En la misma época en que la corriente neoclásica se afirmaba en la mayor parte de los países Europeos, algunas personalidades reaccionaban contra esta dictadura del gusto mediante una visión más fecunda en futuros desarrollos.
“Lo antiguo no me seduce” había afirmado el joven David antes de partir para Roma. Esta frase hubiera podido ser pronunciada con todo derecho, en cambio, por Francisco Goya, el genio solitario frente a cuya obra tardía todas las experiencias neoclásicas parecen irremediablemente atrasadas y superadas. Ya nos hemos asomado al luminoso recorrido del gran artista Español durante los últimos años del siglo XVIII. En el umbral del nuevo siglo se halla en el cenit de su carrera y sus medios artísticos han alcanzado plena madurez expresiva, de tal modo que, en los mismos años en que David difunde por toda Europa el estilo neoclásico, Goya crea en plena soledad espiritual sus mayores obras maestras. El hombre atormentado por las manifestaciones del inconsciente, presa de ansiedad y de confusos temores, es su campo de investigación preferido; la presentación de la irracionalidad del mal, que ya había rentado en sus caprichos, retoma con violencia aún mayor en la serie de los Desastres de la Guerra y en los proverbios. Y la dramática experiencia que España vive en aquellos años, debido al desgobierno y las revueltas, a las invasiones, la reacción popular y las consiguientes represasalias de las tropas napoleónicas, encuentran en él un testigo y un intérprete de insuperable fuerza expresiva, que pasa de la despiadada y amarga verdad de los retratos de la familia real y los nobles, al grito de apasionado de amor y furor que se levantan en sus cuadros históricos: El levantamiento de Madrid contra los franceses y los fusilamientos del 3 de mayo de 1808. Cuando, hacia 1819 Goya se retira cansado y desilusionado a una vieja casa bautizada por el pueblo con el nombre de “La quinta del Sordo”, parecería que toda esperanza y toda fe en la razón humana lo hubieran abandonado por completo. Las pinturas que deja sobre las paredes de las habitaciones de la quinta, conocidas como las pinturas negras actualmente conservadas en el Museo del Prado, nos revelan las más profundas y angustiosas turbaciones del inconsciente traducidas en alucinantes visiones de locura y delirio y eso con un lenguaje pictórico toda espontaneidad e improvisación , que, valiéndose de pinceladas rápidas y robustas, construyen las masas por medio del color, empleado en sus tonalidades más sombrías y exaltado por repentinos y estridentes contrastes. Con estas obras y las últimas realizadas durante su destierro final en Francia (recordamos entre todas la encantadora Lecbera de Burdeos, que muestra la milagrosa recuperación de esa frescura de sentimiento y tierna exaltación emotiva propia de Goya el joven), el artista deja a la posteridad un mensaje de libre expresión artística y de afirmación de su sentir individual, que recogerán los pintores románticos y los impresionistas.