CIUDAD DEL VATICANO. - La difusa mentalidad funcionalista, relacionada con el modelo económico imperante que parece haber perdido la dimensión ética, está penalizando las vidas de los niños, jóvenes y personas mayores, grupos de edad más afectados por la crisis, causando efectos devastadores en la educación, atención sanitaria y social.
Y un pueblo que no se preocupa por sus hijos, su juventud y los mayores se arriesga a perder la esperanza. Con motivo de la celebración de la Navidad, los obispos de Argentina expresaron su preocupación por la difícil situación de los pobres y excluidos, y subrayaron que "la vida debe ser protegida por la ley desde la concepción, durante el desarrollo y la muerte natural".
En su mensaje a las comunidades diocesanas diferentes, los obispos hicieron hincapié en la situación de exclusión, el abuso, la violencia y la creciente marginación de los jóvenes en particular. De hecho, la pobreza extrema se ha convertido en estructural, como lo demuestran las alarmantes estadísticas que detectan cómo muchos adolescentes y jóvenes son hijos de padres que nunca han trabajado. No es sólo la imposibilidad o dificultad para encontrar empleo, sino la pérdida de la "cultura del trabajo", lo que significa una gran decadencia social y cultural. Una auténtica cultura del trabajo debe "crecer con bienestar físico y espiritual del trabajador". Celebrar juntos estos dos aspectos es difícil y requiere una concepción de la obra recae en el hombre mismo y no en los mecanismos económicos o de las ideologías políticas o sociales. Se debe entonces una antropología donde las necesidades del cuerpo y el espíritu se armonizan.
Hay que reconocer que las culturas dominantes de trabajo son a menudo determinados por factores externos al propio hombre, que las necesidades de producción y beneficiarse del desarrollo de los mecanismos técnicos y de mercado a menudo despiadado. "La demanda urgente que procede del hombre y la sociedad actual -muestran los obispos- es la humanización del mundo del trabajo". En las palabras del arzobispo de Santa Fe y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina José María Arancedo, se evidencia que "la violencia y el maltrato infantil, la presencia de la droga que daña a nuestra juventud, la marginación y exclusión, los retos siguen siendo tan urgente que tenemos que hacerlo". Por su parte, el obispo de Mar del Plata Antonio Marino dijo que "es una tarea urgente trabajar para erradicar la pobreza, proporcionar una educación sin exclusión y proteger la integridad física de los jóvenes." El arzobispo de Tucumán Alfredo Horacio Zecca ha hecho hincapié en que muchas veces no hay una comprensión exacta de los términos, como opositor no significa que el enemigo no significa argumentar y discutir las cosas importantes que merecen ser discutidos en el Parlamento y en otras instituciones capaces de promover la reunión.
En varias ocasiones los obispos argentinos han reiterado la necesidad de "establecer políticas públicas a partir de la Constitución nacional, promover el desarrollo federal, sano y armónico de Argentina". Al mismo tiempo, es importante mantener el diálogo, que es "el más sabio y apropiado para prevenir y abordar los conflictos". De acuerdo con los obispos es esencial para "promover y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio a los demás y el bien común, con la capacidad de promover el desarrollo integral de los individuos y la sociedad, que exceden el poder y la omnipotencia no está satisfecho con la mera gestión de urgencias". En este sentido, el Episcopado argentino ha señalado reiteradamente algunos valores fundamentales que "todo verdadero líder debe poseer", incluida la integridad moral, amplitud de visión, un compromiso concreto para el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés de ir más allá de las cosas inmediatas, el respeto de la ley, el discernimiento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la "coherencia de vida".
Los obispos han expresado su preocupación por la situación de la educación, "un bien público prioritario muy deteriorado. Se enfrenta a una profunda crisis educativa, que en el caso no sea tratado con la inteligencia y la velocidad afectará negativamente el futuro de las generaciones jóvenes". Además, en varias ocasiones, el Episcopado se ha quejado de que "no era posible erradicar un clima histórico de la corrupción" y definió "la preocupante situación de los adolescentes y los jóvenes que no estudian ni trabajan, como la pobreza obstaculiza el pleno desarrollo de su capacidad, dejándolos a merced de propuestas fáciles", como es el creciente uso de las drogas que hace siempre más víctimas, la oferta del juego, la violencia y la inseguridad generalizada.
Los obispos han establecido algunos objetivos: recuperar el respeto por la familia y por la vida para avanzar en la reconciliación y la capacidad de diálogo; el fortalecimiento de las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad; mejorar el sistema político y la calidad de la democracia; promover la educación y el empleo, el desarrollo y la distribución justa de los bienes.
Fuente: L'Osservatore Romano, 31 de diciembre 2011.