Notas de Opinión

Francisco, a un año de la muerte del Papa del fin del mundo

RECUERDO. El Papa Francisco falleció el lunes 21 de abril de 2025, a los 88 años, en la residencia de la Casa Santa Marta en el Vaticano.
Crédito: FOTO ARCHIVO

Por Laura Ludueña

El 21 de abril del año pasado, en Roma, partía el Papa Francisco a la eternidad. Noticia que nos conmovió tanto como aquel 13 de marzo de 2013, cuando nos enterábamos de que nuestro cardenal Jorge Mario Bergoglio, había sido elegido para liderar la Iglesia Católica. Según sus propias palabras, habían ido a buscar al nuevo pontífice “casi al fin del mundo”. En su primer mensaje nos decía: “... Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad...”

Pedido que, sin lugar a dudas, no siempre cumplimos, porque vemos cada vez más violencia, menos tolerancia, guerras, hambre y todo tipo de miserias humanas.

Si un legado nos dejó el Papa Francisco fue, precisamente, el llamado insistente a volver a lo esencial: a reconocernos hermanos, a mirar al otro con misericordia, a comprender que nadie se salva solo y que la indiferencia también hiere. Cuando les dijo a los jóvenes “Hagan lío” …, les estaba pidiendo que no fueran jóvenes pasivos, cómodos o resignados. Los invitaba a levantar la voz frente a las injusticias, a participar, a soñar en grande y a transformar el mundo con alegría, solidaridad y valentía. Pretendía que salgan al encuentro de los que sufren, que aporten ideas nuevas, pero no sólo en la iglesia sino en todos los ámbitos en que participaran. En pocas palabras, para Francisco “hacer lío” era mover corazones y conciencias, no romper cosas.

Una de sus grandes preocupaciones fueron los pobres. Insistía en que la Iglesia debía ser “pobre para los pobres”, no encerrada en sí misma sino en salida, caminando hacia las periferias donde habitan el dolor, la soledad y el abandono. Nos recordó que detrás de cada necesidad material hay una persona concreta, con nombre, historia y dignidad. Nos pidió no acostumbrarnos jamás a ver gente durmiendo en la calle, niños sin futuro o ancianos olvidados.

También habló con fuerza sobre la paz. En tiempos marcados por guerras y enfrentamientos, insistió en que ninguna violencia trae soluciones duraderas. Invitó al diálogo cuando parecía imposible, pidió puentes donde otros levantaban muros y llamó a rezar por pueblos enteros desgarrados por la destrucción. Su

voz fue, muchas veces, una de las pocas que se alzaron para decir que matar nunca puede ser un camino de humanidad.

No menos importante fue su llamado al cuidado de la creación. En Laudato si' encíclica publicada en 2015, advirtió que la Tierra es nuestra casa común y que dañarla es dañarnos a nosotros mismos. Allí unió ecología y justicia social, comprendiendo que los más pobres son quienes primero sufren la contaminación, las inundaciones, las sequías y el cambio climático. Nos pidió consumir menos, agradecer más y pensar en las generaciones futuras.

Pero quizá una de sus enseñanzas más revolucionarias fue la ternura. En un mundo que suele valorar la dureza, el éxito individual y la competencia feroz, él habló de la caricia, del abrazo, de la escucha paciente. Decía que la ternura no es debilidad sino fortaleza verdadera. Y la practicó acercándose a enfermos, presos, refugiados y personas descartadas por la sociedad.

A las familias les recordó el valor de tres palabras sencillas que podían cambiar la convivencia diaria: “permiso”, “gracias” y “perdón”. En esa simpleza mostraba una enorme sabiduría porque las relaciones humanas, se construyen con respeto, gratitud y humildad para reconocer errores.

Y a todos, creyentes o no creyentes, nos dejó una frase que resume gran parte de su pensamiento: nadie se salva solo. Dependemos unos de otros, y cuando olvidamos esa interdependencia crecen el egoísmo, la exclusión y la tristeza social.

A un año de su partida, su herencia no está en los homenajes ni en las placas recordatorias. Está en cada gesto de bondad que hagamos, en cada mano tendida, en cada reconciliación posible, en cada persona que elija dialogar antes que pelear. El Papa Francisco nos pidió una y otra vez que no perdiéramos la esperanza. Quizás hoy, en medio de tantas sombras, ese sea su legado más vigente: recordarnos que un mundo más justo y fraterno aún es posible, si cada uno decide hacerlo realidad.

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