Quién puede negar la actividad pastoral desarrollada por el sacerdote Normando Corti durante 48 años al frente de la parroquia Santa Rosa de Lima y su labor social con la creación del primer centro asistencial en nuestra ciudad, se ocupó de los niños con necesidades básicas insatisfechas y fundó el primer comedor comunitario, entre otros.
Pero también como cualquier mortal mostró sus límites humanos. A fines de la década del noventa tuvo serios cuestionamientos de varios fieles de su parroquia lo que produjo un quiebre en el seno de la comunidad de Santa Rosa entre los defensores y críticos a su pastoral, especialmente por el manejo de los fondos y el trato con las personas.
El problema pasó a mayores y llegó a enfrentarse públicamente con el entonces obispo Héctor Romero, de lo que se informó en los medios de comunicación locales, incluida LA OPINION.
En los últimos tiempos de su vida fue perdiendo su vocación de servicio con la gente: cuando era requerido para visitar a enfermos ponía excusas para concurrir y los afectados debían llamar a otras parroquias, sumado a otros interrogantes de su vida privada. Hubo cierto aburguesamiento al estar casi 5 décadas en una misma parroquia cuando se aconseja períodos de 6 años renovables pero no "in eternum".
El objetivo de esta columna no es cuestionar el cambio de nombre de la plaza del barrio sino para poner blanco sobre negro sobre una figura pública que tuvo Rafaela y no ponerla en el pedestal del santoral porque tuvo sus debilidades como cualquiera de los seres humanos.