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El maestro Carignano

"El Chueco Dávila y su hermano el Bebote estaban en la puerta de su casa mirando a la reunión y trataban de imaginar el motivo de la convocatoria aunque sin éxito; eran demasiado chicos para ir a preguntar.

El Viyo Moroni pasó por el lugar luego de su caminata matinal de diez vueltas alrededor de la plaza y se quedó mirando una ansiedad, pero nadie le dijo nada.

Y cuando las paciencias ya amenazaban con agotarse, apareció por la esquina un Ford Fairlane lustroso que se detuvo con ruido de gomas y frenos, dejando un bufido final de su poderoso motor como exhalación final.

-Ahí llegó el maestro -dijo la chica que parecía tener el control de la situación-. Apenas esté listo, comenzamos.

El maestro no era uno más. Era un artista. Descendió del imponente vehículo vestido con un esmoquin blanco, impecable, una faja roja, moño del mismo color y zapatos al tono: rojos. Se peinó, se acomodó la ropa y sacó de un estuche un dorado trombón; lo armó y se encaminó a la gente.

-Buenos días -dijo en un tono grave-, disculpen la demora. Cuando quieran, comenzamos.

-Muy bien, maestro -indicó la muchacha-. ¿Sabe lo que vamos a tocar, no?- le preguntó como haciendo colectiva la ejecución.

-Por supuesto.

El maestro se puso al frente del grupo, Panchito le dio marcha al viejo Taunus y los demás viejos arrancaron al menos con un inédito vigor para sus mostrados años.

Cuando la chica le dio la señal, el maestro comenzó con "Cuando los santos vienen marchando", a todo ritmo y a todo vapor, con un caño que hacía de las suyas en la calle y en la gelidez del día. Pero nadie se inmutó. Nadie salió a la vereda para averiguar qué era lo que ocurría, como si todos lo supiesen y nadie preguntara.

A todo jazz, con la cadencia propia de quien se sabe dueño del escenario, el maestro se subió a los cielos de su instrumento y la música se trepó a las nubes grises de esa mañana".

Autor: Redacción

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