“Novios de antaño”, de María Elena Walsh (Editorial Planeta Argentina, año 1995, 340 páginas) es el título de un libro que incluye “Novios de antaño (1930-1940)” y “La abuela Agnes (1872-1899)” y corresponde a la serie editorial Grandes Escritores Argentinos y Latinoamericanos.
María Elena Walsh nació en 1930 en Ramos Mejía y refleja aquí vivencias y situaciones muy particulares y distintivas de un tiempo que, cuando se lo evoca, hace surgir la leve sonrisa de la nostalgia de esos hechos y costumbres que las generaciones siguientes consideran superados. Y así parece ser en el caso de la autora, quien repetidamente después de mencionar cierta creencia costumbrista, la analiza desde el punto de vista adulto de la mujer.
“Salía a la hora de la siesta, en una soledad propicia para milagros o descubrimientos. Por la misma razón, pero del lado del temor, Rosalía Pachanqui, la sirvienta, jamás asomaba a la calle a esa hora, o la cruzaba al trote, guarecida bajo un diario y previniéndome al pasar que me cuidara del Sombrerudo y que en caso de toparlo no contestara a sus impertinencias. Sólo en la madurez volví a Unquillo, y me largué sola por esas calles igualmente polvorientas, a mirar de lejos la casa de los tíos abandonada en la ladera y el mismo palacete en construcción o en ruinas. Era, naturalmente, la hora de la siesta, y no hallaba sino la misma aridez, el cauce callado y la pérdida definitiva de una alucinación”.
“Novios de antaño” recrea también una situación muy conocida y repetida, pintoresca si se quiere, pero de todos modos injusta: “A mí me festejaba un inglés, tan buen mozo, pasaba a caballo y yo a veces lo espiaba por la celosía entornada, cuando tu abuelo dormía la siesta, y el muchacho tiraba un pañuelito... Una vez mi padre se levantó de repente, salió a la puerta y le dijo al inglés que no pisara nunca más esa vereda de niñas decentes. ¡Niñas que habían pasado los 25! Y el inglés se ofendió y se fue”.
María Elena Walsh cuenta quietamente sus vivencias en un tono sereno, la crítica está dicha suavemente pero con firmeza, confirmando derechos y celebrando la capacidad de vivir y sentir. A veces una carga muy importante de rebeldía hace surgir de ella alguna expresión irónica, pero siempre conserva el modo amable de expresar verdades y la existencia subyacente y continua de la sensación de que una música que no es triste pero sí persistente está bañando su texto.
Una María Elena Walsh que sin el límite del pentagrama ni de la obligada medida de la poesía, desata una prosa con armonía, que acompaña gratamente al lector mientras lo hace reflexionar. Como detalle enriquecedor, con frecuencia toma palabras de otros autores para que le ayuden a expresar cabalmente una idea (“Todas las casas son ojos que resplandecen y acechan”, de Miguel Hernández; “...regatear interminablemente con el turco embelesador, falsario y quimerista”, de Miguel de Cervantes Saavedra).
Para nosotros, hoy y aquí, leer “Novios de Antaño” es recrearnos la presencia de alguien que comprendiéndonos como pocos, dejó un mensaje permanente de sentimiento, poesía y música.