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“Para tomar aire, y ver, y caminar simplemente...”

En verano, con las altas temperaturas, muchas personas esperan que llegue la tardecita para salir a hacer los mandados. En lo personal, disfruto caminar, tranquila, cuando se oculta el sol y llega la noche. Y como una espectadora, observo mi alrededor, y muchas veces me encuentro pensando en los que encerrados en sus casas “se enchufan” a la TV o a la PC.

“¿Por qué no salen a disfrutar este cielo?”, pienso, pero enseguida me distraigo con alguna otra cosa.

Y entonces aparece el tema de la inseguridad. Pero yo, empecinada, y queriendo que nadie me robe la tranquilidad, y menos aún, estas noches de verano, sigo caminando.

Hace unos días, me crucé con un agente de la Guardia Urbana de Rafaela, con quien conversamos acerca de estos temas, conscientes ambos de que nada ocurre de manera aislada y que se necesita un cambio global. Y, de una u otra manera, el cambio se va a dar, porque la sociedad es dinámica por naturaleza.

En esa ocasión mencioné “El Peatón”, un cuento de Ray Bradbury que hoy comparto con los lectores de LA OPINION. Pensándolo como una excusa para reflexionar acerca de nuestros actos cotidianos, o una excusa para gozar de él, porque ese es el fin de la literatura, y también el de la vida misma.


“EL PEATON”

(Ray Bradbury- fragmento). Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera (…)

En esta noche particular, Mead inició su paseo caminando hacia el oeste. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz (…)

-Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona (…)

-¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?

(…) El señor Mead siguió su camino. Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.

Dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca.

Una voz metálica llamó: -Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

-¡Arriba las manos!

-Pero... -dijo Mead.

-¡Arriba las manos, o dispararemos!

La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.

-¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

-Leonard Mead -dijo.

-¡Más alto!

-¡Leonard Mead!

-¿Ocupación o profesión?

-Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

-Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.

-Sí, puede ser así -dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.

-Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?

-Caminando -dijo Leonard Mead.

-¡Caminando!

-Sólo caminando -dijo Mead

-¿Caminando, sólo caminando, caminando?

-Sí, señor.

-¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

-Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

-¡Su dirección!

-Calle Saint James, once, sur.

-¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire?

-Sí.

-¿Y tiene usted televisor?

-No.

-¿No? Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

-¿Es usted casado, señor Mead?

-No.

(…)

-¿Sólo caminando, señor Mead?

-Sí.

- No ha dicho para qué.

-Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

-Bueno, señor Mead -dijo el coche.

-¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.

-Sí -dijo la voz.

La portezuela trasera del coche se abrió de par en par- Entre.

-Un minuto. ¡No he hecho nada!

-Entre.

Mead entró. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

-¿Hacia dónde me llevan?

-Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.

La puerta se cerró con un golpe blando. El coche rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.

-Mi casa -dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

Fin (The Pedestrian © 1951).

Autor: María Florencia Forni

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