La muerte, en sí misma, y en tanto que fenómeno natural, no es lamentable, es, en palabras del trovador mismo, “una pequeña mudanza”. Sí lo es, en cambio, cuando acaece de un modo no natural. Este el caso de Facundo Cabral: el asesinato de un hombre que cantó a la vida y al amor, y que hizo de la suya la encarnación de la libertad sabia, tolerante y paciente, no sólo es lamentable, es una ironía trágica. El asesinato de Facundo Cabral fue como un pelotazo en la panza, que no duele, pero saca el aire y deja una sensación incómoda, distinta de la que habríamos tenido si, sencillamente, “se hubiera muerto”. Su asesinato agrega, a la imprevisibilidad característica de la muerte misma, la indignación, la sensación de injusticia, en una palabra, la bronca.
Sin embargo, esta muerte injusta y abrupta, como la de otros antes que él, selló y consagró la leyenda que él mismo había escrito durante toda su vida, y dio eternidad a su mensaje, como sucedió antes con Gandhi, con King, con Lennon y con nuestro Cafrune.
Su asesinato lo puso en las primeras planas del mundo. Aunque uno puede intuir la explotación mediática del morbo, también sospecha que en esta ocasión hay una gran dosis de tristeza y amargura auténticas. Pero además, la explotación mediática de su asesinato incluye, inevitablemente, la difusión de su vida y de su obra, la puso al alcance de las nuevas generaciones, tanto de los que nacen en la comodidad del derroche como en la lucha continua de la pobreza. Sus canciones fáciles, sencillas, enormes, que no son otra cosa que el producto de una vida difícil, son una lección para los primeros, y un soplo de esperanza para los últimos.
Su vida ejemplar y mítica, llena de fábulas encantadoras, debe ser el espejo contra el que evaluar la nuestra, dedicada obsesiva y vanidosamente a mostrarnos frente a los demás como mejores que ellos, sólo a través de la posesión de cosas, y no a través de obras. En tiempos en los que la vida se define fundamentalmente por la opinión de los demás, en que no nos pertenecemos a nosotros mismos ni un instante, y en que no agradecemos lo que tenemos si no tenemos más que los demás, Cabral se atrevió a sostener que “la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja porque nos hace desconfiados”.
Cabral recorría el mundo solo, con su guitarra y su bastón, nunca tuvo domicilio fijo, como sospechando la respuesta afirmativa a la duda de “si el apoyarse es mejor que deslizarse”. Hombre que se pertenecía a sí mismo, de pocos deseos y gran voluntad, con toda sencillez y sin pretensión de que los demás se den cuenta de ello, hizo de su vida la materialización de las filosofías estoica y epicúrea. Aunque él se pertenecía a sí mismo plenamente, aunque era libre, mantenía los pies en la tierra, y la Tierra se apropió de él. Resolvió con soltura la tensión entre el individuo y el mundo: era un hombre tan libre que todos los hombres, de las más variadas clases sociales y nacionalidades, supieron emocionarse e identificarse con él. Facundo Cabral nació en Argentina, pero era ciudadano del mundo.
Antonio Tarragó Ros supo definir su carácter extraordinario, único: “Cabral es la suma de todo. Te enseña a quererlo a Hendrix, a Lennon y a Yupanqui”.
Aunque el solo nombre de una canción suya, "Vuele bajo", basta para resumir su pensamiento, recordar un verso de la misma sería un buen tributo, y una buena plegaria para nosotros mismos: “No crezca mi niño no crezca jamás, los grandes al mundo le hacen mucho mal. El hombre ambiciona cada día más y pierde el camino por querer volar. Vuela bajo, porque abajo está la verdad. Esto es algo que los hombres no aprenden jamás. Siga siendo niño y en paz dormirá, sin guerras ni máquinas de calcular”.