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Los pinceles de Fito

Anda medio alborotado el pueblo en estos días tan políticos y tan movidos como siempre, por las mismas grandes virtudes y pequeñas miserias que ya conocemos. Cada uno tiene sus motivos y sus realidades. También anda triste, con un par de lágrimas a mano y con un dejo de cosas inexplicables que suelen suceder a diario, pero que nunca terminamos de aceptar.

El domingo se fue Fito. Así nomás, como si quisiera ahorrarnos el duelo de día laboral, como si no quisiera molestar a nadie y consagrando la partida con esa sinceridad brutal que acuñaba y defendía. Fito era –es y será– Adolfo Santiago Previderé. Un tipo casi como todos nosotros, que laburaba, que amaba a su gente, a su pueblo, a su trabajo y a sus principios. No quisiera ingresar en el libro de sus hazañas porque sólo sería agregar datos a algo que es más importante, como una persona, pero no se puede ignorar que en lo suyo fue un grande, uno de los primeros en superar la barrera local y en reflejarse en otros ámbitos donde pocos llegan.

Cuando en esto me iniciaba, hace ya más de tres décadas, me concedió una nota. Recuerdo que me pareció estar con un ídolo y su personalidad me impactó, hasta me permití la audacia de llamarlo “narigón y protestón”. Lejos de enojarse, se reía con eso y me dispensaba el mejor de los tratos, y me permitía llamarlo de la misma manera, incluso hicimos un libro en sociedad (sus fotos y mis textos) y nunca se publicó. Hay cosas que no se perdonan, por él, obviamente, que había sacado el jugo a una ciudad que lo apabullaba en sus desniveles y lo inspiraba en la labor de cada día.

Curioso personaje este que se hizo casi esquina en cada calle de Rafaela a fuerza de caminarlas, con sus lentes a media nariz, sus cabellos grises desordenados desafiando al viento, su barba cana y su interminable cámara en mano. ¿Cuántos aprendieron con Fito? ¿Cuántos aprendimos con Fito? Póngale el número que quiera.

Ahora, a partir de ahora, habrá que mirar sus cosas, sus obras y su legado. Hay fotografías y pinturas que lo harán producto de culto y todos tendrán una anécdota con sus palabras, y lo más probable que todos ellos tengan razón, aunque no habrá que exagerar en homenajes. No le hubiesen gustado.

Y entre tanta angustia, se sabe que por la primera cuadra de calle Constitución hay un silencioso ruido que se extraña, hay un saludo que falta y hay un habitante que se percibe, que no se ha ido totalmente, sólo ha tomado una distancia que pocos sabrían definir.

Pero, aunque duela, Fito corpóreo se fue. Y en esa partida, para nada furtiva, pintó de gris un domingo de sol con los pinceles de su eterna e inconmovible dignidad, y dejó triste al lunes que lo despidió.

Dejó su herencia en la luz de la creación continua, en el talento de sus obras y en ese ojo sensible de sus cámaras que sabían mirar adentro de la gente. Fito se fue y parece mentira  nunca lo veremos viejo, porque viejas son las almas que nunca volverán a sentir o a sonreír, y él vivirá en su paso por esos adoquines por los que trajinó y siempre discutíamos, con sus cámaras, con sus pinceles y sus colores a cuestas.

Los pinceles de Fito no son otra cosa que la imaginación puesta en marcha. Chau, “Fito”. La historia está escrita; vamos a ver quién la sigue y gracias por los pinceles que ahora necesitarán los colores de la vida para seguir tu ejemplo.

Autor: Edgardo Peretti

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