Por Jorge Ghiano. - Nuevamente Dios me bendijo con un simple tema laboral: el lunes 18 de marzo pasado tuve que realizar un trabajo de SAIPE en la ciudad de Buenos Aires. Luego de la jornada laboral me dirigí a la Plaza de Mayo donde estaban terminando de armar todo lo necesario para el gran festejo de la noche. Grande fue mi alegría cuando pude asistir a la misa de despedida del arzobispo Jorge Mario y de bienvenida al papa Francisco.
La Catedral metropolitana era un verdadero crisol de habitantes de distintos países; había americanos del norte, hermanos de países vecinos, europeos y un sin número de periodistas de todo el mundo que se movían permanentemente queriendo escudriñar el más pequeño detalle para enviarlo a los medios para los que estaban trabajando. Terminada la celebración, ya pasadas la 21:30 horas, en la plaza ya se escuchaban las hermosas canciones que interpretaban distintos conjuntos musicales. Para llegar a la plaza demoré casi una hora, la salida de la Catedral se hizo muy lenta porque había una sola puerta habilitada y entraba la misma gente que la que se estaba retirando. Frente a la Catedral habían armado los escenarios, lo que dificultaba avanzar hacia el centro de la plaza.
Reconozco que en los años que Dios me ha dado en esta vida nunca estuve tanto tiempo allí parado. Mientras escuchaba a los locutores, a los conjuntos musicales empecé a recordar los múltiples acontecimientos de nuestra historia que ocurrieron en ese lugar histórico; los festejos en los aniversarios de la Revolución de Mayo, de la Independencia argentina, de la asunción de los gobiernos democráticos, la triste fuga de los gobiernos cuando han sido destituidos, los bombardeos que han cobrado vidas de inocentes, las luchas sindicales en defensa de los derechos de los trabajadores, las luchas de los distintos sectores de nuestro país, casi siempre por la distribución del ingreso, los paros del agro cuando consideran que su producción no es remunerada lo suficiente, ese grupo de madres que hace más de treinta años camina con sus pañuelos blancos pidiendo por hijos o nietos desaparecidos. Me imaginé todos esos escenarios, la mayoría de conflictos, y estaba allí en una plaza diferente, a la que podría llamar la plaza de la paz y el amor.
También quise indagar dónde estaban esas diferencias y pronto empecé a vislumbrarlas: había gente de distintas edades y todas estaban alegres, unos cantaban, otros levantaban banderas argentinas, vaticanas, distintivos de muchas iglesias de Buenos Aires y del conurbano, los conductores hacían menciones al padre Pepe a quien recordaban tomando mates con el arzobispo Jorge, un animador de radio Caacupé de la Villa 31 anunció la actuación de un conjunto musical de jóvenes de esa villa que entonaban canciones de agradecimiento a Dios por la elección de su obispo como el pastor de la Iglesia universal, los distintos grupos mientras saltaban en la plaza, cantaban: "... Si esta no es la Iglesia, la Iglesia dónde está...?", las cámaras y los micrófonos se multiplicaban tratando de obtener testimonios con respecto a Francisco,
continuamente los locutores hacían mención a la Iglesia que quiere el Santo Padre, pobre y para los pobres, en la carpa de la misión católica un grupo de jóvenes y alegres sacerdotes bautizaron a varios niños... y también a una mujer adulta le impusieron el agua y el óleo. Ya avanzada la noche me retiro de la plaza por Diagonal Norte, dándome cuenta que era uno de los pocos que caminaba en ese sentido, la mayoría lo hacía hacia la plaza.
Por todo esto, sentí que Dios me había regalado la posibilidad de estar en la plaza más espiritual, en la plaza de la fe, la esperanza y la caridad, virtudes teologales, estas, que el papa Francisco iluminado por el Espíritu Santo sabrá llevar y transmitir a todo el mundo.