Arribó a Rafaela el 24 de marzo de 1919 y comenzó sus tareas como maestra de primeras letras, sacristana y colaboradora parroquial en la enseñanza del catecismo y en la celebración de las fiestas litúrgicas. Quienes la conocieron la recuerdan por su dulzura, bonhomía, capacidad de sacrificio y oración, por su gran disponibilidad a la voluntad de Dios y por el espíritu de misericordia que animó su quehacer.
La hermana Fortunata fue una muy querida religiosa que dejó su huella en el seno del Colegio Nuestra Señora de la Misericordia y en toda la comunidad rafaelina.
Había nacido el 25 de agosto de 1890 en Rapallo (Italia), del matrimonio formado por Fortunato Schiaffino y Luigia Norero, quienes integraron una familia unida y profundamente cristiana, bendecida por siete hijos de los que ella era la menor.
El nombre que le fue impuesto en la pila bautismal era Yole María, que cambiaría en 1914 por el de Sor María Fortunata, luego de profesar sus votos en el Noviciado de Savona, al que había ingresado el 12 de marzo de 1913.
Es poco lo que se conoce de su infancia y adolescencia. ¿Qué le gustaba? ¿Qué cosas compartía con sus hermanos y amigos? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿Viene de esos años el espíritu de juego que la acompañó durante toda su vida? Se sabe que concurrió a una escuela pública y que a pesar de no haber tenido contacto con religiosas, acarició desde muy niña la idea de consagrarse al Señor.
Atraída por sentimientos de compasión y amor hacia los más pequeños, los abandonados y los enfermos, buscó en varias congregaciones la cristalización de sus ideales, pero sólo en la Casa Madre de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia encontró disposición favorable y amplio campo para sus deseos de apostolado.
Acababa de profesar, el 10 de marzo de 1914, cuando se cumplió el anhelo que desde los primeros momentos de su ingreso había expresado a sus superiores: la voluntad de convertirse en hermana misionera para América, voluntad de la que ellos se hicieron eco, alentándola.
El 28 de octubre de 1914 embarcó en Génova, en el vapor Tommaso di Savoia y zarpó, en compañía de otras nueve hermanas, con destino al nuevo mundo.
Al llegar a Argentina, fue destinada a la provincia religiosa de Santa Fe. En un primer momento se la envió a la ciudad de Mendoza, donde estuvo tres años enseñando labores y manualidades en la Escuela Práctica de Niñas y Jovencitas.
EN NUESTRA CIUDAD
Arribó a Rafaela el 24 de marzo de 1919 y comenzó sus tareas como maestra de primeras letras, como sacristana y como colaboradora parroquial en la enseñanza del catecismo y en la celebración de las fiestas litúrgicas más importantes. En ese momento ya los adelantos técnicos habían llegado a la modesta Casa. Se contaba con luz eléctrica (instalada por el ingeniero Gustavo Hemmerling) y con el noble aljibe de roldana, que todavía se conserva. La estructura edilicia se complementaba con una capilla que reemplazó al anterior oratorio preparado en una de las habitaciones y que obligaba a las religiosas a participar de la santa misa en la Iglesia San Rafael.
En ese pequeño recinto que tanto quería, se podía encontrar a la hermana Fortunata en oración, ornamentando con devoción el altar o enseñando gozosa el catecismo y canciones religiosas a las niñas del Colegio y del barrio.
Esa labor realizada con tanto amor, labor de formación de muchas generaciones de rafaelinas, siguió ejerciéndola en la actual capilla, obra proyectada y cumplida por Sor María Catalina Traianópolis, que llegó a Rafaela como superiora y se constituyó en figura decisiva para la construcción del nuevo templo, inaugurado el 16 de mayo de 1953. La hermana Fortunata gustaba recordar que, en esa oportunidad, lucía engalanado con luces y flores, mientras muchas alumnas, ex-alumnas y fieles participaban del histórico momento.
También contaba que la primera misa se ofició cuando la construcción estaba mediando, en ocasión de conmemorarse el cincuentenario de la creación del Colegio, en 1949, y que entonces hubo que pedir prestados bancos, ornamentos, sillones, alfombras y reclinatorios a la parroquia San Rafael y al Colegio San José de los Hermanos Maristas.
MANUALIDADES
Además de las tareas de formación espiritual mencionadas, la hermana Fortunata enseñaba manualidades, bordados y labores finas a las señoras y señoritas y aún hoy se conservan en la memoria las hermosas exposiciones con trabajos de sus alumnas y con los atavíos sacerdotales que confeccionaba para las parroquias e iglesias de la ciudad y de la zona.
Enseñó a leer y a escribir las primeras letras a generaciones de niñas y durante algunos años atendió también a varones. A todos brindaba su amor y su permanente alegría hacía posible que enjugaran lágrimas y olvidaran temores los pequeños a quienes protegía con esa ternura inigualable, que era uno de los rasgos más hermosos y destacados de su personalidad. Cuando en 1947, con la colaboración del Centro de ex-alumnas, se creó el jardín de infantes, se concretó una obra largamente soñada por ella.
Todos quienes la conocieron la recuerdan por su dulzura, su bonhomía, su capacidad de sacrificio y oración, por su gran disponibilidad a la voluntad de Dios y por el espíritu de misericordia que animó todo su quehacer.
Los que la amamos nos preguntamos si en sus momentos de diálogo con el Señor habrá orado: "Señor, cuando reflexiono en mi propia vida me doy cuenta de que me has guiado tan cuidadosa y tiernamente, que me parece que no pudiste haber atendido a nadie más. Pero cuando veo lo maravillosamente que has guiado y sigues guiando al mundo, me sorprende que hayas tenido tiempo de atender a alguien como yo".
Las palabras de San Agustín que hemos elegido para honrarla, parecen hechas a su medida, para alguien que amó al Señor y alabó su poder creador, fue feliz volviéndose niña y entregándose a los demás sin fatiga, con "el corazón puesto en Dios y las manos en el trabajo", según la conocida máxima de la madre fundadora.
Colaboración de Gloria Yanitto y Susana Trossero.