraba el relato de la nota, hasta la materialización de un producto concreto y factible de ser usado a gran escala, pueden pasar años). En el segundo caso mencionado, la nota trata sobre una investigadora española que desarrolla una pintura que -supuestamente- sirve para prevenir la transmisión vectorial del Chagas (al alejar a las vinchucas de las viviendas de las personas), cuestión por demás necesaria pero alejada en lo concreto de "la cura" de la enfermedad.
Consideramos que estos ejemplos y reflexiones, traducen también un posicionamiento particular con respecto al lugar donde se sitúa al interlocutor, a los destinatarios de esas comunicaciones. ¿Sería necesario entonces aclarar que las personas que tienen Chagas también leen los diarios, escuchan radio y miran televisión? ¿Debemos pensar que es necesario atemorizar con una amenaza de pandemia o encandilar con lenguaje “rebuscadamente científico” a quienes no tienen Chagas para que se sientan interpelados? En uno y otro caso, lo que es recomendable pensar es en la necesidad de dirigirnos (nosotros científicos, nosotros comunicadores), a quienes tienen Chagas y a quienes no lo tienen, desde un absoluto respeto y desde lugares que generen verdaderos espacios de diálogo y aprendizaje en lugar de miedo y estigma.