Los escorpiones necesitan tierra suelta para prosperar. Al igual que los vaivenes de los tres personajes que se mueven en escena del Centro Ciudad de Rafaela, quienes presentaron junto a "El escorpión" de Patricia Suárez, una admirable réplica de los instintos que suele esconder en lo más profundo de su naturaleza uno de estos animales. Excelentes interpretaciones de Alba Vincenti, Beatriz Bouhier y Martín Tenorio otorgaron a una dramaturgia fresca y audaz los tonos oportunos para construir paisajes realistas de los años 40 en el escenario rural de una familia italiana. Primeramente los deslices de Isota con Ivo, un yugoeslavo amigo de su padre junto a sus insinuaciones acompañadas de sensualidad, picardía y atrevimiento, dan inicio al comienzo de una puesta impecable y sin desperdicios. La muerte del padre, reúne después a los hermanos, proclamando un punto de inflexión desde el momento en que la herencia empieza a cobrar importancia protagónica. Sólo Lucía, la hermana menor, es la que constantemente añora con culpa el recuerdo de su progenitor e imagina repetidas veces, múltiples situaciones imaginarias que podrían haber evitado dicho desenlace. Entre sus llantos Isota y Fiore discuten la herencia, comparan, calculan, especulan. No pasará mucho tiempo para que Lucía convencida por Isota reclame su parte, pelee por las siete cuadras de tierra que entran en cuestión para nunca dejar de ser un conflicto.
El vestuario oscuro, formal, acorde, vinculado con la acción y las relaciones actanciales resignifica el gesto social y manifiesta el drama que envuelve la vida de los hermanos. Por su parte, la selección musical y efectos sonoros de Jerónimo y Facundo Rubino adquieren autonomía propia y suman contenido en relación con la puesta, producida y motivada por los momentos que hacen de intervalos, donde se organizan los objetos y la escenografía para el próximo acto, otorgando validez y simpleza y contribuyendo a recrear un ambiente agradable y acorde.
TRAMANDO LA VENGANZA
Un velorio es el centro de la reunión y también es escena de síntesis de aquello que los hermanos no pueden. El velatorio del padre muerto, resignifica en la espera una multiplicidad de lamentos, sentimientos y acciones que renuevan antiguos rencores, avivan viejos reclamos y actualizan reproches. Los hermanos se encuentran después de años en un nuevo contexto que materializa la caída de los vínculos, poniendo en cuestión la sensibilidad de los lazos familiares reactualizados a partir de la división de la herencia. Los objetos del padre, el anillo, las camisas, su ropa en general adquirirán un valor desmedido para las hermanas que al quedarse sin las tierras, las herramientas del campo y los animales, necesitarán algo que venga a ocupar el lugar que dejó el padre muerto. El conflicto central de la obra se sitúa justamente en eso que dejó el padre, poniendo en cuestión para quién lo dejó. Las peleas por sí mismas establecen climas, renuevan antiguas situaciones y enlazan nuevas suposiciones, incluso algunas llegan a una verdad que a Lucía y a Isota las deja más tranquilas, imaginar que Fiore mató a su padre. Los dichos del amante de Isota junto a la necesidad de creer en algo que autorice su plan, vendrán a ocupar un lugar de verdad cuestionando el accionar de su hermano. Una vieja arma utilizada en la guerra fue testigo de la amenaza de Fiore ante su padre. Ivo lo habría contado y los rumores como siempre sólo necesitan de alguien que necesite creerlos. La verdad puesta en duda, los vaivenes frente a lo que dijo o quiso el padre, sus últimos días, la enfermedad, las hermanas en la ciudad sin venir a visitarlos, parecieran otorgar cierto “derecho” a Fiore ante la herencia. Las hermanas quedan desamparadas, a la deriva, sin saber cuál fue la verdadera voluntad del padre o al resguardo de una verdad que no quisieran creer. La italianidad, aparece esbozada y desarrollada tomando tanto desde la dramaturgia como la puesta en escena un protagonismo propio, que revive hábitos, costumbres y tradiciones de la cultura popular de una de las corrientes inmigratorias más prolíficas en nuestro país.
REALISMO MAS INTIMO
El acento de una puesta prolija y de una simpleza admirable le confiere al espectador respeto. El desarrollo de la iluminación recrea un lugar central que llamando a la imaginación convalida varios espacios. Primero junto a un biombo Alba sintetiza sus jóvenes andanzas con el yugoslavo, luego será escenario central de la casa de velatorio y finalmente reúne en el desamparo de un banco compartido la vida de los tres, que sentados juntos, lejos de confraternizar cada uno marca sus diferencias y reclamos. Por último, detrás sin poder verse, la teatralidad de la composición escénica autoriza un fuera de campo, donde una perra ladra sistemáticamente y recrea un campo de visión ausente pero tan real como el que puede verse en presencia. La iluminación condensa aspectos cinematográficos, elabora espesuras, conduce espacios, pinta paisajes y cerca del final describe un campo incendiado, envuelto en llamas rojas y cálidas, se convierte en único testigo junto a Isota y los espectadores de una naturaleza inevitable.
La simpleza de lo cotidiano se retroalimenta de un espacio compartido entre hermanos, donde las actuaciones serán el motivo central del encuentro que será un verdadero desencuentro. Las microhistorias de la gente común relatadas con la naturalidad de la vida misma, autorizan un realismo plagado de detalles mínimos vueltos significativos. La habilidad de la dramaturgia y la dirección de actores a cargo de Lito Senkman hacen de una obra intimista, un drama familiar que cobra actualidad entre nuestros días. Excelente texto, impecable dirección de actores, magistrales actuaciones, logran un común objetivo que posiciona al espectador dentro de un representación íntima que condensa las particularidades de la vida misma y acentúa el valor de las actuaciones, en un teatro que hace justicia por la esencia misma de lo teatral, devolviéndonos una mirada realista, ácida y crítica frente a una realidad social que nada tiene de extraña.