Alguien definió la hipocresía como “el pudor de los falsos”. Y Fenelón llegó a escribir algo todavía más duro: “Los hipócritas no se contentan con ser malos, como los demás impíos. Quieren al mismo tiempo pasar por buenos, y hacen con su falsa virtud que los hombres desconfíen de la verdadera”.
Es que el hipócrita se calza una máscara con la que pretende cubrir su falsedad. Pero seamos sinceros también: “como bien sabemos, todos usamos máscaras; de tal manera que llega el tiempo en que no podemos quitárnosla sin quitarnos la piel” (André Berthiaume).
Un agudo comentario de Luis María Ansón pone el dedo en la llaga cuando expresa:
“El altivo hombre occidental todavía no ha superado el tiempo de la máscara. Inventará los mil ingenios nucleares hasta dominar la oscura galaxia que nos rodea y se pondrá de puntillas para levantar la piel del cielo y espiar a Dios en el espacio sideral, pero su civilización no ha conseguido eludir la careta primigenia de la danza de las cavernas. Aun más: con el soplo de los siglos, la máscara y el rostro parecen haberse penetrado mutuamente hasta confundirse.
El negro bantú en la danza de la fecundidad, el chino ‘han’ en la fiesta de los muertos, el ñáñigo cubano en el baile frenético, el budista cingalés en el culto del sexo, el chibcha precolombino o el ateniende de la Gorgona utilizaron la máscara para esconder su personalidad y ahuyentar o engañar a los espíritus maléficos.
El cristianismo se esforzó por extirpar de raíz la careta pagana, aunque todavía quedan restos en no pocos de sus propios ritos y procesiones; pero no consiguió que los hombres evangelizados superaran la era de la máscara. Hechas añicos las caretas de cartón o madera, el hombre occidental y cristiano tejió en los telares del cerebro tupidas y hondas máscaras psicológicas con las cuales se ha fundido de forma más íntima que negros, chinos, indios o malayos lo hicieron con las suyas.
La civilización occidental, hermosa y admirable en tantos aspectos, es la civilización de las máscaras...".
Pero no olvidemos lo de Séneca: “Nadie dura mucho tiempo con la máscara puesta”.