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Primeras inoculaciones contra la rabia

El 6 de julio de 1885, Pasteur vio entrar a su laboratorio a una mujer alsaciana, acompañada de su hijo José Meister, un niño de nueve años que el día anterior había sido mordido por un perro rabioso.

La madre contó a Pasteur, que en momentos en que su hijo se dirigía a la escuela, un perro se abalanzó sobre el niño, lo derribó, provocándole catorce heridas. Un albañil que vio la escena, acudió con una barra de hierro, obligó al perro a soltar su presa.

El perro volvió a casa de su amo a quien mordió en un brazo, más este, con un fusil lo mató en el acto. Los padres del niño, consultaron al Dr. Neber, radicado en Villé; este aconsejó a la madre que partiera a París, a consultar a quien podría dictaminar lo que debía hacerse.

La emoción de Pasteur fue profunda cuando examinó al niño, que no podía caminar, por causa del dolor por las heridas. ¿Qué haría con él? ¿osaría aplicar el tratamiento preventivo que daba seguros resultados en sus perros?

Pasteur consultó al sabio Vulpain y al Dr. Grancher, quienes entre la gravedad de las mordeduras decidieron que realizara el tratamiento en el acto. El tratamiento duró diez días y durante el mismo Pasteur sentía emociones contradictorias que lo llevaban de la esperanza a la angustia. Todas las noches tenía fiebre; en sus pesadillas veía al pequeño Meister, súbitamente atacado por la enfermedad y ahogado por la rabia. Sólo comenzó a tranquilizarse a los treinta y cuatro días, de haber sido mordido el niño.

El 26 de octubre del mismo año, Pasteur expuso en la Academia de Ciencias el tratamiento con éxito, aplicado a Meister, y otro caso de Jupille.

El cuerpo médico aceptó el descubrimiento de Pasteur a quien honraron varios oradores. Vulpain, se paró y dijo: "Es menester que todas las personas mordidas por perros rabiosos obtengan los beneficios de este gran descubrimiento".

En marzo de 1886, Pasteur recibió a diecinueve rusos venidos de la provincia de Smolensk, que habían sido horriblemente mordidos por un lobo rabioso. Atacado por la bestia furiosa, en momentos que se dirigía al oficio, un religioso había perdido el labio inferior y parte de la mejilla; su rostro era una llaga viva. El más joven había recibido una dentellada en la frente y parecía, con la cabeza vendada, un herido llegado del campo de batalla.

El médico que acompañaba a esos campesinos rusos, explicó cómo el lobo rabioso había mordido a cuantos encontró en su alocada carrera en dos días y dos noches y cómo lo mató a hachazos el mujik más herido.

Ante la gravedad del caso, y a causa del tiempo transcurrido, Pasteur dispuso que se les hicieran dos inoculaciones diarias. De los diecinueve, salvaron sus vidas dieciséis y Rusia saludó el regreso de estos hombres con demostraciones de emoción casi religiosa. Al enterarse el zar, de la cura de sus súbitos, encomendó a su hermano El duque Vladimiro, que entregara a Pasteur, la Gran Cruz de brillantes de Santa Ana de Rusia y donó cien mil francos para la fundación del Instituto Pasteur.

Extractado de "Vida y paisaje" de María E. Robredo y María L. Rumora; Págs. 138-139-140-141; traído a mi oficina por Ovidio Marcón.

Autor: Amado Raspo

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