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“Empecé a disfrutar del teatro y de la vida”

Lila Monti es una actriz porteña devenida en payasa que lleva más de 15 años transitando el universo clown argenino. Su extensa trayectoria involucra una rigurosa formación en la que aparecen nombres como Guillermo Angelelli, Cristina Martí -ambas figuras míticas del “Club del Clown” en argentina y que de hecho intervinieron también en la realización de la puesta presentada en Rafaela- Gabriel Chamé, Raquel Sokolowicz, entre otros. Lila también pasó por agrupaciones como “Los papota payasos grup” (Argentina) y “Clowns no perecederos”, este último realiza espectáculos a beneficio de comedores infantiles desde el 2001. Monti, además de participar de distintos festivales e intervenir en numerosos varietes, también participó en la realización de exitosos espectáculos como Cancionero Rojo (Payasa), Soñata (Payasa) y Povnia, obra que presentó en esta ocasión en este FTR2012 y además pasó por diversos festivales internacionales. En una charla previa a la puesta, Lila dialogó con LA OPINIÓN y amplió un poco algunas cuestiones en torno al universo clown y su elección por el mismo.

-En la mayoría de las notas en las que apareces los escritores marcan esta diferencia que existe entre ser clown y ser payaso, ¿podrías hablar de esto y del por qué elegiste ser payasa?

-Está bueno empezar por ahí porque a mí me gusta decir siempre que soy payasa no clown (igual esas definiciones me tienen sin cuidado). Pero en medio de esa puja entre lo que es un payaso y lo que es un clown yo vivo en un lugar en donde se habla castellano y me gusta más la palabra payasa. Si le preguntás a otra persona, por ahí lo que te puede decir es que los clown son los que hacen más payaso de teatro, estudiaron y están más dentro de una rama de los clown y de la escuela de Jacques Lecoq. Pero la verdad es que ahora, tanto en Buenos Aires como en Europa, hay tantas vertientes del clown, y nosotros nos fuimos metiendo en tantos vericuetos que no sé si nos podemos encasillar dentro de alguna definición que tenga que ver exclusivamente con esta escuela. Y la verdad es que para mí son payasos los que trabajan en los hospitales, los que animan fiestas, los que trabajan en la calle, en el teatro o en el circo. En cuanto a mi elección, no sé si elegí ser payasa o la payasa estaba en algún lado y me eligió a mí, hago teatro desde muy chica, mi papá es escritor. Yo elegí ser payasa cuando venía haciendo teatro del más convencional. En realidad yo venía entrenando con Guillermo Angelleli, más la cosa física y vocal que él trabaja (que proviene de la antropología teatral de Eugenio Barba). Yo estuve entrenando con él por buen tiempo y en un momento alguien dijo “Guillermo da un curso de clown en febrero, dicen que está bueno, es divertido”. Y bueno, me anoté, fui y de pronto estar en escena se volvió super placentero para mí, yo soy muy exigente conmigo misma, la pasaba muy mal a veces en el teatro. Y de pronto, detrás de la nariz empecé a disfrutar del teatro en primera instancia y después de la vida en general. Mi payasa me ayuda a reírme de mi misma y de mis peores cosas, porque yo soy autoritaria, competitiva, bruta…mi payasa me rescata un poco de todo eso. Me alivia un poco. Entonces, desde que me puse la nariz, no pude parar, seguí haciendo teatro y todo, pero si tengo que elegir entre un proyecto como actriz teatral o como payasa, elijo un proyecto como payasa sin dudas.

-Vos hablaste alguna vez sobre el hecho que el payaso no se puede inventar, que está en uno mismo, es decir, se puede entrenar, educar pero no inventar. ¿Cómo es eso y cómo vivís el día a día con ese payaso? Me imagino que debe tener sus pro y contras convivir con eso.

-Para mí lo descubrís a ese payaso que llevas puesto, porque el payaso se arma sobre tu materia prima, sobre tus defectos y sobre tus virtudes. Entonces, yo no puedo pensar en “tener una payasa tierna, torpe y colgada” porque yo no tengo nada de colgada. Mi payasa es una mina con mucho peso, es un a mina que tiene más raigambre prusiana y guerrera, mi payasa no es una tipa livianita. Por eso también le tuve que entrenar su zona liviana también. Bueno, yo hubiese querido tener una payasa encantadora, bobita, pero no me sale porque yo no soy así. En cuanto a cómo convivo con mi payasa, y a veces el límite entre vos y la payasa empieza a ser un poco más difuso. Hay veces que está bueno, porque es divertido, pero hay veces que no está tan bueno, porque con algunas cosas te ponés un poco más frontal y la careteás menos. Pero en general, para mí el encuentro con la payasa es positivo. Esto en tanto y en cuanto tengo un espacio en mi vida -que de hecho es bastante grande porque también doy clases- para poner todo mi enrosque mental y todo mi delirio de una manera positiva y creativa. Yo digo que la payasa siempre me salva las papas del fuego. Y de hecho, ahora hace 6 meses que fui mamá y el postparto y la depresión postparto es lo más agudo que pueda transitar una mujer, por lo menos en mi caso. Bueno, en eso la payasa me vino a rescatar; gracias a ese contacto con lo lúdico, con lo más inmediato, con lo más liso en el buen sentido de la palabra, con lo menos firuleteado y enroscado. Porque yo soy enroscada, pero mi payasa va más tranquila y más directa; entonces, yo la trato de usar lo más que puedo en la vida.

Autor: Damiana Calcaterra

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