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La serenisima: Licencia para soñar

Amigo lector ¿Qué impresión posee este instante de Venecia? No me conteste telepáticamente. Ya conozco la respuesta. En las entregas anteriores nos introducimos sin previo aviso en sus orígenes, rescatamos flashes de su biografía, de las costumbres de la población en especial durante los carnavales. ¿Seguimos con el tour? Mejor dicho continuemos arrastrados por una multitud de turistas, vendedores de souvenirs… y palomas que se desplazan entre edificios que nos fascinan. En primer lugar la basílica de San Marco, la torre del Reloj coronada por las figuras en bronce de los moros quienes tocan las horas. Luego pasamos al Campanile ¿Qué es? Un reloj - mirador. Es muy antiguo pero se lo ve muy bien. Los venecianos no se resignaron a perderlo y a pesar de la situación de aquellos años y los que le siguieron, dedicaron su esfuerzo a reconstruirlo ¡sumándole un ascensor que provoca un suspiro de alivio en quienes esperan. Aclaro que los italianos están superdotados de buen gusto por su amor al arte y por una aficción: reconstruIr todo lo posible (por cierto).¿Cómo se da cuenta el extranjero? Elemental Watson! Diría el famoso detective de ficción. Indicios claves: los turistas que “revolotean” buscando inspiración para entrar de cualquier manera en un edificio “in restauro” no se lo permiten bajo ninguna patraña. Un gran cartel anuncia el hecho y los que lo financian, ya que por los efectos de la crisis mundial en Italia, el Ministerio de Bienes Culturales ha frenado en parte su actividad por no poder recaudar fondos. Meditando sobre estas particularidades nos detenemos frente al Palacio Ducal, más que detenernos nos quedamos petrificados. El edificio se levanta armonioso y sereno asomado a la “piazza” San Marco con el bacino a sus espaldas, cándido en su aspecto gótico… y sin embargo en su interior custodia la historia gloriosa y a la vez intrigante y milenario poder de la Serenisisma. Es el palacio por antonomasia: la calificación de Ducal le queda chico. No surgió, en efecto, exclusivamente como residencia privada del Doge, sino que además fue sede del gobierno y del Tribunal de Justicia de la antigua república. Era el palacio del poder, espejo de un sistema oligárquico manejado por la nobleza, valiéndose de la inmovilidad política y articulando en una serie de organismos entre los cuales la misma soberanía del Consejo Mayor parecía diluirse en los rincones, aunque fuera función el nombramiento de todos los magistrados. De él dependía el Senado que presidía la política exterior y de este el célebre Consejo de los Diez que con la ayuda de los Inquisidores -denominados por el pueblo “Babai”-se encargaban de la seguridad del Estado. Agreguemos a lo anterior la presencia de la “Quarantia”, el Tribunal para las causas criminales y del Doge, cumpliendo la labor de impulsar las directivas y decisiones adoptadas por los diferentes órganos del poder… el resto era sólo honor y gloria. Todos cumplían sus respectivas funciones dentro del Palacio, pero eran además prisioneros de esta espléndida residencia cuya estructura enmascaraba el mecanismo diabólico de un poder grandioso.


PALACIO DUCAL

Meditando sobre lo dicho nos detenemos frente al Palacio. ¡Más que detenernos -Ud. y yo- quedamos petrificados, no de susto, sino frente a tanta belleza. Su fachada extendida en toda su gótica gracia tiene una característica muy notable. La arquitectura hizo gala de su inspiración. Se podría decir que el sector más ligero, más liviano -el pórtico y las galerías- se encuentran en la parte inferior del edificio, mientras, la más compacta “pesada” en el sector superior del mismo, provocando una sensación de irrealidad como si los principios de la arquitectura hubiesen sido trastocados.

El ingreso principal del Palacio -construido a fines del 1300- lo constituye la Puerta “della Carta” denominada de ese modo porque allí se presentaba periódicamente la lista de los condenados por el Tribunal. La misma está realizada en mármol, decorada con arabescos, nichos con estatuas y una magnífica escultura del Doge arrodillado frente al León Alado, símbolo de la ciudad. Al comenzar la visita se percibe inmediatamente el universo de imágenes que desfilarán ante los ojos admirados del viajero en los cuales se destaca la Escalera de Oro, que conecta el ingreso principal con los antiguos departamentos privados del Doge y los salones de reunión.

Construida según un diseño del virtuoso Jacobo Sansovino -un escultor y arquitecto que pobló a la Serenisima de bellísimos edificios- recibió también el apelativo debido a su función: ser el pasaje oficial para las autoridades por la profusión de estucos, bajorelieves y mosaicos dorados que la adornan.

En otra época también las paredes estaban ornamentadas con corazones de oro puro. A través de la misma arribamos a la residencia del Doge, donde el lujo propio de los ambientes con sus techos de madera tallada, recubiertos de láminas de oro, las estufas de mármol lombardo y el espléndido mobiliario dan un marco a las esculturas y pinturas de grandes artistas. Entre el Veronese, autor de “El Rapto de Europa” uno de los símbolos de la soberanía de Venecia. Representa a una joven -Europa- en manos de Júpiter que lleva a Creta para convertirla en su Reina, haciendo referencia de este modo al poder de la Serenisima sobre la isla griega a la cual sometió hasta 1669. Luego, semejante a una larga cadena se suceden los salones donde se llevaban a cabo las diversas funciones. Citemos al “Colegio” quizá ámbito más refinado y suntuoso, servía de lugar de reunión para el “Consejo de Sabios” (¿?), los Cancilleres y el Doge quienes decidían destino de la ciudad. La sala del “Consejo de los Diez”, el “Salón de Brújula”, pudiéndose observar en este una gran boca de león en una de sus paredes. Se trataba de un hueco realizado en el muro donde los ciudadanos anónimamente podían depositar sus quejas y acusaciones. La armería nos deleita con una rica colección de armas antiguas, la Sala de Escrutinio, donde se procedía a la elección del Doge, quien era coronado luego de ascender la “Escalera de los Gigantes” denominada así por las espectaculares esculturas de Marte y Neptuno que se levantaban en sus extremos. Por lo expresado Ud. puede imaginarse que es una gran escenografía de fastuosa ostentación, lujo, de épocas pasadas, pero ¡aún vivas! en el ámbito del destino final del Palacio.


LA CASA D’ ORO

Es quizá el palacio privado más hermoso de la ciudad: por la fantasía de motivos ornamentales, por la armonía de sus columnas, por la elegante cornisa almenada -a la cual “acertadamente”- se la calificó como “ la más hermosa diadema que haya coronado un edificio veneciano”. Lo invito a conocer su prolongada biografía de amores y de restauraciones… Tenía 20 años Marín Contarini nobel que en 1406 desposaba a Seradamor Zen, también miembro de una familia patricia. Seradamor… noche de amor era su nombre. Las venecianas de aquel tiempo acostumbraban a llevar nombres que sugerían imágenes de mujeres bellísimas. Como era en realidad la esposa de Marín, no se sabe, lo que sí está confirmado es que luego de su matrimonio recibió una propiedad de la familia asomada al Canal Grande, siendo precisamente allí donde se comenzó a levantar el palacio, hoy el más hermoso monumento del gótico del 1400. Gótico florido lleno de sugerencias orientales e inspiraciones nórdicas como correspondía a una ciudad que enviaba sus naves por seda, oro y especias de Alejandría, de Egipto o a Constantinopla. La muerte de Seradamor, seis años más tarde, no interrumpió la obra sino que pareció intensificar la responsabilidad del esposo por llevarla a buen término. Para ello contrató a los más prestigiosos artistas y arquitectos. Construyó magníficas las dos plantas de la residencia. Revistió de mármol la fachada, pero Marín aspiraba siempre a algo más. El encargado de complacerlo fue un pintor francés Jean Chaylier quien durante 3 años trabajó incansablemente: vistió de blanco las molduras, de rojo brillante las decoraciones marmóreas y distribuyó el oro; oro en los marcos, oro en las hojas, los capiteles, en los leones esculpidos, en las columnas delicadas… Oro que resalta aún más sobre un fondo pintado de azul. El oro abunda en el escudo familiar y en los salones donde los hijos de Seradamor y Marín tejieron otra historia de amor. Los trabajos duraron 20 años y cuando todo estuvo listo, a pesar de que los demás edificios estaban ya pintados con vivos colores, el espacio visual producido por la residencia fue enorme y el palacio Contarini es bautizado por la población como la Casa D`Oro. Con la desaparición del último miembro de la familia le siguieron una larga serie de abandonos y restauraciones poco felices hasta 1894, cuando Giorgio Franchetti compró el viejo palacio junto a un sueño: devolverle, sino su antiguo esplendor, al menos la dimensión perdida. La restauración del mismo se convirtió en la razón de su vida. Recobró con tenacidad cada parte, cada objeto diseminado en las tiendas de anticuarios del mundo y trabajó personalmente para devolver la belleza al lugar, hasta que gravemente enfermo se suicidó… Hoy reposa en el pórtico de “su” Casa de Oro la cual con sus incontables tesoros es donada al Estado, constituyendo en la actualidad el núcleo de un prestigioso Museo que lleva el nombre de Griogio Franchetti. Y así con una historia que parece contenerlo todo, amor, dolor, esperanza, ostentación, decadencia y tragedia y que tanto se asemeja a la de la propia Venecia, me alejo de la legendaria ciudad, que inmutable en el tiempo y envuelta en un halo de gloria, vive su permanente y eterno idilio con el mar.

Autor: Redacción

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