Relatos: jabalí 1 – cazador 0
EL JABALI. Una presa codiciada por los cazadores.
La forma más habitual de cazar jabalíes es al acecho, es decir, acechándolo, esperándolo, en los lugares que suele frecuentar para comer o beber. Así, se lo espera en las noches de luna llena en las aguadas. El cazador aguarda escondido hasta que baja el padrillo y con ayuda de la luna, su experiencia y un poco de suerte puede hacerse de su presa.
Otra forma, no tan habitual, es recechándolo con ayuda de perros. Vale aclarar que el jabalí, como la mayoría de los animales salvajes, es de hábitos nocturnos. Por la mañana duerme en lo más espeso del monte o de los pastizales y por la noche es cuando sale en busca de comida. Por ello cuando se lo rececha se largan los perros en el monte y estos van buscando los rastros hasta que detectan alguno.
Con una tenacidad e insistencia increíble van siguiendo el rastro abstrayéndose de todo el resto de ruidos, olores u órdenes de sus dueños. Desconozco la razón pero existe un instinto natural en los perros que los lleva a perseguir y atacar a los jabalíes. Una vez que encuentran el “encame” acosan al chancho acorralándolo entre todos los perros. Unos lo agarran de las orejas y otros de los cuartos o las verijas con una fiereza que recuerda a las manadas de lobos. Pienso yo que tal vez el olor de los chanchos despierta en los perros algún viejo instinto de caza que subyace dormido hasta que el monte lo despierta. Ahí es cuando llega el cazador para ultimar a cuchillo la fiera que a dentelladas se defiende de sus atacantes.
En mi último viaje a La Pampa recorriendo las más de 60.000 hectáreas del campo, Jorge el encargado del coto me pregunto: ¿Te animás a cazar un jabalí a cuchillo? La invitación tenía varios matices ya que, por un lado, cazar de esta forma requiere mucho coraje porque implica arrimarse a una bestia de 100 kilos o más que reparte navajazos y dentelladas capaces de partir la pierna de un cazador o de abrirle un tajo que lo mande a cazar a otro mundo y por lo tanto era casi una provocación. Por otra parte la invitación llevaba implícita cierta confianza y muestra de amistad de quien la hacía porque no se arriesgaría con alguien en quien no confía.
Además hacía mucho que tenía un cuchillo largo y de dos filos esperando la ocasión, así que la respuesta no se hizo esperar: ¡Vamos!
En la estancia donde cazamos hay unas 40.000 hectáreas de monte de caldén y el resto son dunas sólo cubiertas por un yuyo parecido al “pasto puna”. Entre las dunas de fina arena, que tienen entre 50 y 100 metros de alto, se suelen formar pequeños bajos con lagunitas donde los animales suelen ir a abrevar. Llegamos a la zona de dunas a eso de las 10 de la mañana sabiendo que a lo mejor en una lagunita encontraríamos el encame de los jabalíes. Nos estábamos arrimando con la camioneta 4 x 4 cuando de un pastizal salió en veloz disparada una piara de chanchos.
El padrillo se cortó por unos médanos alejándose del resto de la piara. Jorge largó el perro al grito de ¡Dale, seguime! Agarré el cuchillo y corrí detrás del guía. Trepé la primera duna, bajé la primera duna, trepé la segunda, bajé la segunda, -a todo esto el guía me llevaba ya unos 500 metros- ya cuando trepé la tercera duna mi corazón, los pulmones y los kilos demás me decían ¡basta! A lo lejos Jorge me gritaba que me acerque que el perro había acorralado al verraco. Inútil fue intentar correr cien metros más, mis piernas dijeron hasta acá llegamos y clavé el cuchillo en la arena.
Para el chancho fue fácil desprenderse del único perro que lo acosaba y en segundos desapareció entre las dunas. Jorge, con el perro trotando a su lado, volvía riéndose del cazador que aún no lograba encontrar todo el oxígeno que los pulmones reclamaban. No importa, por la noche vendría el desquite y tuve oportunidad de reparar el orgullo herido. Pero esa me la ganó el chancho.