Locales

Entre dimas y gestas

Algunos personajes de los acontecimientos que recordamos en Semana Santa, si bien no cumplen un rol decisivo, tampoco son meramente circunstanciales. Tal es el caso de los ladrones crucificados junto a Jesús.

Sólo Dimas (supuestamente así se llamaba) se muestra arrepentido y humildemente le pide al Señor que se acuerde de él en el otro mundo. Como respuesta, tuvo la afirmación categórica de que ese mismo día se encontraría con Jesús en el más allá. Mientras tanto el otro (probablemente llamado Gestas) lo insultaba y se burlaba.

No creamos que los ladrones de aquella época eran menos peligrosos que aquellos con los que convivimos actualmente. En la parábola del buen samaritano, por ejemplo, se observa que los asaltantes no sólo robaron sino que golpearon brutalmente al pobre hombre y lo dejaron malherido en medio del camino. No se trata de un relato fantasioso: esa violencia era habitual en aquella época (y vale aclarar que los ladrones no se drogaban).

En la mencionada parábola, el acento está puesto en la víctima y especialmente en la persona que la socorrió. No existe allí la más leve insinuación que nos invite a justificar el proceder de los victimarios, sea por el entorno de su crianza u otro motivo. El Maestro, siempre que anunciaba el Reino de los Cielos, hacía énfasis en la decisión personal que debe tomar cada sujeto. Y tengamos en cuenta que principalmente se dirigía a pobres y postergados.

Los dos ladrones crucificados simbolizan las dos posibilidades: el que quiere recuperarse y el que no. Esta doble realidad sugiere que cualquier delincuente debería tener la oportunidad de cambiar, recomponer su vida, reinsertarse en la sociedad e incluso salvar su alma si así lo deseara.

Ahora bien, cuando uno de esos criminales crueles e insensibles muere en medio de un procedimiento policial legítimo o en manos de quien actúa en defensa propia, ya sea que pase a mejor o peor vida (sólo Dios sabe), lo cierto del irreversible desenlace es que el energúmeno ya no asesinará ni lastimará a nadie. Esta sí es una certeza inmutable que nadie puede negar. Habrá incluso quienes la celebrarán y -a juzgar por lo que se escucha en la calle- no son pocos.

Autor: Marcos mensa

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