Por José “Pepe” Marquínez
Decía en mi anterior entrega que los inmigrantes piamonteses, al arribar a nuestra región, trajeron consigo sus costumbres, enseres y todo lo necesario para sus inmediatas demandas.
Sabían que se trasladaban a la Argentina, que el barco que los traía demoraba más de un mes en realizar la travesía, que las embarcaciones en muchos casos eran frágiles y peligrosas. En definitiva se trataba de un hueso duro de roer.
¿Pero cómo era el viaje que les tocaba sufrir?: el mar no tiene sorpresas, entre noches borrascosas y trémulas padecían tormentas que causaban pánico en los pasajeros. Entre las condiciones paupérrimas, diremos que para los viajeros de tercera clase, el servicio resultaba deplorable (poca agua y escasos víveres).
Los mareos producidos por el balanceo del buque más el olor nauseabundo provocado por el hacinamiento, tornaba insoportable e interminable la navegación.
Para combatir los mareos y vómitos que sufrían los navegantes se consumía lo que científicamente se conoce como antiemético. El elaborador de este compuesto se llamaba Melville Bagley, empleado de la farmacia “La Estrella” de Buenos Aires (Alsina y Defensa), y lo elaboraba en base a la bebida denominada Hesperidina.
Una vez descendidos de los barcos eran alojados en el hotel “De los Inmigrantes” por espacio de cuatro días, hasta tanto se resolviera su destino.
A raíz de la crecida corriente inmigratoria fue “política de estado” recibirlos y alojarlos en lugares confortables. En 1912 con la presidencia de Roque Sáenz Peña se inauguró un gran edificio con considerables salones, confortables comedores y patios. Contaba con una gran cocina a vapor con trece calderas de 500 litros.
¿Pero que nos trajeron y dejaron los piamonteses arribados? Ya señalé en mi primera nota la realización de las carneadas, a las que me referí detalladamente, pero también nos dejaron sus invalorables esfuerzos y ejemplar tenacidad para el trabajo. Su extremado apego a las exequias y a todo lo relacionado con la religión católica constituyó otra característica de estos italianos.
En materia edilicia también es menester decir que construyeron en toda la zona de la inmigración piamontesa, capillas rurales, ermitas y templetes, como advocación de alguna virgen o santo. Demostraron su apego al orden religioso. Las capillas aludidas se levantaban en cumplimiento de promesas, en algunos casos con lo atinente a la salud y en otros a situaciones económicas. Punto final para las iglesias que se construían en cada pueblo o colonia, lo que demostraba un fuerte arraigo hacia la religión católica. Los piamonteses se destacaban por su marcada inclinación hacia el ahorro.
En cuanto a las costumbres culinarias, debemos decir que trajeron el hábito del consumo de comidas de alto valor calórico con abundancia de proteínas, grasas e hidratos de carbono. No debemos olvidar lo riguroso del clima invernal en el Piamonte (tipo continental con temperaturas mínimas), similares o menores a los de nuestra pampa húmeda.
La sopa de fideos, porotos y un trozo de tocino era el plato diario. Se comía también puchero de vaca o gallina con papa y zapallo.
Como lo tengo dicho en mi nota anterior y a fin de afrontar los rigores del invierno, consumían pastas: ravioles (ravioli), tallarines (tagliatelle), ñoquis (gnocchi), añolotis (agnolotti), esta última identificada con la región piamontesa. Además ingerían polenta y buseca (de origen lombardo). Otra comida que trajeron fue la “bagna cauda” (salsa caliente en base a crema de leche) de amplia aceptación en nuestra zona, la cual se comía con diversos tipos de verduras especialmente repollo (coi) y cardo por los que guardaban especial preferencia.
Los piamonteses tenían predilección a la hora del postre por el sambayón y los budines. Su ingesta se ceñía a la mesa de los domingos.
En cuanto a las bebidas ingerían vino tinto tipo Barbera, Nebbiolo (Piamonte), Chianti (Toscana) y el ajenjo de sabor anisado con alta graduación alcohólica. Nos legaron además el juego de la “murra”.
Continuará…