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Fiebre por el arte de un bohemio

Modigliani el seductor: No hay muchos datos de esos primeros años en París, pero algunos relatos aislados dan una idea de la impresión que rápidamente causó el joven italiano. Picasso dijo una vez “hay un solo tipo en París que sabe vestirse; Modigliani”. Un espectacular traje de pana ocre brillante, camisa amarilla, faja y bufanda rojas y un sombrero negro de ala ancha, todo usado por un joven de una belleza sobrenatural, que se movía con gracia aristocrática, que hablaba el francés sin acento y recitaba de memoria los largos pasajes de la Divina Comedia, hacían que su presencia se notara de inmediato cuando aparecía en la puerta de un café o en una sesión de estudio en la Colarossi. La falta de dinero y su mala salud dificultaban su avance en el campo de la escultura, una actividad pesada y sucia, especialmente contraindicada para alguien con problemas respiratorios. Para ganar algo de dinero, recorría los cafés donde realizaba retratos de los parroquianos que vendía por unos pocos francos o cambiaba por un trago o un plato de comida. En aquel entonces había dos grupos en pugna en la comunidad de los artistas: la banda de Picasso y los seguidores de Matisse. Muy pocos quedaban fuera de la influencia de estas dos personalidades fuertes y acaparadoras. Hubo tres artistas que compartieron el rechazo a las comanditas, la marginalidad y una vida trágica: Maurice Utrillo, Chaim Soutine y Amedeo Modigliani. Y los tres fueron grandes amigos pese a las enormes diferencias de personalidad, ideas artísticas y formación. Fueron tres malditos pero Amedeo recibió el título porque el apócope de su apellido lo hacía más fácil: Modi, Maudi, maldito. Un ejemplo de su sensibilidad descolocada en su tiempo -esta vez adelantando los años que vendrían- es su devoción por ¨Los Cantos de Maldoror” que serían sólo “descubiertos” por la crítica y los surrealistas, dos décadas después de Modigliani que llevó en su bolsillo el libro hasta morir.

Era un mundo realmente extraño. Hay un episodio de la guerra que pinta elocuentemente esa cualidad surreal de la vida en París. Para el contraataque del Marne, el general Gallieni disponía de tropas pero no de transporte. Tuvo una ocurrencia de Dandy: contrató a los 600 taxis de París para llevar a los soldados a la batalla. Ese tipo de gesto era muy del gusto de Modigliani que una noche también decidió ir a la guerra, a pesar de que había sido rechazado por motivos de salud. Tal vez, como no había taxi o no tenía dinero para pagar uno, decidió ir caminando, aunque a las pocas cuadras se detuvo en un café y terminó por olvidar su propósito patriótico.

Modigliani sin leyenda

Las primeras noticias de una enfermedad final que lo aquejaba produjeron un alza en los precios de sus cuadros, cosa que “casi” pudo disfrutar el artista ya que vendió tres en una exposición en Londres, pocos meses antes de fallecer. Los rumores de su enfermedad eran tan difundidos que el propio Modi llegó a escuchar noticias de su muerte. Cuando finalmente esta acaeció los galeristas que no le habían dado espacio en vida, se encontraron con un “paquete” muy atractivo: un personaje con aura mística, el último bohemio, príncipe por el que lloraban las más bellas mujeres de París, con una obra relativamente reducida en el mercado. Modigliani estaba solo, creía que la calidad de su obra bastaría para producir el éxito. Estaba equivocado: era necesario afiliarse a un movimiento o morir. Muchos de sus contemporáneos lo describieron como a un ebrio inveterado, dependiente del haschish, camorrero, exhibicionista y numerosos testimonios hablan de su estado de enajenación. Si dejó pocas obras no fue porque pintara poco, sino, porque su carrera artística duró solo una década. Su enfermedad pulmonar lo obligó a alejarse del trabajo en muchas ocasiones. Si a eso agregamos un estado permanente de alcoholismo – como pretenden algunos- resultaría inexplicable su tasa de producción, la calidad y firme evolución de su obra.

Modi el seductor.

Desde su adolescencia fue literalmente adorado por las mujeres. Todos quienes lo conocieron cuando hablan del pintor comienzan por referirse a su extraordinaria belleza. Durante sus primeros años en París Modi intentaba convertirse en escultor y trabajaba muy poco con modelos. Sus amantes eran dependientas de lavandería, bailarinas y poetas que conocía en los cafés y en las reuniones que se realizaban en los talleres de sus amigos. Cuando definió su carrera como pintor, su tema fue siempre y solamente el retrato.

Modi tuvo unos cuantos problemas con maridos celosos: Gaby una famosa modelo que, a su vez tenía un amante casado que deseaba -al menos- cierta discreción. Se encontraron, la entrevista fue una muestra de la capacidad de seducción de Modi.

Los reclamos del hombre terminaron disueltos en un brindis de ambos por la belleza de Gaby y su amistad sellada, luego de una noche de vino, haschish e incluso la venta de uno de los desnudos que Modi había hecho de la mujer que compartían. La lista continúa. Sus mujeres famosas con sus nombres quedaron asociadas al de Modi con pasiones tumultuosas. Muchas otras se autoproclamaron viudas cuando el pintor falleció.


La última mujer:

La última compañera de Modi fue la protagonista de una tragedia que enmudeció a París el 25 de enero de 1920. Se llamaba Jeanne Hebuterne. Era estudiante de pintura en la academia Colarossi cuando conoció a Amedeo. Se conservan unos pocos trabajos suyos. Dibujos a lápiz de línea fluida, uno de ellos es un retrato de Modigliani y una pintura que representa el patio de la casa de departamentos donde vivieron el último año de sus vidas. Se sabe poco de Jeanne. Casi no hablaba. Nadie la vio reír.

A fines de noviembre de 1918 dio a luz a una hija de Amedeo, en Niza. A mediados de 1919 quedó embarazada de nuevo. La enfermedad que Modigliani arrastraba desde la adolescencia se agravó en 1919 y para el invierno la situación era insostenible. Incapaz de recorrer los cafés para realizar retratos las entradas de la pareja se reducían a los adelantos que el agente de Modigliani – dificultosamente- podía darles. Los hechos conocidos son pocos. El 22 de enero de 1920 Ortiz de Zárate -que fue su primer amigo en París- llevó a Modigliani al hospital, inconsciente. Una pintora rusa secretamente enamorada de Modi se encargó de Jeanne cuyo embarazo había pasado ya el noveno mes. Sin haber recuperado la conciencia Amedeo murió la noche del 24 de enero. Jeanne fue llevada al hospital para ver por última vez a Modi, poco se sabe del resto de esa noche. A la madrugada Jeanne abrió la ventana de su antiguo dormitorio y se arrojó a la calle. El 27 de enero mientras toda la comunidad artística formaba un impresionante cortejo fúnebre por las calles de París acompañando el cuerpo de Modigliani al cementerio de Pere Lachaise, los padres de Jeanne llevaron su cadáver en secreto a otro cementerio. En 1930 luego de diez años de súplicas el hermano mayor del pintor convenció a los padres de Jeanne para que permitieran el traslado de los restos a una tumba junto a Amedeo. Triste ¿no?. La tragedia del príncipe de los bohemios. Quisiera acabar el artículo con un pensamiento de Carlos Rehermann “Amedeo Clemente Modigliani no fue un maestro, porque no dejó discípulos. Su obra no tuvo continuadores, tal vez, porque es demasiado personal y única. En una época en que los artistas producían abundantes declaraciones de principios, manifiestos, definiciones absolutas y formaban grupos desafiantes y aguerridos, Modigliani pintó y esculpió fuera de cualquier programa. En medio de la resaca de la producción de aquellos años, su obra emerge con una pureza y una fuerza que el tiempo no hace sino resaltar con brillo más nítido".

Autor: Redacción

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