Insólitamente bellos e impactantes.
La mayor concentración de volcanes en el mundo, hoy exhaustos pero que alguna vez vomitaron su fuego haciendo de este lugar la sucursal del infierno.
Una puerta al pasado, una aproximación a los orígenes del planeta…
Y en el medio de ese todo, o de esa nada, la sensación de efimeridad crece y golpea sin piedad…
Sierras, valles y el gran desierto rojo
Horas de sueños, horas de planificación. Un viajero nunca se detiene, aun cuando no está andando.
Nace la nueva traza y, hace un tiempo que aguarda.
Los primeros y rojizos resplandores del alba se filtran por la ventana. Y es un buen día para iniciar el viaje.
Parto de Rafaela con dirección suroeste.
El valle de Calamuchita suele generar un sentimiento de fidelidad sorprendente, una especie de fascinación irresistible que obliga a regresar una y otra vez a esta hermosa región cordobesa.
Enmarcada por las Sierras Grandes al oeste y las Chicas al este, aquí mandan el rumor incansable del río, los azules espejos de agua –como Los Molinos y Embalse-, pinares y el aroma tenue de la hierba serrana. Sus aldeas y tradiciones tienen el sello centroeuropeo, signadas por inmigrantes que arribaron a principios del siglo pasado.
Sobre una llanura seca toco el villorrio de La Cruz y encaro las altas serranías.
El trallazo corta el cielo negro y, sorpresivamente como ocurre en la montaña, la lluvia se desata.
Llevar una moto que en orden de marcha supera los 300 kilogramos sobre piedra mojada no es nada sencillo. Me detengo y, en la altura todo es gris y frío.
Al fin, el viento se lleva el frente; deshincho los neumáticos y reinicio la marcha.
En la zona, hace más de 60 años, la explotación a gran escala de minas de wolframio (mineral de donde se extrae el níquel) dio lugar a un importante asentamiento poblacional con más de 400 obreros.
Concluida la Segunda Guerra Mundial, la actividad minera decae y la planta se cierra.
Siguiendo una escabrosa huella, usada por las mulas que cargaban el mineral, llego a un pueblo fantasma, inserto allá abajo en la base del cerro Aspero.
Calles desiertas, paredes derruidas y las orbitas vacías de las ventanas. Como todas las cosas muertas, tuvo vida una vez, pero ahora sólo queda el recuerdo de ella, un espectro polvoriento y desdibujado.
Pueblo Escondido descansa para siempre en su aura de misterio y soledad.
Continúo y en la cima de la Sierra de Comechingones, a 2.200 m.s.n.m., la pared cae vertiginosa. Al fondo se vislumbra otro valle, el de Conlara –uno de los más amplios del planeta-, donde se asienta Merlo.
Dicen que aquí, la pureza de la atmósfera es perfecta porque las sierras detienen el aire húmedo del Atlántico y sus contaminantes, mientras el granito libera masas gigantescas de átomos de oxígeno y las cascadas aportan constantemente nubes de minúsculas gotas de agua que mantienen la frescura. Explican, que esto provoca en la gente un efecto fortificante y apaciguador.
Pero además del microclima, la quietud y la belleza paisajística, la comarca tiene otros símbolos. Un aljibe construido en 1880 que abasteció de agua durante más de medio siglo a los habitantes, el algarrobo abuelo de 800 años al que el poeta nativo Agüero llamó “catedral de los pájaros” que impacta con su desmesura y, hasta un retazo de Las Vegas en el casino Flamingo apadrinado por el legendario Frank Sinatra.
Mientras el sol juega en el brillo del pedregal, atravieso un área desolada con pajonales que silban sin agitarse.
En el noroeste de la provincia de San Luis un gran desierto me envuelve con formaciones rocosas extraordinarias, talladas por la erosión del viento y el agua durante millones de años. Todo es rojo, la tierra, las quebradas y los riscos, el cielo del atardecer.
Las Quijadas parece una imagen extraterrestre y, a la vez, un paisaje que ha quedado intacto desde los confines del pasado más remoto.
En medio del silencio, frente a una extraña e inquietante belleza, con cornisas y paredes verticales de cientos de metros y rocas de formas sorprendentes, surge la increíble vista del Potrero de la Aguada, un gigantesco valle rodeado de rojos farallones.
En el siglo XIX y principios del XX, esta región fue refugio de bandidos que asaltaban carretas. Festejaban sus andanzas faenando vacunos y, por alguna razón comían primero las quijadas dejando los esqueletos tirados en el valle. Así quedó bautizado uno de los lugares más maravillosos del planeta.
El color de los Andes
Luego de una fría noche de acampada, enfilo al occidente.
El desierto comienza a ceder y los viñedos se recortan sobre el telón de fondo, la Cordillera Andina.
Desde tiempos prehistóricos, los primeros habitantes –los indios huarpes- supieron encauzar las aguas de deshielo en canales de riego. De este modo, el Cuyum Mapu o Tierra de las Arenas dio origen a Mendoza, decididamente, una ciudad oasis.
Postales de esa geografía huraña se instalan en los ojos desde la salida misma de la capital mendocina. Uno tras otro, arroyos secos, tapados de piedra, bajan escuálidos desde el piedemonte que anticipa la precordillera y trazan líneas curvas en el suelo tímidamente tapizado por la jarilla, un arbusto bajo y de hojas duras.
El ascenso se torna sinuoso y ruedo por una zona de fuerte relieve, rica en manantiales, como Villavicencio, hasta arribar a una dilatada meseta de altura que descubre el valle de Uspallata.
Uspallata es mucho más que un “lugar de paso”, como lo llamaron los indígenas. Fue el límite sur del imperio incaico, posta obligada en el camino a Chile desde tiempos de la colonia y, el lugar elegido por San Martín para abastecer a sus tropas antes del épico cruce de los Andes.
La ruta se impone sobre el destino. Estas mismas montañas vieron pasar desde antiguos jefes incas hasta el Ejército Libertador.
A medida que subo, el sol va desnudando las paredes rocosas de los cerros que cada vez tienen menos vegetación y lucen colores vibrantes.
El camino penetra en estrecha garganta junto al río Mendoza y atraviesa túneles excavados en la roca viva.
El soleado entorno montañoso se convierte en un páramo blanco y, colosos como el volcán Tupungato flanquean el paso.
Una enorme grieta tajea la ladera y deja asomar la silueta del “Puente del Inca”, una estructura natural que corre sobre el río Las Cuevas. Debajo yacen las ruinas de un hotel creado en la época de oro del ferrocarril transandino, en 1925, y barrido por un alud en 1965. La vista es sobrecogedora; estalactitas de hielo y formaciones de tonalidades naranjas, ocres y amarillas penden del puente y de las ruinas, otorgándole una imagen fantasmagórica.
Finalmente, llego a Las Cuevas, pequeño y último poblado argentino, en el derrotero a Chile.
Ante la intimidante presencia del Aconcagua o “Centinela de Piedra” (6.962 m.), el cerro más elevado del globo luego de la Cadena Himalaya, emprendo un sendero de empinada cornisa hasta encontrar el Cristo Redentor, a 4.200 metros sobre el nivel del mar.
La estatua de Jesús Nazareno, símbolo de la amistad argentino-chilena, el gélido viento que arrecia, la soledad y un cóndor que planea a la deriva crean una atmósfera mística.
Mucho más arriba, donde la montaña despide ríos de hielo, los picos libran una lucha titánica contra el poder del viento. Sólo ellos pueden.
Copio la cordillera hacia el sur y luego de salvar las Cuchillas de Tupungato desemboco en el fértil valle de Uco, surcado por arroyos de agua clara, alamedas y saucedales.
Hacia adelante, el paisaje cambia a árido y monótono hasta San Rafael, pujante enclave productivo.
Un rugido constante permite adivinar aguas ansiosas por salir de su cauce.
El contraste entre la circulación llana del río Atuel y la aparición del cañón es sencillamente impresionante, parece como si las aguas cavaran de pronto un abismo sin fondo buscando hundirse bien abajo como para seguir fluyendo sin ser vistas.
Las paredes de piedra, ecos tardíos de un alzamiento terciario trepan al cielo con desesperación. La erosión del viento ha esculpido extrañas formas.
Y el embalse de Valle Grande es como la frutilla sobre la crema del gran cañón, una mancha verde y húmeda en medio del desierto.
La ruta 40 corta una vasta meseta y conduce a Malargüe.
El malal es una forma de relieve que se eleva sobre la planicie circundante, con paredes casi verticales y cima plana. Precisamente, el nombre del poblado, deriva del vocablo aborigen Malal-Hué, “lugar donde hay malales”.
No muy lejos, altas rocas cortadas a pique –malales- se yerguen imponentes; los “Castillos de Pincheira”.
Sus escondrijos son legendarios. Los primeros moradores fueron cazadores y recolectores y, posteriormente bandoleros como los hermanos Pincheira de origen chileno que azotaron la región.
Al sur, la 40 serpentea entre cerros y el indicio de actividad volcánica crece.
En La Pasarela, un angosto puente salva el río Grande que se encajona en la colada de lava más larga de la Tierra (185 kilómetros).
Luego un sendero exigente se adentra en Payunia, un territorio semilunar, sugestivo, con raras formaciones basálticas e innumerables volcanes.
Lo primero que impacta la vista y los sentidos son las “Pampas Negras”, extensiones de lava fragmentada –lapillis- que han creado un extraño arenal totalmente negro. Y regadas por doquier las “Bombas”, trozos de lava que al caer y enfriarse adaptaron las más curiosas formas y tamaños.
Volcanes como Los Morados, la Lágrima, el Santa María o el Payén Liso abundan. Este último con sus 3680 metros es el más elevado de la zona y su cráter de 400 metros de diámetro y 90 de profundidad conmueve.
Más adelante, el suelo negro se mezcla con otro de tonos ocres y rojos, todo salpicado de coirones amarillos, con el fondo de las cumbres andinas nevadas.
Cada tanto guanacos y choiques interceptan el camino.
Bajo un cielo nítido, el viento cepilla lentamente el áspero relieve y, me detengo al amparo de un viejo molle, única sombra a la redonda.
Esto es Payunia, un lugar único, con más de 800 conos volcánicos; la mayor concentración en el mundo.
La rumorosidad del mar
Al oriente, la senda es dura, solitaria. “La Reina” dibuja una serpiente de polvo, mientras el eco susurra un adiós.
La naturaleza despliega sus mensajes, a veces magistrales, a veces sutiles, sólo es preciso aprender a leerlos.
El declive revela la presencia de un gran espejo de agua, la Laguna Llancanelo, manchada por miles de aves. Una paradoja, el humedal y el desierto.
Aquí mora el “viejo del escorial”. Para muchos una leyenda, para otros el espíritu de un poblador que se perdió y decidió ser su eterno guardián.
Arenales, la ominosa figura de perdidos volcanes, acechantes guadales y, un atronador silencio que perturba los sentidos.
Ahora el horizonte no termina de consolidarse. La Pampa vasta y polvorienta se empecina en ocultar sus límites. Una llanura inabarcable, austera en colores y perfumes, callada, rústica, al resguardo de caldenes y jarillas.
Ruedo la temida “ruta del desierto” y, se corporizan las Salinas Grandes, antiguo corazón del imperio de los pampas y sitio de las tolderías de Calfucurá quién murió allí sin entregarlas jamás al blanco.
Más allá, están las ruinas de Villa Epecuén que sucumbió bajo las aguas. Una anómala atmósfera domina las semidestruidas construcciones. Un tiempo de nadie parece flotar como una niebla, un extraño compás de espera.
Debo salvar otras serranías para llegar al mar. El sistema Ventana impone respeto y diviso a simple vista el famoso hueco en la roca que da nombre a todo el encadenamiento.
Por fin, altos médanos y el pesado aire marítimo agrio de yodo y sal anuncian la llegada a Monte Hermoso, a orillas del Atlántico.
Un paisaje ondulado de enormes dunas se mantiene a lo largo de la línea costera. Se cuelan imágenes de gaviotas y ostreros, cuatriciclos y pescadores que clavan sus cañas. En sectores, acantilados de gran altura ganan la playa.
Pero las reinas indiscutidas son las dunas vírgenes, arenas vivientes que cambian de forma y posición según el capricho de los vientos.
Mar del Plata, “La Feliz”, es apenas una mancha que la bruma porfía en desdibujar.
Siguen bosques de pinos y acacias, con amplias playas y, profundas ollas, reducto de tiburones.
Avanzando por el Cabo San Antonio está la llamada “costa brava”, con numerosas historias de naufragios.
Frente a Mar de Ajó, uno de los primeros asentamientos, se hundió un navío que llevaba más de 30 toneladas de vino francés y, 50 años más tarde al instalar una bomba de agua potable comenzó a brotar un líquido oscuro que no era petróleo, sino delicioso vino alicorado.
Como toda costa, afloran los faros, moles distantes, silenciosas, con luz propia, envueltas en el más absoluto misterio.
En el extremo norte, recalo en Punta Rasa, donde el río de la Plata se une con el mar. Y el crepúsculo me regala una inverosímil puesta de sol.
Ahora voy en pos de otro río, el emblemático Paraná
Sus aguas marrones vinculan naturaleza, culturas, historia. Y tropiezo con San Pedro, la ciudad de las naranjas y la ensaimada –exquisito postre típico, traído desde las islas Baleares por inmigrantes mallorquines-, recostada sobre empinadas barrancas.
A escasos kilómetros, en un recodo del río conocido como Vuelta de Obligado, tropas nacionales libraron en 1845 un desigual combate contra la flota anglo-francesa.
La verde ribera alterna horizontes y guía mi retorno a casa, para sellar una travesía de 22 jornadas y 6.000 kilómetros