Pepe Marquínez
Buenos Aires te sorprende. Esto no es nuevo ni extraño. Es una ciudad con innumerables lugares, vericuetos y misterios. Te sorprende con edificios, con calles, esquinas… Me referiré en este nota a un lugar cargado de historia y rarezas: El Pasaje Roverano. Está ubicado en pleno corazón de la ciudad, casi microcentro, Avenida de Mayo 560, territorio que pertenece al barrio de Monserrat.
El lugar en cuestión, lindero al edificio del Cabildo se encuentra allá donde nace la Avenida de Mayo, frente al emblemático edificio del diario La Prensa, otrora gran periódico que empardaba la tirada diaria de La Nación, hoy reducido a la mínima expresión.
El edificio de La Prensa es de una belleza incomparable, ejemplo de la arquitectura finisecular, mandado a construir por José Carmelo Paz y donde actualmente funciona la casa de la Cultura de la ciudad de Buenos Aires.
Pero volvamos al Roverano. La ubicación ya se las di y tiene una particularidad: es el único edificio de la ciudad que tiene acceso directo a una estación de subterráneo: la estación Perú de la línea A. Esta rareza contó con la autorización municipal dictada el 30 de julio de 1915. Además, poseen una ventaja quienes tienen negocios u oficinas en el edificio o simplemente lo transitan: en los días de lluvia no se mojan para tomar el subte. Consta de subsuelo, planta baja y siete pisos.
En la Avenida de Mayo hay dos pasajes más: El Barolo, ubicado al 1380, hermano del Salvo situado donde nace la 18 de Julio en la vecina Montevideo construido ambos por el arquitecto italiano Palanti y que en su momento fue el más alto de Sudamérica y el Urquiza Anchorena situado al 747. Tanto el Barolo como el Roverano tienen acceso (o salida como le guste) hacia dos calles: Avenida de Mayo e Hipólito Yrigoyen (ex calle Victoria). Por la planta baja, atiborrada de negocios y locales con impronta añeja, se accede mediante escalera o ascensor al subsuelo: así se llega a la estación de subte.
Sobre la Avenida de Mayo se encuentra una centenaria peluquería con cristales curvos y mobiliario antiguo. Dicen que el primer peluquero se apellidaba Smiriglio y sobresale erguida una fomentera que se usaba para la aplicación de paños calientes a los recién afeitados. Sobre Yrigoyen encontramos un restaurante y bar. En la galería se destacan ocho columnas de mármol ónix y una majestuosa escalera del mismo material.
Antes que existiera el edificio Roverano, funcionaba la confitería Monquillot.
El portero de este edificio con quien me entrevisté en mi reciente visita es un santiagueño del pueblo de Lugones, se llama Mario Villalba y está en esas funciones desde 1965!!! Me contó que los mármoles, herrajes y ornamentos fueron traídos desde Italia y los vitreaux de Francia.
Actualmente sólo existen oficinas y muchas de ellas cuentan con pisos de roble de Eslavonia. Todo ello en las plantas superiores porque la galería cuenta con negocios que venden tarjetas, sellos y alguna cerrajería. El piso del pasaje es el original, salvo la parte central que fue necesario reemplazar por el desgaste producido por el uso. Las puertas son de roble y el herraje es de bronce macizo.
El edificio fue mandado a construir por Angel y Pascual Roverano en 1878. Se concluyó la obra 40 años después, tarea que tuvo a cargo Francisco Roverano, con residencia en Mar del Plata. Hacia 1967, sobrinos de este último lo convirtieron en propiedad horizontal y lo vendieron, versión que me suministró Villalba.
El Roverano, fue testigo hacia 1970 de reuniones políticas entre Balbín, Américo Ghioldi y Paladino a la sazón delegado de Perón, entre otros. Era la época de la Hora del Pueblo. También funcionaron oficinas del Banco Río. Acudían frecuentemente los Perez Companc (Carlos y Goyo) como así también la plana mayor de la Curia Metropolitana.
En su momento tuvo asiento la primera compañía aérea que tuvo el país: Aeoroposta Argentina, la cual tenía frecuencias a la Patagonia.
Curiosamente el apellido Roverano aparece en la letra de un tango. Con música de Piana y versos de Cátulo Castillo, la orquesta de Canaro con la voz de Tita Merello grabó “Arrabalera” y sus versos dicen: “mi casa fue un corralón de arrabal bien proletario, papel de diario el pañal del cajón en que me crié, para mostrar mi blasón pedigree modesto y sano, oiga che presénteme, soy Felisa Roverano, tanto gusto no hay de que”. Seguramente Cátulo lo empleó por una cuestión fonética pero habida cuenta que no es un apellido común me hago la ilusión de que el autor se inspiró en el edificio de la Avenida de Mayo, para inmortalizar al personaje de la canción.