Desgraciadamente, ha desaparecido, en suelo Italiano, la mayoría de las obras de arte anteriores al año 1000. No obstante, lo poco que ha quedado nos permite conocer importantes novedades que comienzan a manifestarse desde la octava centuria. Los testimonios son particularmente significativos en las regiones septentrionales de Italia, donde a las influencias bizantinas y clásicas se unió la nórdica
De la Región Lombarda precedían los maestros “comacinos” (de la región de Como) arquitectos que actuaron en muchas comarcas de Europa a partir del siglo XIII. Un nuevo espíritu anima sus construcciones, pues sustituyeron el equilibrio clásico por una fuerte acentuación de los contrastes entre luz y sombra. La planta preferida para la Iglesia es la central, pero se resuelve mediante estructuras singularmente macizas que en su rudeza encierra una afirmación de fuerza. La escultura alinea, junto exquisitas representaciones de gusto en parte clásico y en parte bizantino ( las santas de estuco Santa María del Valle, en Cividale) relieves chatos con decoración de rosetas, racimos, complicados mecandros, que revelan el encuentro de las realizaciones bárbaras con motivos coptos e islámicos. La pintura tiene su representación más extraordinaria en el diseño de frescos de Santa María Foris Portas, en Castelseprio, cerca de Varese (Italia ), ciclo descubierto hace poco y muy comentado. Con un lenguaje de helénica pureza y de gran madurez estilística, en su mayoría, de los Evangelios apócrifos. Las percepciones del espacio, el equilibrio de las imágenes y la fuerza del modelado hacen de esas pinturas obras maestras realmente únicas. Otros importantes ciclos de frescos de gusto tradicional, pertenecientes en esa época, (siglo XIII d. C.) han sido hallados en Suiza. Es interesantes compartir esos frescos con algunos ejemplos de pintura francamente opuesta al espíritu clásico, como la de la pequeña iglesia de Natumo, en la actual región Italiana del alto Adigio.