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¡Oh, carta de Elizabeth!

El rótulo a este preludio, en el cual parafraseamos una expresión de Les Luthiers, lleva implícito el deseo de dar a conocer el filosófico pensamiento de una joven, que dejó plasmado en el papel, lo que consideramos una pequeña joya literaria.

Nacida en la vecina localidad de Presidente Roca, arrullada por los suaves vientos del norte de nuestra ubérrima pampa húmeda, pasó los arios de su niñez tejiendo quien sabe qué pensamientos de infinita y cósmica lejanía.

Hoy radicada en Holanda, no olvidó su Presidente Roca natal al momento de formar el hogar propio, recibiendo el sacramento nupcial en la Iglesia de su pueblo natal, proponiendo en las puertas mismas del templo (luego de la ceremonia religiosa) el deseo de recibir la final despedida en el lugar desde donde brotara como un suave capullo un lejano día de marzo. Demos paso a la joven literata en su preclara expresión epistolar.


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Por Lisa Czako. - Ahora si abrimos nuestros correos electrónicos y no hay nuevos mensajes, sentimos que nadie nos quiere o recuerda, antes el cartero o el personal de la estafeta postal eran quienes daban una sonrisa en el eco de la mayor implorancia de sus latidos, porque esa carta coloreaba la jornada, encendía esperanzas de posibles encuentros. Lo asocio a esos experimentos de biología donde nos hacían germinar un poroto en un vaso con papel secante que lo separaba de la tierra, cada hojita que salía era el bienvenido recibimiento de una carta de la lejanía.

Desenredando/ devanando el ovillo de nuestros antepasados gringos, encontramos donde está cortado el hilo de la madeja, cuando nuestros migrantes dejaban su patria -ese preciso lugar donde eran dueños de su alma-.

Cada uno de nosotros tenemos en lo más cercano o no muy lejano de sus lazos, quien nos narró sus historias en la guerra, la constante añoranza a su terruño abandonado, sus palabras atravesadas y enlazadas en su vocabulario castellano pero siempre con el ahínco de seguir aferrado a su natal lenguaje. En mi caso, el idioma materno era el mas apropiado para acrobacias fonéticas.

Preguntas y más suposiciones podemos hacernos, pero alguna vez alguien de ustedes se respondieron cómo estas familias pudieron seguir unidos a los suyos de tan lejos sin las actuales megavelocidades. Permanece en mi recuerdo mi abuela escribiendo cartas que se parecían a minutas de sus días, con fotos, nuestros dibujos. Regularmente recibía una respuesta, que muchas veces durante el tiempo del bloqueo soviético habían sido censuradas y eso creaba un obstáculo más en ese intento de comunicación constante casi diaria con los suyos. Siempre era mi incógnita entender esa necesidad de revivirlo todo en las cartas con hojas cuasi transparentes, propia para los envíos postales aéreos. Mas tarde comprendí que nuestros abuelos o nonos, jamás quisieron verse separados por 10 mil kilómetros con los suyos, el hecho de volcarlo y contarlo todo fue su manera de seguir unido a los que dejaron y hacerlos partícipes de sus días. De alguna manera trataban de estar juntos y unidos ambas familias compartiendo la realidad de cada uno, se extendían sus horas engarzando en cada letra una parte del deseo de su alma en la comunión de sus días. Eran como islas que hacían su propio archipiélago.

Solo fue un llamado al reconocimiento de esas heroínas y héroes que forjaron nuestras vidas, nos plasmaron el permanente recuerdo de lo que dejaron, gracias a su constancia y paciencia por ilustrarnos otras realidades que también nos pertenecen.

Mamá gracias por heredar ser el instrumento para escribir todo lo que sale a borbotones y el lápiz lo vuelca. Papá gracias por ser parte de una familia magyar que tantos círculos me enseña a dibujar. Gracias a ambos por darme alas y poder estar siempre arropados.

Autor: Antonio Fassi

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