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¿Qué hubo antes de la formación de la Colonia Rafaela?

El 26 de enero de 2013 Rafaela cumplirá 100 años como ciudad. Corría 1913 y contando con nada más que 31 años desde su formación, había pasado de ser aldea colonial a pueblo y alcanzaba, con alrededor de 8.500 habitantes, el título que por entonces sólo Rosario y Santa Fe ostentaban en la provincia. El año próximo, para el festejo, quizás sean 110.000 los habitantes que soplarán las velitas y eso habla de un estupendo desarrollo en los años transcurridos y permite pensar que le aguarda un extraordinario crecimiento en aquellos por venir. Ahora bien, todo rafaelino conoce la historia de su ciudad con lujo de detalles a partir del tiempo de don Guillermo Lehmann y de la epopeya gringa, y seguramente está al tanto de los cómos y de los porqués causantes de su tan rápida evolución. Pero este autor se pregunta; antes de que el agrimensor clavara una simple estaca en el punto del mundo ubicado a 31°15´S, 61°21´O y anotara en su libreta “Colonia Rafaela”, antes de eso… qué hubo? La búsqueda de datos del pasado geológico más una variada y útil información referida a la prehistoria de la zona, permiten dar rienda suelta a la imaginación para tratar de describir -diría casi “ver”- en unas pocas líneas que fue lo que le sucedió a nuestro lugar en el mundo en el transcurso de las distintas eras y así dar respuesta a la original pregunta.

Para ello vamos a retrogradar el comienzo de nuestra historia varios miles de millones de años antes de nuestra época para ubicar al futuro asentamiento de Rafaela en un primitivo desierto pétreo surgido hace muy poco del mar, un páramo gris sin vida donde silba el viento arrastrando partículas de silicatos de un lado a otro. Hacemos que los días pasen velozmente y a medida que se acumulan siglos y milenios, notamos que estas finas arenas volátiles se depositan capa sobre capa originando suaves y onduladas dunas que, ayudadas por lluvias y aluviones, terminan por compactarse formando lo que se conoce como el “loess”. Y aquí nos encontramos con la materia base de nuestra llanura pues el “loess”, esa tierra hoy profunda, arcillosa y rojiza, permite entonces el crecimiento de las primitivas hierbas duras que en el transcurso de otros millones de años más producen, a su vez, los detritos orgánicos vegetales necesarios para crear la capa de fértil tierra negra que hoy pisamos. Seguimos sumando milenios y vemos como lentamente cambia el paisaje de nuestra zona; continúa siendo un desierto pero de inmensos pastizales verde oscuros agitados por el viento. Y sigue siendo todavía un terreno levemente ondulado en cuyos bajos corren canales naturales conduciendo las aguas pluviales hacia el este, hacia un cercano y ancho brazo de mar que un día habrá de ser el Río Paraná. Hasta donde da la vista no se ven bosques, sólo ralos amontonamientos de hierbas gigantes y arbustos similares a helechos que apenas se elevan aquí y allá por sobre la verde alfombra vegetal. En cambio, a cientos de kilómetros al sur y también al oeste de nuestro futuro emplazamiento, allí donde el terreno llano se eleva mucho más pues se está formando una inmensa cordillera, sabemos que existen extensos bosques de colosales coníferas y monumentales helechos gracias al húmedo clima tropical imperante.

Esta lujuriante selva alberga una fabulosa vida animal. Son los “lagartos terribles”, los dinosaurios que reinan en casi todo el mundo. Allí, enormes bestias herbívoras como el “Argentinosaurus” de 40 metros de largo, 12 de alto y un peso de 100 toneladas, o el “Andesaurus” de un largo de 15 metros, una altura de 8 metros y un peso de 20 toneladas, mastican diariamente enormes cantidades de pastos y hojas mientras son acechados por carnívoros como el “Carnotaurus” de 10 metros de largo o por manadas de “Eoraptor”, pequeños bípedos predadores de poco más de un metro de largo, de agudos dientes y patas de tres dedos poseedores de enormes y filosas uñas en forma de garras. También ronda entre la hojarasca la más primitiva de nuestras aves, el “Andalgaronlis”, un gigantesco pájaro de casi 40 kilos de peso que aún no sabe lo que es volar pero sí alimentarse destrozando ferozmente con su pico en forma de hacha a sus presas preferidas. Pero aquí, en nuestra llanura, las cosas son menos espectaculares. Imagino que el tipo de terreno, blando y desprovisto de lugares donde ocultarse para cazar o de exuberantes vegetales que comer, impide a aquellas enormes bestias el merodear por la zona dando lugar entonces a que otras especies más pequeñas y mejor adaptadas al medio ambiente dominen nuestro desierto verde. Más pequeñas es un decir pues en el lugar donde en unos 35 millones de años estará nuestra hermosa Plaza 25 de Mayo, un “Megatherio”, está triturando con sus enormes molares hojas tiernas, raíces y tubérculos que desentierra con sus poderosas garras. De gran parecido a un perezoso de hoy se diferencia de él en que pesa 8 toneladas y alcanza los 6 metros de altura parado sobre sus patas traseras. También pastan por aquí manadas de “Stegomastodontes”, primitivos elefantes de casi 4 metros de alto y 6 toneladas de peso y rondan otros herbívoros como el “Toxodon” -similar a un rinoceronte- manadas de “Macrauchenias”, una primitiva llama, y abundantes “Sclerocallyptus” y “Glyptodontes”, unos acorazados armadillos de hasta 3 metros de diámetro y 1.500 kilos de peso. Y hay equinos, cantidades de “Equidaes”, pequeños caballitos casi del tamaño de ponys, que corren velozmente sorteando los arbustos ante cualquier alarma. Porque todos ellos estaban bajo la amenaza del máximo predador carnívoro zonal que acecha entre los matorrales. Se trata del “Smilodón”, el temible tigre dientes de sable que provisto de dos afilados colmillos de 25 centímetros y ayudado por sus casi 300 kilos de peso puede seccionar la garganta de cualquiera de ellos de una sola dentellada.

La vida vegetal y animal que fuimos conociendo en los párrafos anteriores se fue desarrollando en nuestras tierras en el transcurso de los últimos 100 millones de años, pero en nuestro rápido viaje y a medida que nos acercamos a nuestro tiempo, notamos que los monstruos gigantes se extinguen, desaparecen ciertas especies, algunas continúan subsistiendo, otras evolucionan junto a nuevas criaturas que van surgiendo para hacerse fuertes en este terreno que ya tiene casi el paisaje reconocible de hoy. Y entre la nuevas especies, una diferente; los hombres. Estas criaturas irrumpen por estos lares hace apenas unos 11.000 años que es cuando, desde el sur del continente, vienen reconociendo el terreno ciertos primitivos “homo sapiens”. Constituyen estos las avanzadas de tribus cazadoras recolectoras nómades que vienen asediando a los “Equidaes” y quizás también a los “Estegomastodontes” para aprovisionarse de su carne y su cuero. Desde entonces nuestra zona se transforma en una especie de coto de caza donde el ir y venir de estos aborígenes persiguiendo a las manadas es la constante en ciertas épocas del año. Pero notamos algo que jamás sucede con ellos; ninguna de tales tribus decide detenerse y arraigarse en nuestra llanura dispuesta a emprender alguna tarea de tipo agrícola además de la caza. La inteligencia, el uso de lanzas y flechas unido al trabajo en equipo de la especie bípeda -cuyo número es cada vez más numeroso- se ve muy pronto reflejado en el medio ambiente animal pues, 3.000 años después de su irrupción, extinguen definitivamente a “Equidaes”, “Macrauchenias” y “Stegomastodontes”, logrando también ahuyentar a territorios mucho más al norte al temible “Smilodón”. Esto provoca el aumento y el desarrollo de especies cada vez más pequeñas y es entonces que comenzamos a ver guanacos, llamas, ñandúes, gamos y pequeños carnívoros como el puma o el gato de los pajonales. La abundancia de pájaros de todo tipo y tamaños alcanza niveles espectaculares porque extensos montes de algarrobos, quebrachos, chañares, espinillos o talas surgen hacia el norte, hasta muy cerca de nuestra futura posición.

Las tribus nativas van tomando características propias y comienzan a diferenciarse; siguen siendo nómades, se llaman ahora mocovíes, sanavirones o guaycurúes, vienen desde el norte para aprovisionarse con los productos de la caza y hacia ese cardinal vuelven. Por entonces los últimos vestigios vivos de la prehistoria, los “Gliptodontes”, sucumben también ante las necesidades alimenticias de los nativos. Faltan 486 años para nuestros días y otra raza humana que se considera a sí misma “civilizada” llega de Europa y se establece precariamente en la confluencia de los ríos Paraná y Carcarañá, no muy lejos de aquí, dando comienzo a otro tipo de invasión, una que no solo va a ser territorial sino también cultural. Estos hombres originarios de España y en nombre de reyes que nunca vieron esta tierra, fueron apropiándose de ella, desplazando lentamente y a punta de espada a los pueblos originarios. Pero esto ya es otra historia; en una próxima nota habremos de ver que pasó y quienes pasaron por nuestro lugar en el mundo durante los últimos años previos a los martillazos asestados a la famosa estaca por parte del agrimensor de don Guillermo Lehmann.

Autor: Orlando Pérez Manassero

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