Información General

Hoy, 40 años atrás

17 de diciembre de 1971, caía la noche sobre la verde y húmeda pampa gringa santafesina. El típico silencio de esa “hora del Angelus” invitaba al sereno reposo.

Pero mi alma bullía llena de percepciones nuevas; lentamente, al mesurado paso de Argentina y Bolivia (únicos sobrevivientes del inicial grupo de partida) iba atravesando Colonia Egusquiza hacia su rincón Sudeste, donde el querido patio de mi infancia, esperaba la llegada del andante hijo, que 7 meses antes había partido hacia una aventura poco común, y hoy regresaba, exhausto de experiencias acaecidas, pero con el corazón lleno de gozo por la vuelta, donde un horizonte de nacientes distancias dejaba entrever una nueva vida.

Con todo el sigilo posible (para no delatar nuestra llegada), solté las dos yegüitas, y con lágrimas de agradecimiento en los ojos le di el abrazo de despedida del viaje, para acercarme a la cocina, donde deposité un beso que ya llevaba siete meses de atraso, sobre la santa frente de mi estoica madre, y por supuesto a los demás familiares.

Y estoy seguro que desde un enigmático e ignoto mas allá, el alma de mi padre, sin duda cuidadoso guía protector de la aventura, distendió su vigilancia sobre el díscolo hijo, vuelto al cobijo del benigno hogar paterno.

Todo había concluido, pero “el hombre viejo” quedaba relegado entre las huellas del camino recorrido.

Un nuevo cúmulo de vivencias ocupaba ahora la mente del antiguo viajero, dispuesto a caminar hacia ese siempre brumoso y cambiante porvenir, que no es otra cosa que la existencia misma, desconocida, ignota e ignorada para bien de cada uno de nosotros, pues si perdiéramos el asombro de lo inédito, la vida no tendría sentido.

Y hoy, a 40 años de aquel arribo, aún aparecen experiencias por capitalizar. La vida continúa, tal vez... eternamente.

Autor: Antonio Fassi

Estás navegando la versión AMP

Leé la nota completa en la web