En la clásica comedia griega titulada Lisístrata, Aristófanes toma a las mujeres pertenecientes al mundo antiguo ateniense del siglo V a.C, quienes para la fecha eran figuras disminuidas jurídicamente, recluidas y moderadas, para construir -inspirado en ellas- todo lo opuesto: una escena teatral en la que se muestran sublevadas, amantes, expresivas y capaces de disolver a través de una “original huelga” la guerra del Peloponeso. Tras este logro, retornan a ser las habituales esposas y madres de los “ciudadanos”.
De este relato quisiéramos destacar dos aspectos: por un lado, la concepción de mujer que tenía una de las civilizaciones que se constituyó como base de lo que es en gran parte la cultura occidental, y por el otro, pese a que esta creación sólo respondió en su momento al plano de las letras y al mundo imaginario, posiblemente haya sido un disparador para demostrar que otros escenarios en el mundo real eran posibles para el género femenino.
No es aún suficiente el avance de la historia. Recién en el siglo XX las mujeres cobramos una activa participación en el mundo laboral y político fuera de lo doméstico, visibilizamos los vacíos que nos hacían en las distintas esferas y asumimos una lucha más sistematizada por la igualdad de género.
Hoy, podríamos decir que las mujeres nos desenvolvemos en el mundo social con mayor dignidad, aunque hay indicadores que denotan que nuestra situación presenta grandes flagelos que debemos resolver: noticias que hablan de femicidios, jóvenes explotadas sexualmente, niñas y mujeres violadas, trabajadoras que se desempeñan en condiciones infrahumanas… Pero ¿qué pasa en nuestro mundo cotidiano? ¿Cuántas actitudes, chistes y comentarios machistas solemos atravesar? ¿Silenciamos y naturalizamos estas realidades?…
Por eso, consideramos que un primer ejercicio, es pensar en nuestras propias estructuras o concepciones sobre el ser mujer, visualizando nuestros prejuicios. Lo “masculino” y lo “femenino” es un producto social aprendido y construido, por ende, la noción de poder entre el hombre y la mujer también se construye. Si desnaturalizamos estas estructuras, podemos comenzar a generar un entramado nuevo. Si educamos a los niños y a las niñas por igual, construiremos un mundo de igualdad.
Las mujeres no somos ni menos ni más que los hombres, somos poseedoras de la misma fortaleza reflejada en todo lo que hacemos a diario. Y si alguien quiere enfatizar las diferencias, veamos el aspecto positivo de esto y digamos que la diferencia hace a la riqueza de las relaciones humanas.
Todo indica que hay mucho por trabajar para demostrar que somos una de las piernas que sostiene y moviliza a esta inquieta humanidad y que somos además, el útero que genera al mundo.
Es un día para reflexionar sobre lo conseguido, para pensar y exponer lo que todavía nos perjudica y juntos encontrar propuestas y soluciones, siempre desde una convivencia basada en el respeto mutuo y desde la idea que las diferencias hacen a la riqueza. Si por un día lográramos esto, todos los demás días deberían ser “8 de marzo”. (Colaboración: Fundación Espacios de Aprendizaje y Capacitación)