Por Adrián Benelli. - Todo espectador es un cobarde o un traidor, escribió alguna vez Franz Fannon y precisamente a partir de esa premisa es que parece funcionar La Cabra… o quién es Sylvia?, la obra que Julio Chávez (Charlie en la ficción) y Viviana Saccone (Julia) protagonizan por estos días en el Teatro Tabaris de la mítica calle Corrientes con la dirección del mismo Chávez.
¡Vos no entendés!, repite Charlie, cada vez que intenta explicar lo que para los demás es un problema, una enfermedad, o un trauma. Julia es una mujer independiente, moderna; Charlie, un arquitecto en el mejor momento de su carrera, de hecho ha ganado hace poco el premio Pritzker, la mayor distinción en el ámbito de la arquitectura. El matrimonio tiene un hijo: Willy (Santiago García Rosa), un adolescente homosexual al que todos parecen aceptar con la mayor naturalidad. Sin embargo, como en el esquema típico de la tragedia, algo viene a enturbiar el presente de la familia perfecta. ¿Qué es ese algo? Charlie se ha enamorado de una cabra. ¡Vos no entendés! Repite primero a su amigo Axel (Vando Villamil), a quien confía su amor secreto primero y luego a Julia y a Willy, quienes lo verán como a un zoofílico mórbido. A partir de allí, lo inevitable.
De una cabra. Sí. Charlie se ha enamorado de una cabra y no cesa de repetir a todos que nadie será nunca capaz de entenderlo. ¡Vos no entendés! dice, y parece hablarle también al público. Porque el problema de Charlie no es su amor por Sylvia, el animal en cuestión, un sentimiento que para él es puro, simple, porque se ha enamorado y punto, el problema en realidad es comunicarlo a los demás, a su entorno cercano, y por añadidura, a toda la sociedad. El problema de Charlie es comunicar algo anidado tan en lo profundo de su ser, tan indecible, tan inexplicable que ni todas las palabras del mundo podrían materializarlo. ¡Vos no entendés! se lamenta, e intuye, sabe, que no habrá forma de comunicar lo incomunicable.
¿Qué hacer entonces? Edward Albee, el multipremiado autor de la pieza, encuentra la solución: trasladarle el dilema al público, escaparse por la tangente, narrar el borde, aferrarse a la metáfora hasta ahorcarla para que sólo ella viva. Como en Kafka, donde el insecto reemplaza ese algo indecible que aqueja a Samsa y el relato prefiere escaparse y narrar esa metáfora (y no su objeto) y producir la incomodidad de una verosimilitud forzada, aquí, el problema es del espectador. Qué él mismo se haga cargo de esa incomodidad, que el cobarde o el traidor, se vean obligados a construir el objeto por sus propios medios, porque en La cabra, como en La metamorfosis, el objeto del conflicto coquetea, se insinúa, pero no se muestra y termina escapando tras el símbolo como principio y fin de todo.
En un mundo donde las reglas deben ser claras, donde el imperativo social es siempre unívoco y las ambigüedades se castigan con la cárcel, el manicomio, o incluso la muerte, cada cosa tiene un nombre y una clasificación. Cuando lo indecible, lo incomunicable, lo que escapa a la estatización, sale de la caverna, del seno en el que el hombre lo ha tenido reprimido, e irrumpe en la cotidianeidad y se muestra sin tapujos a la vista de todos, se produce un sismo que lleva a cada uno de los sujetos a asumir la hybris, a actuar en extremos en los que no los reconocemos. Entonces Axel, ya no es el amigo compinche, sino un correcto y reaccionario señor que se horroriza por las atrocidades sexuales de su amigo, Julia, presa del despecho, una histérica desquiciada que no puede frenar su impulso de romperlo todo, el mismo Charlie, un homofóbico recalcitrante que desconoce a su propio hijo, y Willy, al fin, un Edipo gay. Allí donde el pan es pan, y el vino es vino, lo que no se puede clasificar generará, más tarde que temprano, la implosión.
La tragedia está servida, y como es de esperar, el postre no puede ser otro que el castigo que la polis reclama. Exprimir la metáfora, y secarla hasta darle muerte es la propuesta de la obra. El espectador, en cambio, tiene otros caminos posibles, aceptar que no entiende y guarecerse en su cobardía, o animarse a responder por sus propios actos. Después se verá si es o no un traidor.
Ficha Técnica: La Cabra …o quién es Sylvia? de Edward Albee (2002). Versión argentina: Fernando Masllorens y Federico González Pino.
Producción: Nacho Laviaguerre y Adrián Suar. Dirección: Julio Chávez.