Por Norberto Dellasanta. - El griego Heródoto fue el primer historiador del mundo. Quinientos años antes de Cristo se puso a rastrear el pasado y lo registró en nueve tomos enormes que aún hoy son material de consulta. Tucídides, contemporáneo suyo, también trabajó de chismoso (como los denominara Víctor Hugo siglos después). Pero el chismorreo de Tucídides no superó al de Heródoto, a quien Cicerón bautizó "El padre de la historia".
Dos mil cuatrocientos años después de Heródoto. Mitre escribió la historia argentina. Una obra cuestionada porque al haber omitido cosas de la realidad se la consideró "La historia oficial". Tan original en todo es la Argentina que hasta tiene dos historias, la oficial y la no oficializada. De esta última se encargan los revisionistas, preocupados por detallar si nuestros próceres flirteaban con su sirvienta ("criada" en aquella época) o la frecuencia conque olvidaban hacer correr el agua del inodoro. Todo con la discutible intención de "desacartonar" a nuestros prohombres.
La historia de Rafaela la escribió doña Adelina de Terragni, que hace unos días se marchó, casi centenaria. Una historia de entrecasa, sin pretensiones; diría Borges "Sencillita como sombrita de alero". Nuestra insigne copoblana sólo intentó lo del ruso Tolstoi "Describe a tu aldea y serás universal". No escribió "La Divina Comedia", pero su obra hace tanto a lo nuestro, es de tal utilidad para los rafaelinos, que poco podría envidiársele al Dante.
¿Sin ella no habríamos tenido historiador? Es obvio que no habría faltado quien acometiese esa empresa. Cuando los parroquianos de aquella legendaria taberna le dijeron a Colón "así cualquiera lo hace", después que lograra parar el huevo vaciándolo previamente, el genovés respondió "sí, pero a ustedes no se les había ocurrido".
La Terragni fue de algún modo una precursora, una visionaria que intuyó la necesidad que padecíamos. Y si Umberto Eco afirma que "El nombre de la Rosa" le salió como le salió porque estuvo siete años investigando y redactando, bien podríamos decir que si la historia de Adelina le salió así fue porque anduvo quince años escarbando y escribiendo, quemando horas en el Archivo de la Provincia de Santa Fe, desdoblando ilegibles documentos centenarios en busca del dato desconocido. La tarea propia de un apasionado.
En el prólogo de sus nueve tomos, Heródoto dice "La tarea del historiador es revelar los hechos para que la posteridad no olvide lo que antaño sucedió entre los hombres". Nuestra Heródota expresa en lo suyo. "Este libro no comprometido, basado en la documentación reunida tras quince años de búsqueda, y concebido con absoluta libertad, sólo pretende ser útil. Nada más". Y vaya si lo es. Y vaya si debiera ser lectura obligatoria en nuestras escuelas.
Si a alguien en Rafaela le preguntaran quién es Jorge Coffet es probable que responda: es una calle del Villa Rosas. La Terragni se encargó de explicarnos que en el año 1900 a ese desconocido lo llamaban "el loco de la plaza". Ese francés emigrado a Rafaela era un apasionado de las flores y su berretín fue legarnos ese embriagador jardín donde hoy nos solazamos, y que es la atracción de quienes nos visitan y fotografían nuestro principal lugar público. Este "chisme" es una muestra nomás de lo mucho que cuenta la Historia de Rafaela para que valoremos a quienes nos precedieron y se pelaron el lomo por los que vendrían.
Su historia arranca desde la fundación en 1881 hasta 1940. Vecchioli, nuestro poeta reencarnacionista, escribió en el último tramo de su vida "Serenamente aguardo el día en que habré de trasponer el pórtico hacia la augusta noche, para luego volver y continuar la historia desde el siguiente tomo". ¿Volverá Adelina desde la augusta noche para continuar con el segundo tomo de la historia que cerró en 1940?