Por Eduardo Valentín Przybyl. - Cae un enorme meteorito sobre Siberia Central. El 30 de junio de 1908, al amanecer, a las 7 horas y 17 minutos, en las proximidades del río Podkamennaya en Tunguska (Evenkia, Siberia Central, Rusia), lejana e inhóspita región de Asia Central, un objeto cósmico, de unos 80 metros de diámetro explotó en el aire, luego de ingresar en la atmósfera a gran velocidad. El suceso, que devastó un amplio territorio, afortunadamente casi deshabitado, es un recordatorio dramático de las amenazas que provienen del espacio.
La Tierra es un lugar de características especiales en donde, no sólo pudo surgir y prosperar la vida, sino también evolucionar seres inteligentes. Para nosotros, la especie dominante del planeta, la existencia transcurre generalmente de manera apacible y, dada nuestra breve escala temporal de vida, nos asiste la sensación de habitar en un lugar seguro e inmutable, esto a pesar de que a diario las noticias, que llegan de todos los rincones del mundo, informan de fenómenos naturales inusualmente violentos como olas de calor, sequías prolongadas, violentas tormentas e inundaciones, además de terremotos y maremotos.
Estos eventos naturales nos recuerdan que, definitivamente, nuestro planeta no es un lugar tranquilo, e incluso el incremento de esos desastres, que tanto cuestan en términos económicos y de vidas humanas, han puesto en el tapete el llamado cambio climático global, fenómeno de condiciones impredecibles en el destino, no sólo de la civilización, sino también de nuestro hogar cósmico. Pero este no es el único peligro al que se enfrenta la Tierra, además existe el riesgo de sufrir el impacto de objetos estelares, como cometas o asteroides.
En el pasado colisiones cósmicas de ese tipo fueron responsables de cambios de cambios dramáticos en el clima del planeta y de la extinción masiva de muchas especies, como la desaparición de los dinosaurios, ocurrida hace 65 millones de años, debido a la caída de un cuerpo espacial en la península de Yucatán, en México. El científico estadounidense Luis Walter Alvarez se interesó por campos muy diversos dentro de la ciencia. En 1981 junto a su hijo Walter, después de estudiar los estratos geológicos, publicó una polémica teoría que formulaba que el choque de un meteorito gigante contra la Tierra había provocado la extinción de los dinosaurios.
En la actualidad un evento cósmico de esa naturaleza se considera muy improbable, ya que las estadísticas señalan que se debería esperar el impacto de un objeto del tamaño suficiente (varios kilómetros de diámetro) para provocar un daño significativo a nivel planetario, cada cien mil años. Sin embargo, en la mañana del día 30 de junio de 1908, una gigantesca bola de fuego atravesó los cielos de la lejana Siberia (territorio ruso) y explotó a gran altitud sobre el valle de Tunguska (latitud 60º 55´ N., longitud 101º 57´ E.), en lo que a todas luces fue la caída de un objeto estelar.
AREA DESPOBLADA
El evento tuvo lugar en un área despoblada, aunque provocó enormes daños en los bosques siberianos en muchos kilómetros a la redonda. Debido a lo desolado e inhóspito del territorio (con muy pocos habitantes) no hubo muchos testigos directos y, afortunadamente, tampoco un número significativo de víctimas fatales, aunque provocó enormes daños en los bosques siberianos en muchos kilómetros a la redonda. Sólo algunas tribus nómades de pastores de renos presenciaron estupefactos la descomunal explosión. Asimismo el evento fue captado indirectamente desde lugares más alejados, la explosión fue detectada por numerosas estaciones sismográficas (en una ubicada a 800 kilómetros del epicentro se la percibió como un terremoto) y por una estación barográfica en el Reino Unido debido a las fluctuaciones producidas en la presión atmosférica. Pueblos ubicados a cientos de kilómetros de la zona cero, observaron un resplandor luminoso en esa mañana veraniega y fueron afectados por la onda expansiva de la detonación.
Ciudades alejadas a miles de kilómetros, como Moscú y San Petersburgo, también sintieron la onda de choque, y durante semanas inusuales fenómenos atmosféricos fueron reportados desde países como Alemania, Inglaterra, Holanda, España, e incluso los Estados Unidos de Norteamérica. Quemó y acostó árboles en una extensión de más de 2.000 kilómetros cuadrados, la onda de choque derribó personas y caballos, rompió ventanas, las casas temblaban y los objetos de loza se fragmentaban a 400 kilómetros de distancia. Dada la situación sociopolítica de la Rusia Zarista (ya se estaban iniciando los movimientos sociales que concluirían años más tarde con la revolución bolchevique y el posterior establecimiento del régimen soviético), no hubo oportunidad de investigar oficialmente lo sucedido, y sólo después de más de una década de ocurrida la catástrofe, se organizó la primera expedición científica al lugar de los hechos.
Afortunadamente, y a pesar del tiempo transcurrido, el sitio del suceso permanecía casi inalterado, debido a lo frío del clima y los pocos habitantes de la zona. Lo que los primeros investigadores soviéticos observaron los dejó perplejos. Una amplia zona, de más de 2.000 kilómetros cuadrados, totalmente arrasada, con extensas zonas boscosas calcinadas y los árboles derribados siguiendo un patrón circular y radial, desde el centro de la explosión. Posteriormente, sucesivas expediciones permitieron realizar un estudio pormenorizado del área afectada, además de entrevistar a testigos y sobrevivientes. Con todos esos antecedentes se pudo aventurar una hipótesis que explicara lo sucedido.
Un cuerpo de entre 50 y 80 metros de diámetro, proveniente del espacio exterior, se precipitó hacia la superficie de la Tierra. Viajando a 80.000 kilómetros por hora, atravesó la atmósfera en un ángulo de 30º sobre el horizonte, desintegrándose gradualmente a medida que se desplazaba por el cielo matutino, y dejando un reguero luminoso visible desde miles de kilómetros a la redonda, acompañado de un rugido ensordecedor.
Finalmente los restos del bólido explotaron sobre la región de Tunguska a más de 7,5 kilómetros de altitud. La energía liberada en la explosión se calcula entre 3 y 5 megatones (equivalente a cientos de bombas atómicas como la que destruyó la ciudad japonesa de Hiroshima, durante la Segunda Guerra Mundial ). En los cráteres no se ha hallado materia meteórica apreciable, por lo tanto se maneja la teoría de que el objeto estaría constituido por hielo.