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La sociedad del siglo pasado, las visitas, los paseos y los viajes

La base fundamental de la sociedad de antaño era la buena educación, la finura, los buenos modales, que ayudaban a una persona a ser agradable y apreciada por sus semejantes. ¿Cómo eran las visitas en ese entonces? Esta costumbre -ya bastante olvidada- exigía una serie de protocolos a los que se ajustaban religiosamente todos los miembros de la sociedad. El momento más adecuado era desde las tres hasta las siete de la tarde.

El traje, la vestimenta debía ser cuidadosamente elegida de acuerdo a la ocasión. No se iba a visitar a una amiga de luto con traje de gala, ni con adornos o alhajas que estaban fuera de lugar. Si la persona a la que se iba a visitar era un personaje social de cierta importancia se trataba de dar aviso con anticipación solicitando una hora que le resultara cómoda.

Normalmente y entre personas amigas se visitaba para las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Pascua, para felicitar por un hecho auspicioso, un cumpleaños, un nombramiento, o para saludar a un enfermo. En este caso la visita era breve y uno se retiraba a tiempo, pues se trataba de no molestar. Todo se hacía con discreción y respeto para los dueños de casa.

A veces me tocó acompañar a mi madre en una de esas visitas protocolares. Tenía instrucciones precisas: no sentarme en el sillón más cómodo, ni en el lugar más adecuado, esperando siempre que se sentara primero la dueña de casa o que esta me indicara qué sitio debía ocupar. Nos enseñaban que los lugares preferenciales eran para las personas mayores, que no debíamos intervenir en la conversación a menos que nos invitaran a hacerlo, manteniéndonos en silencio y en actitud reservada.

Era para nosotros un sacrificio y un aburrimiento garantizado, aunque a veces estas visitas tenían algún tipo de recompensa, con apetitosos bocadillos dulces que hacían grata la reunión, que aparecían ante nosotros, como premio a nuestra buena conducta.

Nunca se hacían visitas para dar el pésame antes de que hubiera transcurrido por lo menos una semana. A los visitantes se recibían en la sala, la habitación más importante de la casa, o de no contar con ella, en los zaguanes que eran anchos y espaciosos, con sillas acomodadas a lo largo de las paredes. En estos encuentros se conversaba en voz baja y sobre temas vinculados a la vida o a las acciones del difunto.

Se solía llamar en aquel entonces, "visitón o visitona", a la persona que alargaba innecesariamente una visita y la hacía inaguantable, pesada y cargosa. En el folklore argentino hay cantidad de "signos" relacionados con esto de ir a la casa de otro. Habrá visitas "cuando pase un tero gritando sobre la casa", o "cuando una arañita ande por el cuerpo de alguien", o "cuando el gato se lave la cara". También "cuando una brasa quede adherida al fondo de la olla o de la pava" o "cuando el gallo canta en la puerta de la casa" o “cuando un objeto que se cae y cuya primera letra corresponde a la inicial de algún amigo de la casa".


LOS PASEOS

Los jóvenes hacíamos muchos paseos a pie aprovechando los días soleados, sobre todo en primavera o en época veraniega, en sábados y domingos cuando no existían obligaciones laborales. Buscábamos lugares agradables, plazas o parques, sitios arbolados donde se pudiera descansar de los rayos del sol. Disfrutábamos con nuestros amigos de la naturaleza y de la mutua compañía.

Cuando en el verano nuestros padres nos llevaban a la chacra a pasar las vacaciones , con los que venían a visitarnos dábamos algún paseo a caballo. Como yo era la más chica me daban “el petiso” como cabalgadura, manso, viejo y poco dispuesto a galopar. Dábamos una vuelta o íbamos hasta la esquina del cuadrado. Más de una vez hubo alguna espantada de un yeguarizo que hizo peligrar el riesgo de una caída y el susto de un jinete provocado por los perros de los vecinos que con sus ladridos espantaban los caballos.

Estos paseos terminaban al atardecer cuando el sol empezaba a esconderse en el horizonte. Entonces las visitas se reunían en el patio de baldosas y se empezaban a escuchar rancheras y valses -la música popular de aquel entonces-, en la vieja vitrola a cuerda. Se improvisaban algunos pasos de baile y se daba fin a la tertulia pocas horas después, cuando las visitas decidían volver a Rafaela.

En las noches muy calurosas nos sentábamos en el patio y nos entreteníamos buscando las constelaciones conocidas que se destacaban en el cielo: la Cruz del Sur, las Tres Marías, los Siete Cabritos, el Centauro, el Triángulo, mientras muy cerca de nosotros las luciérnagas y los bichitos de luz rondaban brillando en la oscuridad.

Mi padre había plantado una hilera de paraísos en el costado sur de la casa que, con los años, se transformó en un monte, en algún momento poblado de flores azules. Teníamos alrededor grandes eucaliptos, tipas y algún jacarandá. Mi madre había agregado un laurel rosa que ponía una nota colorida entre el mucho verdor. En el monte no había mucha espesura, pero era un refugio de palomas, gorriones, lechuzas y benteveos, y venía bien como fresco refugio en las tardes bochornosas. En las horquetas de los paraísos algunos horneros construían su prolija vivienda. Cuando podíamos nos escapábamos allí, hasta que se escuchaba el llamado infaltable, a eso de las diez de la mañana, en que desde la cocina nos invitaban a tomar el oporto con dos yemas, delicia especial que nos hacía engordar y volver a la ciudad más fuertes y vigorosos.

A veces, algún grupo escolar o también gente mayor solicitaban permiso para hacer sus picnics en el monte de paraísos. Era infaltable en las tardes de fuerte calor y después de la siesta, el baño en el tanque australiano donde aprendí a zambullirme y a dar las primeras brazadas. Qué fiesta eran para nosotros aquellas tardes! Y cuantos recuerdos placenteros de aquellos días de verano!

Qué felices eran nuestras vacaciones en la chacra! Qué disfrute sano, qué holganza y qué días placenteros, tranquilos y dichosos!


LOS VIAJES

Estos no eran frecuentes como ahora y sus motivaciones eran bien diferentes. En algunas circunstancias era necesario viajar por razones de salud; en otras ocasiones para llevar los niños a algún internado, donde se los anotaba como pupilos, fuera en Santa Fe, en el Colegio de la Inmaculada o en Esperanza en el Colegio "San José" . Mis hermanas se educaron en el Colegio de la Misericordia de calle Cabildo en Buenos Aires, ya que el Colegio de Rafaela no tenía escuela secundaria. De esta manera , sus hermanos sólo las veíamos en las vacaciones de julio o en el verano, ya finalizadas las clases.

Si se trataba de un veraneo, los lugares más habituales eran Alta Gracia o bien Mar Chiquita (hablamos de los años 1917-1920 aproximadamente). Se viajaba en tren hasta Córdoba y desde allí en coche hasta Alta Gracia. Estos coches tirados por dos caballos, tenían la particularidad de poder llevar varios pasajeros. A él se subía por una escalerilla y por la parte de atrás. Los viajeros se sentaban en asientos laterales que se enfrentaban, lo cual no era precisamente muy cómodo, teniendo en cuenta que el camino era de tierra y en algunos tramos con baches y huellas profundas. Pero tenía ventanas e los costados y en la parte de atrás, lo que permitía entretenerse contemplando el paisaje. Adelante, en el pescante se ubicaba el conductor. Como se trataba de un trayecto corto no se hacían paradas intermedias.

Los viajes en tren tampoco eran muy cómodos. Los asientos no eran muy confortables; ni blandos ni delicados. Más bien fuertes , con fuelles resistentes y resortes a toda prueba. Estos eran los de primera clase. Los de segunda eran simplemente de madera.

Sin embargo, los viajes eran un acontecimiento y como tales significativos. Implicaban una serie de preparativos: valijas, despedidas, saludos, preparar la ropa adecuada por largo tiempo. Cuando se enviaba a los niños a un internado, las maletas debían contener varias mudas de ropa y en algunos casos hasta la ropa de cama, toallas, y todos los elementos necesarios para una larga temporada. Siempre recuerdo qué fiesta era mi casa cuando alguno de estos pupilos volvía a encontrarse con sus hermanos después de varios meses de ausencia. Generalmente, siempre- a la hora del almuerzo o de la cena quería sentarme a su lado como para recuperar el tiempo perdido y poder hacerle todas las preguntas que se habían acumulado durante su ausencia.

En ese tiempo, se viajaba generalmente en tren porque era el medio de transporte que ofrecía mayor seguridad. La ruta pavimentada a Santa Fe, recién se inauguró bajo el gobierno del Presidente Agustín P. Justo, -creo que fue por el año 1940- por lo cual viajar en auto hasta la capital de la provincia era una odisea; el puente sobre el río era de madera y cuando el Salado estaba crecido producía cierto temor el cruce.

Tampoco existía el servicio de ómnibus Rafaela-Santa Fe. Cada viaje era pues un traslado importante, era algo así como un acontecimiento, tanto cuando se emprendía como cuando se llegaba Era algo fuera de lo común, de lo ordinario de lo habitual y en consecuencia exigía una atención especial. Tampoco éramos muchos los que viajábamos. Sólo para satisfacer alguna exigencia especial.

A veces, consultando diarios de aquel entonces en las páginas sociales encontramos noticias importantes como: “De Rafaela a Vila, el Sr…y la Sra…”, “Desde Villa San José el Sr.Zenklusen”, u otras noticias tales como: “De y a Santa Fe la familia del Dr….” Lo que deja bien claro que el viajar en aquel entonces no era demasiado corriente. Hasta un desplazamiento corto de algunas personas se transformaba en noticia de importancia.


(1) Coluccio, Félix. Diccionario Folklórico Argentino., pág. 436

Autor: Blanca M. Stoffel

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