El cierre del espectáculo, con el Sexteto Mayor interpretando un emocionante "Canaro en París" con el público de pie despidiéndolos con sostenidos aplausos, fue seguramente la mejor imagen que queda en el recuerdo de esta nueva presentación de uno de los más prestigiosos grupos tangueros argentinos, con fuerte proyección hacia el mundo. Es cierto que a través de sus 38 años de existencia -desde aquel comienzo en 1973 merced a la inspiración creativa de Libertella y Stazo-, fue experimentando reiteradas modificaciones de sus integrantes, pero también es válido decir que nunca resignó calidad, tanto por las nuevas incorporaciones como por los reemplazos.
El Sexteto Mayor se presentó en la sala del Lasserre por segunda vez en no mucho tiempo, y casi la mitad de sus miembros no fueron los mismos, pero sonó igual, casi sin diferencias. Apreciado, aplaudido y disfrutado por un público mayor, en coincidencia con el nombre del conjunto. Son sus seguidores, los que van perdurando junto a la vigencia del Sexteto, que superó a lo largo de los años muchas zozobras -al igual que el tango- pero que se sobrepuso y mantiene vigencia plena.
Al inicio mismo del recital se debió superar un inconveniente surgido con el piano, con una breve interrupción y las explicaciones -y comprensión de parte del público, que mantuvo no sólo en ese momento sino a lo largo de todo el ofrecimiento un respetuoso silencio, alterado sólo al cabo de cada entrega con aplausos que enrojecieron manos- que el momento imponía. A cargo de Horacio Romo, el bandoneonista director del grupo, quien integrado en 2004, tiene también la responsabilidad del contacto con el público, en los anticipos de las presentaciones, en tener que cubrir algún bache inesperado como ese del piano, pero que aún logrando un entendimiento vocal con el público, está lejos en esa tarea de alcanzar lo que ofrece con el bandoneón, junto al piano de Fulvio Giraudo y del violín del inoxidable Mario Abramovich -está en el grupo desde 1974, ingresado un año después de formado el mismo- siendo además de un virtuoso el único que no se vale de la lectura musical para su ejecución. Impecable tanto en ejecutar como en sus ingresos. Son años, podría ser una síntesis muy ajustada.
Eduardo Walczak, el otro veterano violinista del Sexteto que está en el mismo desde 1983, también tuvo sus pasajes de lucimiento, estando en momentos de debut -con el grupo se entiende- del contrabajista Daniel Falasca, que tuvo aquí en Rafaela recién su tercera actuación. Integrante de la familia Falasca de Humboldt, con su recordada hermana Rosana, fallecida muy joven en pleno apogeo, y que sigue siendo recordada como estrella de la canción, dejando una huella muy profunda en el recuerdo.
Varias menciones hubo, sobre el asado que los integrantes de todo el grupo, la media docena de músicos junto a todo el equipo, compartieron el sábado al mediodía en Humboldt, el pueblo originario de los Falasca, una familia de músicos muy conocida. Recordamos cuando Ado Falasca, el papá, se llegaba por los clubes de Rafaela presentando a "Adito y Chany", un duo conformado por dos de sus entonces jóvenes hijos. Chany justamente, el apelativo de Rosana, quien bien chiquita ya se lucía por los escenarios.
Volvamos al Sexteto. Hubo entregas para todos los gustos, muchos tangos, milongas y algunos valses como el clásico "Desde el alma" que arrancó emociones, desfilando creadores como Plaza, Piazzola, Libertella, Canaro y otros grandes. RJA.