Los alemanes del Volga tal como indica el nombre que los designa, autoriza en su propia historia la necesaria lectura de un sitio, un lugar emerge dando cuenta de cierta territorialidad como cuando usualmente al hablar o caracterizar un grupo de personas solemos mencionar el lugar como sello distintivo. Sin embargo aquí los alemanes que se nombran a sí mismos debajo de la caracterización de pertenecer al “Volga”, sitio que pertenece a un río, aunque no cualquier río, sino el más grande y caudaloso de Europa, fueron expulsados de este lugar. Veamos una breve referencia. El río Volga, nace en las colinas de Valdái a 228 metros de altitud, entre Moscú y San Petersburgo y desemboca en el mar Caspio después de un largo recorrido de 3.700 km. Es navegable en casi todo su recorrido su cuenca hidrográfica cuenta con una superficie de 1.350.000 km², es la 18ª mayor del mundo y reúne un gran mosaico de pueblos.
Vale agregar que el valle del Volga concentra desde la II Guerra Mundial una parte importante de las actividades industriales de Rusia. El Volga desempeña también un gran papel en el imaginario ruso e inspiró numerosas novelas y canciones rusas.
UN POCO DE HISTORIA
A mediados de la segunda mitad del siglo XVIII, la emperatriz Catalina II de Rusia produjo un manifiesto llamando a los colonos europeos a poblar las estepas rusas. Las largas guerras, ocupaciones, saqueos extranjeros, malas cosechas, impuestos elevados, fueron las causas decisivas para el éxodo de los colonos alemanes hacia la zona sur del río Volga, buscando la salvación en esas tierras desconocidas para ellos. Durante un largo siglo poblaron esas tierras vírgenes, formando varias colonias a ambas márgenes del río. Desaparecida Catalina II y con el paso del tiempo, el imperio ruso quiso que los colonos alemanes ya no tuvieran ciertos privilegios. La poca autonomía de la cual gozaban les fue denegada, dejaron de renovarles los contratos de las tierras y todo condujo a que buscaran nuevos horizontes. Dirigieron sus destinos hacia Norteamérica y Brasil donde se establecieron muchas familias. En Argentina la llegada de los alemanes del Volga comienza un 24 de diciembre de 1877 cuando arriba el primer grupo de familias a las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires. En esta última, en las inmediaciones de Olavarría, fundan la colonia Santa María de Hinojo. El 5 de enero de 1878 se considera la fecha de fundación de la colonia madre (Hinojo) de la colonización alemana del Volga en Argentina. Siete años más tarde de esta fundación llegan al puerto de Buenos Aires 50 familias más de alemanes del Volga procedentes de las colonias de Kamenka, Hildmann, Dehler y Vollmar, en el vapor Strasburg.
DESPLAZADOS
Volviendo a nuestro tema podremos decir que inscriptos en un no lugar, en el espacio inhabitado de un río, acercamos el término desplazar que tiene que ver etimológicamente con “mover”, “desplazar”, “correr algo de lugar”. Unimos a esto la idea de que los alemanes del Volga eran alemanes étnicos que vivían en las cercanías del Volga en la región europea meridional de Rusia, alrededor de Sarátov y al sur, que conservaron el idioma alemán, la cultura alemana, sus tradiciones e iglesias, todas cristianas: católicos, protestantes luteranos y menonitas. El rescate de su cultura, aunque desplazados de su lugar de origen supieron defenderlo más allá de las fronteras, pudieron lograr que trascienda más acá y nuestro propio país, aunque no fue el único donde rearmaron su residencia.
Numerosos alemanes del Volga emigraron a Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y otros países a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Los que llegaron a la Argentina lo hicieron merced a una ley del entonces presidente argentino Nicolás Avellaneda. La primera colonia se estableció en Hinojo, cerca de Olavarría en la Provincia de Buenos Aires, el 5 de enero de 1878 y, otros lo hicieron en el departamento entrerriano de Diamante el 24 de enero del mismo año, fundando General Alvear. Más tarde lo fueron haciendo en el resto de las provincias. La población total de descendientes de alemanes del Volga en la Argentina está estimada en algo más de 2.000.000 de habitantes.
LAS TRES COLONIAS
Entre los años 1886 y 1887 se fundaron las tres colonias. El molino harinero, las primeras industrias, la instrucción educativa, serán el sostenimiento para forjar un futuro del otro lado del Atlántico.
Una particularidad residía en que muchos niños, devenidos alumnos y docentes hablaban español, los inmigrantes al venir a nuestras tierras, traían como puede imaginarse además de sus hábitos y costumbres, un idioma que les era propio. Inicialmente las clases en castellano y alemán, llegaban a unos 35 estudiantes en cada una de las colonias, aunque lamentablemente muchos dejaban por tener que trabajar.
El sistema de alumbrado era para todos el mismo; hasta 1927 el alumbrado de las viviendas se hacía por medio de velas, lámparas a kerosene, llamadas candiles, luego llegó la lámpara y posteriormente salieron a la venta los faroles de Petromax. Las calles permanecían sin alumbrado hasta que se crea una usina privada que generaba corriente continua. El alumbrado público funcionaba por medio de farolas en las esquinas y algunas veces en la mitad de calle, a través de un alambre que cruzaba de vereda a vereda. El servicio normal era de 18 hasta las 24 hs, a la red domiciliaria, cortando el alumbrado público a las 24 horas. En las fiestas patronales y en los días que los clubes organizaban bailes, la luz se apagaba a la 1 de la mañana, previo a un guiño de luz, quince minutos antes de la hora, para posibilitar el retorno a sus casas. Cuando se realizaba una fiesta de casamiento, los padres de los contrayentes debían abonar la ampliación del servicio, que normalmente era hasta las 24 horas.
El rescate que correspondió a las tres notas entregadas referidas a cada una de las colonias merece especial atención en la revalorización de una cultura que aunque mixturada con otras, supo mantener vivas sus tradiciones y costumbres, su religión y creencias. Hoy en tiempos en que todo suele mutar, ser corrido de lugar, modificar su esencia o quebrantar su voluntad, rescatamos una cultura que a pesar del tiempo, supo conservar aquello que mantuvo intacta su historia. Aunque desplazados, descentrados, relegados, apartados, aunque debieron irse y correrse de lugar varias veces, supieron encontrar en otras tierras la mística que reúne lo más autóctono y vital de un sujeto, supieron encontrar otra vez aquello que volvía a reunirlos.