Acaban de dar las 6 de la mañana el 20 de Julio de 1944 cuando un automóvil del estado mayor alemán se detiene frente a una casa en el suburbio berlinés de Wannsee. Casi inmediatamente salió de ella un coronel que llevaba una pesada cartera. Era un hombre corpulento de 37 años, cabello negro, bien parecido, un parche le cubría el ojo izquierdo que había perdido, lo mismo que la mano derecha y dos dedos de la izquierda, peleando en los desiertos de Africa del Norte. Subió al coche, al arrancar lanzó una última mirada a la casa rodeada de pinos. Si regresaba esa noche sería porque había cambiado el curso de la historia. En caso contrario, él habría muerto. Era el conde Claus Schenq von Stauffenberg del estado mayor general del Ejército territorial. Se proponía hacer estallar horas después una bomba a los pies de Adolfo Hitler e iniciar la operación Valkiria, vasta revolución contra la dictadura nazi. Una vez desaparecido Hitler el ejército tomaría el poder y negociaría la paz antes de que Alemania quedara totalmente destruida. Lo esperaba un bimotor y con su compañero, a las siete y media, habían despegado. Sentado en uno de los últimos asientos, fuera de la mirada del piloto, el coronel soltó las correas de su cartera y examinó la bomba que en ella llevaba: un bloque de plástico gris de un kilo de peso. Tanto la bomba como la espoleta que iba dentro de una cápsula de vidrio eran apropiadas para este tipo de atentado: pequeña pero muy potente y con una espoleta sencilla y silenciosa. Al romperse la cápsula de vidrio el ácido contenido en ella se derramaba sobre un alambre que retenía el percutor, en el término de diez minutos éste ácido disolvía el alambre y el percutor ya libre producía la detonación.
CUEVA DE LOBO
Cuando están por aterrizar tratan de descubrir por la ventanilla, la bien disimulada “Wolfsschanze” (cueva de lobo) de Hitler, sistema de recintos circulares rodeados de alambres de púa y erizados de campos minados y nidos de ametralladoras. Edificada en medio de un bosque húmedo y oscuro está lejos de todo y estratégicamente es inútil, pero aquí ha resuelto encerrarse el Führer, malhumorado e irascible, protegido por todo un regimiento de soldados escogidos y armados con tanques y artillería. Stauffenberg sube a un auto e inicia un recorrido de un laberinto de 14 km hasta la cueva del lobo, cuyos vallados tienen centinelas de día y de noche. Tres veces detienen y examinan el automóvil. De cada puesto los centinelas llaman por teléfono al siguiente para identificar al visitante. Una vez que ha traspuesto la tercera puerta, ve al fin la alambrada de dos metros de altura que rodea al Führersperrkreis o sea, el recinto personal de Hitler. Aquí sólo hay tres construcciones, la sala de mapas donde el Führer celebra sus conferencias, el fortín y alojamiento de Hitler y una perrera de hormigón armado para su gran perro pastor alemán Blondi. La entrevista no se iniciará hasta las 12,30 hs.
El coronel – antes de entrar – deja deliberadamente el cinturón de su uniforme y la gorra en el cuarto de ordenanza que está vacío.
A DOS METROS DEL FÜHRER
Súbitamente Stauffenberg se detiene y exclama: “He olvidado mi gorra” y siempre con el maletín en su única mano regresa rápidamente al cuarto de ordenanza colocando el maletín contra la pata de una mesa, suelta las correas, descubre la bomba, toma los alicates con sus tres dedos. Con un solo y hábil movimiento quiebra la cápsula de vidrio. La suerte está echada. Dentro de diez minutos un kilogramo de potente explosivo detonará dentro del maletín. Queda poco tiempo. El ácido disuelto ha ya corroído la mitad del alambre de la espoleta. El coronel estudia cuidadosamente la habitación. Veintitrés oficiales están congregados en torno a la mesa de roble que mide seis metros de largo por uno y medio de ancho. El Führer está de pie en el centro, del lado más largo y tiene desplegados ante sí los mapas donde figura la situación. Stauffenberg busca con la mirada un lugar donde dejar el maletín. La mesa no está sostenida con patas sino que descansa sobre tres fuertes pedestales de madera, que ocupan el ancho de la mesa. El coronel se agacha y por detrás de él coloca el maletín contra uno de los pedestales a menos de dos metros de la pierna derecha de Hitler. Luego se retira otra vez contra la pared cerca de la puerta abierta. Consulta el reloj, faltan tres minutos. Sin ser observado se escurre del edificio. Vuelve a consultar el reloj. Ya debió haber estallado, comenta ¿Habrá fallado? ¿Qué habrá…? Con una explosión ensordecedora la sala de mapas estalla en una amarilla llamarada. Saltan los cuerpos por las ventanas. El techo se precipita en escombros. Stauffenberg sabe que salir de la cueva de lobo no va a ser fácil. Todos los puntos de control están cerrados hasta nueva orden. El coronel está jubiloso. Hitler ha muerto al fin. El asesinato se ha llevado a cabo sin tropiezos. Si los demás conjurados actúan con rapidez la operación Valkiria estará ya casi completada cuando él llegue a Berlín. ¡Al anochecer Alemania tendrá un nuevo gobierno!.
PLANES DE MUERTE
No fue este el primer atentado que trató de librar Alemania de las garras de Hitler. Además, otra inmensa dificultad. Hitler vivía con el miedo obsesivo de ser asesinado. La gran gorra militar que usaba estaba forrada de acero a prueba de balas. Un lacayo tenía que probar antes los platos que le servían, cambiaba de cuartel general frecuente y caprichosamente, la guardia encargada de su seguridad personal nunca se componía de menos de mil hombres. Ante tantos obstáculos las conspiraciones fracasaban unas tras otras y cada fracaso exponía a los conjurados a una muerte violenta. A pesar de todo seguían conspirando. A principios de 1943 Hitler voló al frente oriental para hacer una visita de inspección.
Cuando iba a regresar escondieron en su avión una bomba de tiempo que debía estallar a los treinta minutos, pero por alguna infausta casualidad el artefacto no estalló. Poco después un oficial se ofreció para asesinarlo durante una ceremonia en el arsenal de Berlín. Llevaría en los bolsillos del capote sendas bombas de espoleta corta. En el momento crítico se acercaría a Hitler y los dos perecerían en la explosión, pero con su característica preocupación compulsiva por su propia seguridad, Hitler abrevió su visita y se retiró a los pocos minutos de haber llegado al arsenal. Al fin toda la conspiración se desbarató. Stauffenberg fue el que la volvió a organizar. El coronel salió después de ser herido del hospital de Munich fue a la estación y tomó el tren para Berlín. Allí su energía y su convicción dieron nueva vida a la conjura. Para evitar que su febril actividad despertara sospecha tomó como base la operación Valkiria, plan que se había elaborado previamente con el consentimiento de Hitler y que tenía por objeto reprimir una posible sublevación de los millones de trabajadores esclavos dentro del Reich. Cautelosamente empezó a solicitar el apoyo de influyentes jefes del ejército algunos se lo prometieron, otros pusieron oídos sordos. Unos pocos permanecieron desesperadamente enigmáticos…En octubre de 1943 Stauffenberg convenció a un joven oficial de infantería que se comprometió a otra tentativa de asesinato parecida a la del año anterior. Hitler cuya manía de dirigir personalmente la guerra llegaba al extremo de exigir que le sometieran la aprobación de los uniformes (había anunciado que iba a inspeccionar un nuevo capote militar).
Stauffenberg se las ingenió para hacer que Bussch sirviera de modelo…y llevara en los bolsillos del capote dos bombas con espoleta de 4 segundos. El joven abrazaría al Führer fuertemente y lo retendría preso en sus brazos hasta que la explosión los despedazara a ambos. Sucedió sin embargo que pocos días antes de la proyectada inspección fueron destruidos durante un bombardeo aéreo.
SE ACERCA EL MOMENTO
A principio de julio, Stauffenberg, fue citado dos veces al cuartel general de Hitler. El día 11, llevó su bomba en el maletín, el día 15 hasta llegó a llamar por teléfono al cuartel de la calle Bendile y dar el santo y seña para la operación Valkiria. Una y otra vez grita por teléfono si no está firmada personalmente por Himmler o por él.
La potente emisora vuelve a transmitir un anuncio “Ha habido un atentado contra la vida del Führer, pero él vive y está bien. Hablará a la nación esta misma noche. Esta es una noticia desconcertante para los conspiradores que apelan a Stauffenberg quien grita: les aseguro que Hitler está muerto. Pero el mismo coronel no está tan seguro.¿será posible que Hitler haya sobrevivido realmente a la explosión de la bomba? El nefasto anuncio de la radio se repite y suena como una sentencia de muerte.
TRAGICO DESENLACE
En el edificio del cuartel general los oficiales no comprometidos empiezan a sentir pánico. Comprenden que la operación Valkiria toca casi a su fin y que les costará la cabeza a menos que hagan siquiera un poco de resistencia. Todo se vuelve confusión. Se oyen más tiros, unos corren por los pasillos gritando a todo el que encuentra “Por el Führer o contra él” La operación Valkiria ha terminado. Los jefes del ejército comienzan a suicidarse. Sangrando caen en una silla donde Stauffenberg los sostiene. Se disparan un segundo tiro y esta vez se desploman de bruces al suelo. Fromm anuncia: En el nombre del Führer he convocado un consejo de guerra que ha sentenciado a muerte este coronel cuyo nombre no recuerdo lo mismo que a sus ayudantes. Los condenados son llevados al patio. Allí a la luz de los faros de un camión esperan tranquilamente de espaldas a un montón de arena, mientras, se forma el pelotón de fusilamiento. Cuando los soldados apuntan Stauffenberg grita con voz vibrante ¡Viva nuestra Alemania! Se oye una sola descarga cerrada y los 4 hombres caen muertos. Han transcurrido poco menos de 12 horas desde que Stauffenberg colocó su maletín bajo la mesa de mapas en Rastenburg.
EL TROPIEZO
¿Por qué falló el atentado? Los conjurados cometieron desastrosos errores tácticos, como esperar que Stauffenberg regresara de Rastenburg antes de lanzar la operación Valkiria, no apoderarse de todos los centros de comunicaciones de Berlín. Y sin embargo todos esos errores juntos no habrían bastado para que la conjuración fracasara. Si la bomba de Stauffenberg hubiera cumplido su cometido. Fue un oficial del estado mayor, el coronel Heinz Brandt quien sin saberlo salvó la vida a Hitler pocos segundos después de que Stauffenberg salió de la habitación sin ser visto. Brandt estaba un poco a la derecha de Hitler y se acercó para ver mejor el mapa, al acercarse había tropezado dos veces con el mortífero maletín que estaba debajo de la mesa. Molesto se agachó y lo quitó del medio. Así fue, en lugar de estar recostado contra el pesado pedestal de la mesa en su parte interior y casi a los pies de Hitler el maletín quedó del otro lado del pedestal y sirvió de barrera protectora para Hitler. Brandt murió poco después a consecuencia de las heridas recibidas. Casi todos los demás quedaron heridos, algunos de gravedad, pero el Führer atontado y con la ropa hecha jirones salió vivo de los escombros. Al principio atribuyó su salvación a la Divina Providencia.
Después a medida que iba pasando el efecto paralizador de la situación, la explosión, sufrió un ataque incontenible de histerismo, en el que vociferaba: “Traidores, echaré en los campos de concentración hasta a sus mujeres e hijos”. Todos serán ahorcados y la pena se ejecutará a las pocas horas de la sentencia. Cumplió su amenaza al pie de la letra. En fila los partidarios de la operación Valkiria fueron conducidos ante un arbitrario “tribunal del pueblo” condenados y llevados a una prisión en Berlín. Allí privados por orden expresa del Führer, del consuelo de ver un sacerdote o un pastor, fueron estrangulados lentamente con finas cuerdas de cáñamo amarradas a una hilera de garfios de carnicería prendidos de la pared. Cada momento de la terrible escena fue filmada y se llevó inmediatamente para que Hitler gozara de ella. En esta matanza murieron 5.000 personas. Entre ellas muchos antiguos partidarios de Hitler. Todo el que llevara el apellido Stauffenberg fue arrestado inclusive mujeres y niños. La condesa Nina von Stauffenberg se declaró ignorante de la conspiración tal como su marido se lo había ordenado, pero a pesar de ello fue recluida a prisión y en la cárcel dio a luz a su quinto hijo. Pusieron a los otro cuatro en hogares adoptivos donde les enseñaron “a olvidar su nombre”. Solo después de la guerra pudo volver a reunirse la familia. Hoy el patio de la calle Bendler es un monumento conmemorativo a los conjurados de la operación Valkiria, puñado de héroes que simbolizaron el despertar de una nación. Si hubiera tenido buen éxito su tentativa de derrocar a Adolfo Hitler- si un oscuro oficial del estado mayor no hubiera alejado el mortífero maletín de los pies del Führer- el curso de la historia probablemente habría cambiado. La segunda guerra mundial pudo haber durado 9 meses menos, se habrían salvado cientos de millares de vidas, los ejércitos rusos nunca habrían pisado territorio de Alemania y la cortina de hierro bien pudo alzarse centenares de km al oriente, cerca de la Rusia misma. Sin embargo el destino de los hombres y del mundo, parece inexorable…y esto resulta una situación donde la modificación de los hechos es apenas un sueño, imposible de cumplir.