Conocer a Eva Borla fue un legado de Elda Massoni; que en el taller literario -donde vivía Elda- de calle Blas Olivero apareciera como sin quererlo un grupo de fotos de una casa conceptualmente distinta, y que hubiera entre las imágenes la de una escultura de tamaño natural, hecha en cemento, de hombre con un mate en la mano y un perro cerca de sus pies abría las puertas al deseo de conocer.
¿Qué persona podría haberla concebido? O, adaptando una frase de Borges, “nos gustaría saber cómo sería la autora”.
Eva Borla había representado -inmortalizado, realmente- en la escultura a su esposo fallecido en una actitud y en el lugar que él frecuentaba.
Los que concurríamos al taller de Elda habíamos mirado con avidez ese conjunto de imágenes con vida propia que invitaban a algo más que confomarse con ver la fotografías.
Quisimos conocerla, y años después de que Elda Massoni nos instalara su siempre presente ausencia, fuimos.
Supimos entonces de la calidez, simpatía y naturalidad de vivir en convivencia con el arte. De hacer del arte la vida. De hacer un arte la atención a los invitados. Nos parecía estar en la casa de esa tía querida que nos recibe con lo mejor de ella y con la que compartir una merienda se convierte en un gusto que no se olvida. Eva hablaba de los muy elaborados secretos de la creación y de altísimos honores recibidos con la misma naturalidad con que podría mencionar su marca favorita de té.
Habitaba una casa artesanal. Todo era artístico y único. Colores de fuerte sensación, pero cálidos. Por todas partes, ángulos de reflejos inesperados. No había nada que no mereciera que se le dedicara varios minutos para entender y apreciar. Un televisor de 14 pulgadas parecía querer disculparse por ser el único producto hecho en serie y se sentía desentonar entre tanta originalidad.
Eva era dulce, sensible, profunda. Tan natural y espontánea como los elementos que trabajaba. Unica en la medida de su capacidad para crear. Profundamente feliz por recibir visitas, y en especial, si sabía que eran escritores o pintores.
Ella, su arte, su casa, su modo sencillo de describir las difíciles técnicas que practicaba, eran sorprendentes. A cada momento, el asombro, y al mismo tiempo la sorpresa de ver que toda esa grandeza estaba contenida en un cuerpo menudo y una voz suave y gentil.
Visitar “El antigal” era una experiencia que merecía repetirse para mejor cada detalle, siempre quedaba pendiente de ver algún detalle: le prometimos volver.
Cuando la llamamos para pedir el turno de visita, ya no éramos desconocidos. Eva nos previno; había perdido bastante la vista y no podría acompañarnos por toda la casa. Era la única carencia que la afectaba, porque mantenía el mismo calor humano y entusiasmo. Nos pidió que guiáramos a otros visitantes y sentimos una mezcla de satisfacción, honor y placer por hacerlo; pero también dolor, porque el tiempo le había dañado las ventanas hacia la luz. Nada volvería a ser igual. El arte no surgiría más de sus manos, aunque se moldeara en hermosos pensamientos en color.
Fue una gran creadora y el arte se lo agradeció; la convirtió en un ser humano luminoso, de ángulos inesperados, acogedores, perennes. La hizo arte en sí misma, alguien que se admira y se quiere.
Entre casualidades y causalidades hay sólo un cambio de orden en las letras. Para llegar a la verdad de la que surge la creación hay que efectuar un largo camino que pocos se deciden a transitar. La casa donde vivía y era Eva Borla está en un lugar de Esperanza muy poco transitado por visitantes y locales, al fin de una calle que busca larga y obstinadamente el sur, cambia varias veces de nombre y, noventa metros antes de “El Antigal”, nace, renovada para crecer hacia el aire amigo y permanente que se resiste a estar limitado por el tiempo.
El autor es presidente de ERA (Escritores Rafaelinos Agrupados).