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Primer poeta del tango

Dentro de la vastísima constelación de poetas relacionados con nuestro tango resulta imprescindible referirse a quien muchos investigadores reconocen como el iniciador de la poesía tanguera tal como la conocimos en su momento de máximo esplendor, considerándolo además como la figura que marcó la transición desde las etapas fundacionales que no salían del ámbito barrial con los clásicos contrapuntos entre versificadores, para llegar al centro y ser aceptado por toda la sociedad argentina. Hablamos de José Betinotti, quien fuera llamado acertadamente “el último payador”.

SU VIDA
Betinotti nació en 25 de Mayo (Pcia. de Bs. As.) en 1878 y su familia se radicó muy pronto en el popular barrio de Almagro, falleciendo en la gran Capital en 1915. Fue un poeta de estrecha relación con el arrabal porteño donde se crió, iniciándose como payador apadrinado por el no menos famoso Gabino Ezeiza, aquél del “Heroico Paysandú” que le salvara la vida en un entrevero con un colega oriental. Desde joven se hizo conocer al publicar varios libros de poesías, colaborando además con revistas del género. Fue amigo de un Carlos Gardel adolescente y según cuentan varios historiadores el apodo de “Zorzal” fue sugerido por Betinotti durante una de las acostumbradas “tenidas” que realizaban ambos por los diversos barrios porteños, al finalizar una improvisación frente al joven cantor con “...el canto de ese zorzal”.
Su obra más famosa fue sin duda el vals “Pobre mi madre querida”, que el mismo Carlos Gardel incluyó en sus primeras grabaciones de 1913, con hermosos versos que nos encantaron a todos en épocas en que aún era normal mostrarse sentimental. Gardel grabó también los valses “Como quiere la madre a sus hijos” en 1919, y el muy famoso “Tu diagnóstico” en 1922 para volver sobre el mismo tema en Nueva York en 1933, versión que hoy gustamos por haber sido registrada esta vez con el sistema eléctrico por entonces moderno.
Sobre la vida de este poeta de los barrios porteños recordamos una película protagonizada por Hugo del Carril, titulada como su conocido primer vals, con la participación estelar de la famosa actriz de carácter italiana Emma Gramatica. Hoy el recuerdo de este poeta del suburbio porteño se concentra en “Betinotti”, una hermosa milonga de Homero Manzi y Sebastián Piana que solemos escuchar en una magnífica versión de Ignacio Corsini.
En realidad, según cuentan los historiadores del tango, José Betinotti nunca se distinguió como payador, ya que por su marcada afición por la bebida nunca lograba sobresalir en ese ambiente de versificadores que improvisaban letras para sostener un contrapunto que debía indefectiblemente terminar en un ganador y un vencido. En esta situación, no lograba alcanzar la calidad poética de su amigo Gabino Ezeiza, pese a lo cual todo el ambiente lo respetaba porque cuando el alcohol no lo vencía era capaz de elaborar hermosos versos que, pese a un cierto abuso del lunfardo, por lo común alcanzaban gran popularidad.
Entre los payadores convencionales y pese al apoyo decidido de Ezeiza, Betinotti no lograba una aceptación general, ya que sus letras eran más íntimas y emotivas que las acostumbradas en las populares payadas. De este modo, se fue acercando a otros ambientes musicales donde comenzaba a popularizarse un nuevo ritmo llamado “tango”, algo que los payadores no veían con muy buenos ojos porque las letras de cada pieza musical ya venían establecidas, algo muy lejos de la improvisación que en los contrapuntos definía al vencedor de la reunión musical. No obstante, esta diferencia duró muy poco, ya que el naciente ritmo ciudadano fue creciendo con una rapidez llamativa y en muy poco tiempo la costumbre de los desafíos con letras improvisadas fue decayendo hasta desaparecer por completo.
Siguiendo esa línea, Betinotti se fue alejando de las clásicas payadas, contrapuntos cuyos máximos exponentes eran sin duda Villoldo y Ezeiza. De este último recuerdo un disco que estaba en casa de mis abuelos, allá por 1940, con la famosa improvisación que él salvó la vida durante un desafío con un payador oriental en la ciudad de Paysandú. Según cuenta la historia cuando Ezeiza vio que la cosa se estaba poniendo muy fea improvisó su famoso “Canto a Paysandú”, con el cual cambió el “ambiente pesado” y terminaron llevándolo en andas a tomar la lancha de regreso a nuestro país. Si mi memoria no me falla :
«Heroico Paysandú, yo te saludo, hermana de la Patria en que nací,/ Tus glorias y tus lauros esplendentes se cantan en mi tierra como aquí./ Los bardos que tenemos en el Plata, escalando el Olimpo en su canción,/ Dedican a esta tierra de valientes su más grande y profunda inspiración/ Hermanas en las luchas y en las glorias lo mismo que alá en Ituzaingó/ En hechos trascendentes que la Historia de uno y otro pueblo recordó/ Heroico Paysandú yo te saludo, la Troya americana porque lo es./ Saludo a esta tierra de valientes, la cuna de los bravos Treinta y Tres».
Pero volviendo a José Betinotti, debemos recordar su amistad con un muy joven Carlos Gardel. Apoyándose en la popularidad de los payadores, Betinotti se fue acercando a los grupos que acostumbraban reunirse en la zona del Abasto, de tal modo que una noche coincidieron en un tradicional boliche y en la inevitable payada Carlos reconoció que era incapaz de improvisar, cantando en cambio el vals “Pobre mi madre querida” cuya letra pertenecía a su rival del momento. Betinotti respondió improvisando unas letras. De allí nació una amistad que los llevó a repetir el contrapunto en distintos sitios de la ciudad, tomando Gardel de su contrincante el cuidado de la apariencia externa.
El progresivo abandono de las improvisaciones clásicas de toda payada para dedicarse a una naciente música y letras impresas para su divulgación general, determinó que la costumbre de los enfrentamientos entre payadores fuera cayendo en el olvido. José Betinotti fue quizás la figura que mejor personificó esta transformación musical ciudadana, y por ello mereció el apodo con que hoy lo recordamos: “El Ultimo Payador”.


Autor: Juan Carlos Perucca

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