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Franzini ordenó sacerdote a Guri

El obispo diocesano Carlos Franzini presidió anoche la ceremonia de ordenación sacerdotal del diácono Cristian Omar Guri -nacido en María Juana- en la Catedral San Rafael. A su término se realizó una cena a la canasta en el salón parroquial de Santa Rosa de Lima.

Eligió como lema: "Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de su confianza, llamándome a su servicio" (Tim. 1,12).

Su primera misa en la comunidad de María Juana la rezará mañana a las 10:30 horas en la parroquia Santa Juana Francisca y luego habrá un almuerzo comunitario a la canasta en el EEMPI Nº 8143 José Manuel Estrada.

A continuación la homilía que pronunció monseñor Franzini:

"Los textos de la Palabra de Dios que acaban de ser proclamados iluminan este acontecimiento del que todos somos protagonistas. Dios ilumina esta celebración para que podamos vivirla como él quiere que la vivamos: como misterio de fe y experiencia singular de su cercanía. Según lo había anunciado el profeta, el Señor nos sigue dando pastores según su corazón, para que apacienten en su nombre su rebaño. ¡Demos gracias a Dios y alabémoslo porque su fidelidad es inquebrantable con nosotros!

"La primera lectura fue elegida por Cristian para recordarse y recordarnos la vocación fundamental de todos los bautizados: ser santos e irreprochables en su presencia por el amor. Esta llamada nos iguala a todos y a todos nos compromete con la misma intensidad. La sangre redentora de Jesús nos ha redimido del pecado y nos ha obtenido la gracia suficiente para poder responder a esta hermosa vocación. Nadie, por tanto puede sentirse excusado de dar su respuesta por el camino particular que cada uno ha sido llamado a transitar en este sentido.

"La semana pasada, junto a todo el presbiterio diocesano, Cristian hizo su retiro espiritual previo a la ordenación. Guiados por las sabias y profundas reflexiones de monseñor Domingo Castagna (arzobispo emérito de Corrientes) meditamos sobre la santidad sacerdotal, única garantía de un ministerio fecundo y feliz.

"Querido Cristian: te invito a dejar resonar cotidianamente en tu corazón esta invitación del Señor a ser santo e irreprochable en su presencia por el amor. Más aún, me animo a sugerirte que esta Palabra sea una jaculatoria que acompañe tu jornada sacerdotal y tu vida toda: ¡Señor, quiero ser santo e irreprochable en tu presencia por el amor! Pedilo humildemente como gracia y trabajalo constantemente como compromiso. Y, sin duda, el Señor te hará este regalo para alabanza de la gloria de su gracia.

"En los días de retiro se nos recordó que nuestro tiempo necesita testigos más que maestros, o en todo caso necesita maestros que sean testigos de lo que enseñan. Esto nos cabe de modo particular a nosotros los pastores. ¡Cuánto bien hace un santo sacerdote, más allá de sus dones personales, su elocuencia, su inteligencia, su capacidad organizativa e incluso su celo misionero! Por el contrario -con dolor debemos reconocerlo- que daño provoca a la causa del Evangelio un sacerdote mezquino e infiel. Nuestra experiencia cotidiana nos confirma esta constatación.

"Por eso, mi querido Cristian, no dudes de buscar constantemente ser fiel a la voluntad de Dios hasta en los más pequeños detalles. De esto se trata cuando hablamos de santidad: buscar y cumplir en todo la voluntad de Dios. Sólo así serás testigo creíble del misterio que celebrarás y anunciarás a partir de hoy.

"El evangelio que escuchamos es un texto de una belleza particular y de una hondura insondable. Se trata de uno de los textos fundantes del ministerio apostólico y por ello con frecuencia acudimos a él en las ordenaciones. Queremos volver a contemplar esta escena íntima, cargada de fe y amor, en la que el Maestro y el discípulo, el Amigo negado y el amigo perdonado, se entregan mutuamente lo que tienen para el otro: el Maestro, su rebaño; el discípulo su humilde y reconocida pobreza. El amor los vincula y garantiza la fecundidad de esta alianza que ya nada ni nadie podrá romper. San Agustín, el gran pastor, nos recuerda que el nuestro es «officium amoris», servicio de amor.

"Actualizando esta escena evangélica, también esta noche, querido Cristian, el Señor te pregunta como a Pedro: ¿me amas? Para sellar con vos esta alianza no te pide otra cosa, no espera otra cosa, no necesita otra cosa, sólo tu amor fiel, transparente, desprendido, perseverante, hasta el extremo. Y con eso basta. Si esto falta, todo lo demás sobra. Si verdaderamente tu amor al Señor se renueva y profundiza día a día encontrarás las respuestas necesarias y eficaces a los muchos desafíos que la vida presbiteral te presentará; encontrarás alivio en la fatiga, luz en la oscuridad, consuelo en las tristezas, pasión en la entrega. Una vez más San Agustín nos enseña: ama y haz lo que quieras. Es decir, ama y todo será fecundo en tu servicio.

"Por eso, mi querido Cristian, esta noche me animo a proponerte que no falte en tu día otra jaculatoria: ¡Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo! La humilde aceptación de nuestra propia pobreza nos va vaciando de nosotros mismos y nos hace capaces de un amor cada vez más grande. Sólo así seremos pastores según el corazón de Dios.

"Este amor apasionado por el Señor es el que te llevará a buscarlo y conocerlo cada día más en su Palabra; a identificarte con sus sentimientos; a entregarte por sus ovejas, reconociéndolo sobretodo en las más pobres. Y en cada eucaristía celebrada se actualiza y alimenta esta pasión. La misa diaria que celebramos los sacerdotes no es una obligación o una imposición jurídica, sino la expresión sacramental del amor unitivo del discípulo que no puede ni quiere ser mayor que el Maestro y por eso por él, con él y en él, diariamente hace memoria de su entrega.

"Este amor apasionado se nutre y acrecienta en la oración perseverante, serena, prolongada. En ella experimentamos el gozo de estar con él, que es para lo que fuimos llamados, como los Doce. El sacerdote que reza reedita la actitud de María, que embelesada a los pies del Maestro eligió la mejor parte que no le será quitada y así descubrió al Unico necesario; evoca al discípulo amado que reclinado muy cerca de Jesús recibe sus confidencias y anuncia lo que ha oído, lo que ha contemplado, lo que ha tocado con sus manos.

"Este amor apasionado por el Señor será también provocación y contagiosa experiencia para muchos jóvenes que al reconocerte amigo privilegiado del Maestro se animarán a preguntarse sobre su propia vocación, descubriendo muchos que también ellos son llamados como lo fuiste vos.

"Dentro de unos instantes, por la imposición de mis manos y la oración consagratoria, quedarás integrado al presbiterio diocesano. Como una nueva gracia del año jubilar la Iglesia diocesana recibe el regalo de un nuevo presbítero para apacentarla en comunión con el obispo y sus hermanos co-presbíteros. Te integrarás así a una larga «cadena» de pastores fieles que en estos cincuenta años han servido a su pueblo con generosidad y entrega, en muchos casos, heroicas. Serás heredero de una rica tradición de vida presbiteral que es honra y gloria de esta Iglesia particular. Te invito a apreciar, valorar, e imitar a tus hermanos mayores en el servicio pastoral. De ellos y con ellos tendrás mucho que aprender, como así también del pueblo santo de Dios al que sos enviado.

"Y ustedes, mis queridos hermanos, pueblo de Dios en la diócesis de Rafaela: reciban a este hermano que el Señor les entrega para que sea padre y pastor. Agradezcan y valoren este don; acompañen y colaboren con su ministerio. Corrijan sus errores y consuelen sus penas. Pero sobretodo recen para que sea el santo sacerdote que él quiere ser y Dios, ustedes y todos necesitamos que sea".

Autor: Redacción

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