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Los comienzos del Romanticismo

El Pasaje del neoclasicismo al primer romanticismo es lento y gradual y se lo advierte inicialmente en numerosos artistas quienes, ateniéndose a la tradición clásica, tratan de expresar por ese medio un nuevo mundo de sentimientos individuales.

La atmósfera inquieta que se respira en el autorretrato de Tomás Minardi nos introduce ya en el clima románico. Es difícil definir de un modo preciso ese vasto movimiento cultural que caracteriza toda la primera mitad del siglo XIX europeo, porque el romanticismo planteó una actitud de protesta contra toda regla preestablecida, contra todo principio dogmático y absoluto. El romanticismo es una afirmación de libertad: Libertad en el arte, libertad en la sociedad... este es el doble estandarte que une, salvo raras excepciones, a toda la juventud de hoy, escribía Víctor Hugo.

Es afirmación del individuo y de su mundo fantástico, de su sentimiento e imaginación.

Las teorías revolucionarias de algunos escritores que todavía pertenecen al siglo XVIII- y entre ellos, sobre todo Rousseau y Burke ejercen una gran fascinación sobre los artistas románticos y constituyen las premisas de su pensamiento. Uno de ellos Burke, escribía: Cualquier cosa capaz de suscitar ideas de dolor o de peligro, es decir, cualquier cosa que sea de alguna manera terrible o se relacione con la contemplación de objetos terribles, o que actúe en forma análoga al terror, es una fuente de lo sublime; o sea que produce la emoción más fuerte que la mente es capaz de soportar... El sentimiento suscitado por lo grande y lo sublime de la naturaleza, cuando estas causas actúan muy fuertemente, es de estupor, y estupor es ese estado del alma en que todos los sentidos están en suspenso, con cierto grado de horror. En este caso la mente está tan llena del objeto que ya no puede mantener presente ningún otro, ni, en consecuencia, razonar sobre el objeto que la tiene ocupada.

De aquí emana la gran potencia de lo sublime, que lejos de ser producto de nuestros razonamientos, los anticipa y los excita con fuerza irresistible. Este sentido de lo sublime, misterioso y fantástico, pura fuerza del sentimiento, está siempre presente en las obras de los artistas románticos, fascinados por las intensas emociones que la razón no alcanza definir el extravío frente al infinito, es, ciertamente, otra característica del espíritu del Romanticismo. En aquellos años y en aquel clima, los filósofos, los literatos y los artistas comienzan a interesarse cada vez más apasionadamente por el mundo íntimo del hombre, a indagar los secretos del alma humana, incluso el interés que nace en esa época de los diferentes períodos de la cultura artística refleja esa profunda búsqueda interior, la nostalgia de antigüedad clásica, el amor por el mundo gótico, el redescubrimiento de las culturas primitivas son aspectos diversos de ellos. Todo artista se inspira libremente, en realidad, en la época y en el arte que siente más próximo a si mismo. Advertimos esa actitud en el pintor inglés Guillermo Blake: sus temas están indudablemente tomados de la antigüedad clásica, pero el espíritu visionario que los anima es decididamente romántico, ya que cada imagen se transforma en símbolo del mundo interior del artista, lo mismo sucede con Samuel Palmer y Enrique Fusoli o (Fuschi) artistas inquietos y de gran fantasía, que introducen en sus obras tenebrosas el sentimiento de la muerte y las alucinaciones.

Autor: Ezio Ricci

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