Por Guillermo Briggiler
En muchos ambientes católicos todavía existe una idea silenciosa pero muy instalada: que el progreso económico puede alejarnos de Dios y que la pobreza material es casi un requisito para alcanzar el Cielo. Sin embargo, cuando uno recorre la Biblia y la doctrina de la Iglesia, encuentra algo bastante distinto. El problema nunca fue el dinero. El problema es convertirnos en esclavos de él.
La Iglesia no glorifica la miseria. Lo que Cristo exalta es la pobreza de espíritu. Es decir, la capacidad de vivir desprendidos interiormente, aun teniendo bienes materiales. Una persona puede prosperar, emprender, invertir o crecer económicamente y seguir teniendo el corazón puesto en Dios. El verdadero apego no está en el bolsillo, sino en el alma.
De hecho, la misma Escritura invita a actuar con prudencia. El libro del Eclesiastés aconseja repartir y diversificar, porque nadie sabe qué dificultades pueden venir mañana. En tiempos tan cambiantes como los que vive Argentina, depender de un único ingreso muchas veces no es virtud: es fragilidad. Buscar nuevas oportunidades, capacitarse o generar distintos medios de sustento no debería verse como ambición desmedida, sino como responsabilidad.
Jesús mismo deja una enseñanza muy fuerte en la Parábola de los Talentos. El siervo que hace fructificar lo recibido es felicitado. El que entierra sus talentos por miedo termina reprendido. Hay algo muy actual en esa enseñanza: Dios no nos pide inmovilidad ni resignación. Nos pide administrar bien lo que nos dio.
La libertad financiera, entonces, no debería entenderse como una obsesión materialista, sino como una herramienta para vivir mejor y servir más. Tener estabilidad económica permite sostener a la familia con dignidad, evitar depender de deudas que condicionen decisiones importantes y también ayudar a otros con mayor generosidad.
Porque hay una realidad simple: nadie puede dar lo que no tiene. Difícilmente podamos ser canal de ayuda para los demás si primero vivimos permanentemente ahogados, desordenados o improvisando.
El Catecismo de la Iglesia Católica reconoce el derecho a la iniciativa económica y al uso legítimo de los talentos personales para generar bienes y trabajo. Ser emprendedor, comerciante, productor o inversor responsable no es incompatible con la fe. Por el contrario, en muchos casos, y especialmente entre los laicos, puede transformarse en una verdadera vocación de servicio.
Pero también existe un pecado en el extremo contrario: el descuido. La negligencia con el dinero, el desorden permanente o la falta de esfuerzo tampoco son virtudes cristianas. San Pablo lo decía de manera muy concreta: “El que no quiera trabajar, que no coma”.
En una ciudad como Rafaela, construida históricamente sobre el trabajo, el esfuerzo y la cultura emprendedora, quizás valga la pena recuperar una mirada más sana sobre la economía. No para idolatrar el dinero, sino para entender que administrar bien los recursos también puede ser una forma de agradecerle a Dios.
Querer crecer no es pecado. El desafío está en preguntarnos para qué queremos crecer. Cuando el progreso se pone al servicio de la familia, de la comunidad y del bien común, deja de ser un problema y puede convertirse en parte de nuestra misión.
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