La humanidad toda desde tiempos inmemoriales y hasta la fecha, tenemos entendido que en general, siempre apuntó, buscó, imitó y que sé yo cuantos calificativos más, a quienes representaban lo más grande y excelso del período en el cual le tocó evolucionar.
Indudablemente que tribu, casta, pueblo, familia siempre tomaban como ejemplo al mejor, sea en la caza, trabajo, diversión o guerra. Las distintas razas fueron cambiando ocupaciones y actividades, tomando otros rumbos, pero no hay duda que la mayoría apuntó siempre al mítico y admirado número uno. La importancia de esa figura, a veces legendaria, a veces quiméricamente visible, pero a veces desgraciadamente triste y nefasta, suele arrastrar multitudes, que de una u otra manera van siguiendo las acciones y dictados de ese emblemático símbolo que puede elevar a un pueblo o una Nación a la bienaventuranza, o hundirla en el caos total.
Esta vez, hemos elegido para comentar, al indiscutible número uno de la República Argentina, guía primario de nuestra Nación, José Francisco de San Martín, no sólo padre de la Patria, sino dueño de claros ejemplos de desprendimientos personales en favor de tres naciones que libertó, demostrando ser siempre el más lúcido, el más justo y altruista, el más humano a la hora de las grandes decisiones, tanto en la guerra como en la paz, el que renunció a todas las prebendas, riquezas y poderes gubernamentales de privilegio, siempre buscando lo mejor para la parte de humanidad que le tocaba aleccionar, aconsejar, conducir o liberar. Y la razón y causa por el cual hemos comenzado esta observación, es que nos estamos acercando a un bicentenario de nuestra Nación y de toda la historia Americana, del cual muy poco se recuerda, pero que fue de enorme transcendencia y que puede volver a marcar un antes y un después como en aquella época. Tal vez alcancemos el margen del delirio y la ilusión, pero que el hecho en sí ocurrió, nadie lo puede negar.
Finalizaba el verano en el continente Suramericano y un barco llegaba a las costas del Río de la Plata, luego del largo viaje por el Atlántico. Anónimos pasajeros desembarcaron en aquella mañana del 9 de marzo de 1813. Y entre ese grupo de viajeros pisaba nuevamente su tierra natal (luego de 29 años de ausencia) José Francisco de San Martín.
La goleta inglesa George Canning (vaya a saber porque designios ultraestelares, lejos de nuestra comprensión y entendimiento) traía de "vuelta al pago" al Sol de América toda, al Adalid, al futuro libertador que venía a redimir toda la sangre nativa derramada durante tres siglos por los arcabuces y las espadas de aquellos dominadores que venían por el oro y la plata, a destruir un mundo que desde milenios vivía en común con la naturaleza; Tiuhauanaco, Isla de Pascua, Chichen Itza, Uxmal, Cuzco, Machu Picchu, centros neurálgicos de civilizaciones tan enigmáticas y misteriosas como el profundo firmamento.
Intrascendente dato para una estadística portuaria, pero momento crucial, culminante, mítico para la historia latinoamericana. La intención personal de este comentario, no es el de reseñar su gesta emancipadora, pues ya sobran los relatos, elaborados y analizados por verdaderos especialistas, sino recordar sus decisiones de acuerdo a principios más equitativos en bien de comunidades y países,| a medida que su marcha libertadora iba expulsando al invasor.
¿Cuáles fueron esas abdicaciones y rechazos? Muchas, a tal punto que sólo tomaremos lo más importante, aquello que el paso del tiempo inmortalizó como verdaderas resoluciones patrióticas, propias de un ser iluminado por el fuego sagrado y puro del infinito creador.
Tomaremos en primer término el período posterior al cruce de la Cordillera (obra grandiosa por sí sola), y la batalla de Chacabuco, librada el día después del cruce sin haber llegado a reagrupar parte del ejército.
Luego de la victoria en los llanos de Chacabuco, San Martín regresó a Buenos Aires a fin de informar personalmente sobre el desarrollo del combate. Se le aconsejó que la ciudad lo esperaba en victoria y que llegara en horario conveniente, cosa que no hizo, pues nunca fue amante de la ostentación y el vano e inútil exhibicionismo. Entró a la madrugada y fue a su casa.
El gobierno de Buenos Aires inmediatamente lo ascendió a Brigadier General. Por dos veces rechazó el ascenso considerándolo innecesario. Sí, hubo de aceptar (por no poder negarlo) una pensión vitalicia de $ 600 anuales para su pequeña hija Mercedes, que luego le permitiría educarla a su debido tiempo en el forzado exilio europeo.
Al volver a Chile el Cabildo le otorga un premio de $ 10.000 para gastos personales, dinero que toma y funda la Biblioteca Nacional de Chile utilizando el total de esa suma. No pudo ceder ante la concesión de una chacra que también le hiciera donación el Cabildo, pero dona la mitad de las ganancias de la misma, para la manutención de una casa para mujeres desvalidas. Una vajilla completa de plata le es también obsequiada. Rehusa con esta definición "no estamos para tiempos de tanto lujo", y su sueldo de $ 6.000 anuales lo entrega con esta conclusión: "Tenga a bien reservarlo para el pueblo".
José de San Martín era hombre de cabeza erguida y mirada hacía el horizonte: ¿Entreveía acaso el porvenir? Puede ser, estos seres de pureza luminosa, ahondan el misterio del más allá, penetran profundamente en los arcanos de otras dimensiones, donde perciben el camino a seguir entre los mortales, para ayudarles en los difíciles momentos de los grandes cambios, pero ellos jamás dejarán traslucir esa evidencia, pacto eterno con el más allá que al menor desliz, les borra, los evapora de la faz de la tierra, o los confina al olvido y abandono más absoluto cuando no cumplen con las estrictas leyes de la verdad y la justicia.
A esta altura de los acontecimientos, aún faltaba concretar el gran proyecto de atacar el corazón del imperio español en América, Lima y la fortaleza de El Callao, a fin de acercar al ejército de Simón Bolívar, que desde Suramérica norte batallaba heroicamente contra el opresor español vengativo y feroz. En principio, el gran proyecto sanmartiniano ya sufrió un duro revés con el asesinato de Martín Güemes, pues la estrategia consistía en avanzar por el Alto Perú con el ejército y la milicia salteña, y bloquear los puertos del Pacífico con la armada chileno-argentina, amén de descargar tropas y guerrear en la sierra.
Pero al fin, el 20 de agosto de 1820, desde el puerto chileno de Valparaíso, zarpa la escuadra rumbo al Perú de los Virreyes, que como nos cuenta la historia, conquista casi sin derramamiento de sangre a su capital, Lima, y la rendición de la poderosa fortaleza de El Callao.
Al entrar triunfante en Lima, San Martín se explayó en estos términos: "No deseo entrar como vencedor, y no iré sino invitado por el pueblo peruano". Así pisó suelo limeño sólo para aceptar el cargo de protector del Perú, sugiriendo al pueblo peruano a gobernarse por si mismo a través del Congreso, mientras el vidente, el iluminado profeta correntino, encaminaba sus pasos hacia la siguiente meta, el encuentro que quizás ya intuía como fundamental para la total libertad americana: Guayaquil. Y partió hacia su implacable destino "serás lo que debas ser, o no serás nada", a fin de diagramar el ataque final en conjunto, con las fuerzas del norte al mando de Simón Bolívar.
Y si las abdicaciones y rechazos a elevados cargos habían sido incomprensibles para la mayoría, faltaba aún el momento crucial que quedó en la historia como el gran renunciamiento, pues aquella decisión de Guayaquil, permitió acortar la guerra varios años. Los ejércitos españoles habían perdido las costas, pero aún se mantenían fuertes en la sierra, donde acosaban a las poblaciones con vejámenes y feroces reprimendas. Era necesaria la unificación de ambas fuerzas a fin de acorralarlas y derrotarlas definitivamente.
Y aquí cabe una reflexión histórica sobre aquel encuentro en que los dos héroes acordaron por "primera y única vez" sus vidas físicas. San Martín se había formado en la austeridad de la pobreza. Bolívar provenía de familia opulenta y acomodada, y no conocía la lucha del diario sustento necesario. Ambos buscaban fervorosamente la emancipación americana, pero San Martín sólo luchaba por ello, en cambio Bolívar aspiraba a gobernar en la apoteosis glorificada, cesarismo napoleónico, despotismo al fin.
Y luego de dos días de secretas reuniones entre ambos jefes, el héroe de las renunciaciones, comprendió criteriosamente que la manera única en que podían aniquilar a las tropas españolas de la sierra era unificar ambas fuerzas, pero que el general bolivariano no iba a transar por el mando de la tropa.
Y luego, el regreso a Lima, donde convocó al Congreso el día 20 de septiembre de 1822, abdicó como protector del Perú, y así concluyó aquel glorioso período de libertad americana que recordamos, iniciara el 9 de marzo de 1813 cuando pisó a nuevamente tierra argentina.
En menos de una década había liberado tres países. El ejército unificado bajo el mando de Bolívar, continuó combatiendo hasta Junín y Ayacucho, liberando definitivamente toda suramérica del opresor yugo español.
Dos años antes viajaba hacia Lima con la escuadra libertadora, hoy volvía en soledad por el Pacífico, rumbo a Chile, con la tarea ya cumplida. Y el último cruce de su vida por la Cordillera, a la sombra altiva y soberbia
del Aconcagua, quizás rememorando aquel heroico cruce que significó el gran salto primario hacia la libertad. Corto período de descanso en su bienamada Mendoza a efectos de reponer energías para su enfermo cuerpo. Después Buenos Aires, a recoger a su pequeña hija huérfana de madre, viendo como su querida Argentina se desangraba en luchas internas (como ayer, como hoy, como siempre), y su radicación en Europa, llevando a cuestas la dolorosa incomprensión de quienes no lo entendieron, difamándolo durante los diez años de su periplo libertador con motes de déspota, ladrón, dictador, opresor, cosa común, cuando alguien sobrepasa el nivel mental de las masas intrascendentes, tornándose incomprensibles a los pueblos cuyos beneficios precisamente reciben ellos.
¿Acaso no es el padre de la patria?.¿ Acaso no prohija a nuestra Nación? Se acerca el bicentenario de aquel arribo histórico. Su espíritu de protección, justicia y libertad sobrevuela la atmósfera de la Patria a través de invisibles pero poderosas ondas de fuego purificador, ayudando de esa manera a quienes estén dispuestos a colaborar con el gran plan de elevación mental (y que son muchos), único lugar por donde llegará el progreso y bienestar que todos los argentinos limpios de mente y espíritu estamos buscando a través de los principios progenitores, porque para eso están los padres. Orientar, elevar, educar a sus hijos, ayudándoles a encontrar la meta del bien a través del trabajo honesto, el respetuoso comportamiento frente la sociedad, el proceder de la mano de la verdad, "y no mentira ni viveza criolla" que no sirvieron, no sirven, ni servirán jamás.
No pedimos renunciamientos a lo "San Martín", estamos a años luz de aquel espíritu justiciero de lejanos cielos, pero su poderoso pensamiento incorpóreo, haz de luz purificador acompaña y acompañará a quienes concuerden con sus ideales de justicia humana.
Tal vez sea la hora de la separación de la paja y el trigo, quizás haya llegado el crucial momento de inclinarnos por el lado de la verdad o la mentira: o tomamos el camino recto o nos convertimos ante la luz de la historia en falsos, embusteros, mentirosos.
Y ya se encargará el fuego demoledor de la justicia "incorruptible" de enviar los encarnados demonios de la tierra al infierno exterminador.
Ojalá el 9 de marzo de 2013 nos encuentre serenos, seguros de nosotros mismos, pletóricos de energías purificadoras, síntomas todos que estamos transitando el camino correcto.
¿A usted le parece que todo esto mueve a hilaridad?, pero al menos deberá aceptar que el 9 de marzo de 1813 existió y que está allí, a la vuelta de la historia con aquella ilustre llegada, el resto... ¡no importa!
No creemos pueda molestarnos el aniversario (uno entre tantos). Tal vez perturbe e inquiete nuestra conciencia, cuando nos espejamos en el lago limpio de aquella verdadera conducta de hombre a carta cabal. Pero estamos cotejando con el número uno, el modelo a imitar, el guía que nos convoca a continuar su sendero de luz; hoy y siempre... Por la Patria... por América toda...
Por el mundo...¡Amén!