En la mañana de ayer fue oficiada la celebración del Tedeum presidida por
monseñor Carlos Franzini en la Catedral San Rafael, en la que participaron también el intendente Luis Castellano, el presidente del Concejo Jorge Maina, el presidente de la Cámara de Apelaciones en lo Penal Juan Oliva, el senador Alcides Calvo, el diputado provincial Roberto Mirabella, el jefe del escuadrón Rafaela de Gendarmería Manuel Chavarría, el jefe de la URV de Policía Marcelo Bianciotti, el titular del Centro Comercial e Industrial Diego Turco, entre otros, pero hubo muy poca gente. A continuación se transcribe la homilía pronunciada por el obispo:
Los textos bíblicos que esta mañana (por ayer) iluminan nuestra celebración de acción de gracias nos llevan al corazón de lo que estamos celebrando: damos gracias a Dios por el don de la libertad y queremos ser responsables de este don cuidándolo y desplegándolo en toda su potencialidad. Esto es, ser libres para vivir en plenitud. Ser libres para que todos en nuestra Patria puedan alcanzar una vida digna y plena.
Después de la experiencia liberadora, Dios, a través de Moisés, interpela y desafía al pueblo: “yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás” (Dt. 30,19). La liberación de Egipto no es el paso de la esclavitud a la anarquía o a nuevas esclavitudes. Tiene un objetivo positivo y superador: la vida nueva y plena del pueblo de Dios, llamado -además- a ser fermento de fraternidad y luz para todos los pueblos. “Elige la vida y vivirás”. En esta elección el pueblo juega su destino y su felicidad.
Jesús -que se ha presentado como Camino, Verdad y Vida (cfr. Jn. 14,6) y a quien profesamos como el Viviente (Ap. 1,17)- se nos muestra en la escena evangélica que hemos escuchado como el Señor de la Vida, capaz de compadecerse de una pobre viuda, devolviéndole vivo a su único hijo muerto. Pero prestemos atención porque ese hijo era mucho más que un hijo; era su misma vida prolongada, era su esperanza y -quizás- también su sostén. En otras palabras, para ella era todo. Al devolverle a su hijo vivo también ella revive y su horizonte se hace nuevo. Jesús no es un “sanador” o “milagrero”, que busca llamar la atención con hechos extraordinarios o paliativos provisorios. Tampoco le interesa con sus signos ser “tapa” de los diarios ni satisfacer curiosidades descomprometidas o intereses mezquinos.
En el evangelio los milagros del Señor siempre se orientan a revelarnos algún aspecto del insondable misterio del Dios revelado por Jesucristo: el Dios Vivo, que ama la vida y la ofrece generosamente a todos sus hijos. El Dios Vivo que rechaza la muerte y todos los signos que la anticipan y ocasionan: la mentira, la violencia, la prepotencia, la frivolidad, el hedonismo, la indiferencia, la discriminación, el egoísmo y tantos otros.
Concretamente en la resurrección del hijo de esta pobre viuda Jesús se nos revela como Aquel que vence a la muerte y cuyo poder y amor son más fuertes que toda forma de muerte, ante todo el pecado, que es su raíz. Pero, para vencer a la muerte, Jesús ha sido capaz de compadecerse antes del dolor de la madre viuda. El dolor del que sufre es ya como un anticipo de su trágica presencia. Por eso, compadecido del dolor de la madre, Jesús le devuelve a su hijo para que viva y viva en plenitud: “yo he venido para que tengan Vida y Vida abundante” (Jn. 10,10), nos recuerda en otro pasaje evangélico.
También nosotros, si queremos honrar la vida y afianzar la libertad, hemos de cultivar su misma actitud compasiva ante el dolor ajeno y ante tantos signos de muerte presentes entre nosotros. Siguiendo el mandato evangélico hemos de ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mt. 10,16) para descubrir y desenmascarar tantas formas de muerte disfrazadas con eufemismos o palabras mendaces.
Mis queridos hermanos: la auténtica libertad de los pueblos se mide por su capacidad de ofrecer a todos sus miembros una vida digna y plena. Una vida de la que nadie es excluido y en la que todos disfrutan de la básica dignidad de ser persona humana. Una vida en la que la muerte, con sus distintos rostros, va siendo progresivamente vencida.
La fe cristiana -que ha acompañado al pueblo argentino desde los albores de su existencia- y también la sola razón humana, nos enseñan la igual dignidad de toda persona por el sólo hecho de existir, aún germinalmente. El ser apenas concebido y el enfermo terminal gozan de idéntica dignidad y comparten con todos nosotros el mismo derecho a una vida digna y plena, acorde a su propio desarrollo y situación vital.
La libertad de un pueblo está seriamente amenazada cuando el don de la vida ya no es apreciado en todo su arco, desde el primer instante de la concepción hasta su fin natural. Está amenazada por la violencia de la injusticia, de la guerra o de la inseguridad. Pero también atentan contra la libertad de un pueblo nuevas y sutiles formas de amenazas contra la vida. Amenazas que se suelen disfrazar de las más variadas justificaciones: desde el progreso científico hasta el pragmatismo más vulgar; desde supuestos derechos individuales (considerados subjetivamente y al margen de los derechos ajenos) hasta intereses económicos y comerciales; desde pretendidas superaciones de tabúes ancestrales hasta neocolonialismos culturales.
En este día en que damos gracias y valoramos nuestra libertad es necesario que volvamos a comprometernos decididamente en favor de la vida. Por eso queremos aprender de Jesús su compasión frente al dolor y la muerte, sabiendo reconocer dónde está amenazada la vida: en el aborto, las adicciones, la trata de personas y la prostitución, la falta de trabajo y de vivienda digna, de educación y atención de la salud, la inseguridad pública y vial, el descuido de los ancianos y de los moribundos.
Por eso en este día de la Patria queremos agradecer a Dios por el don de la vida y de la libertad. Dones que recibimos de él, pero que se nos confían para cuidar y promover responsablemente para que lleguen a todos. Queremos agradecer y valorar el aprecio y el cuidado de la vida que caracteriza a nuestro pueblo. Agradecer el servicio de tantos que cotidianamente y de manera escondida sirven a la vida, sobre todo entre los más pobres y que, de manera a veces heroica, luchan por ella, la cuidan y la promueven. Pero también queremos comprometernos, convirtiéndonos en servidores de la vida y desenmascarando tantos signos de muerte que se dan entre nosotros.
Hace más de doscientos años los patriotas de mayo iniciaron un movimiento que elegía vivir en libertad. También hoy elegimos la vida para vivir en libertad. Hoy lo hacemos de acuerdo a los nuevos desafíos. Que Dios bendiga nuestro empeño y la Virgen Madre nos enseñe a cuidar y promover una Vida plena para todos.