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El emperador sin corona

(Por Teresita Tosco)

Eva empezó a retirar de la mesa primero las fuentes, después los platos y cubiertos, y ya estaba rumbo a la mesada de la cocina llevando las copas cuando escuchó aquella tos. La cena con la familia en la casa de Mamá Grande, o Mamá Vieja como le dicen a ella los más chicos, lleva tanto tiempo armarla como desarmarla pensó Eva. Mientras quitaba los restos de pan que habían quedado sobre el mantel, volvió a escuchar la tos. La palomita de ternera al ananá, horneada con guarnición de papas doradas, cebollas glaseadas y bastoncitos de zanahorias, es el instrumento de seducción que Eva ejecuta afinadamente cuando quiere tener a todos alrededor de la mesa de vuelta en casa. Porque le gusta disfrutar de una sobremesa prolongada charlando y escuchando el murmullo familiar, no acepta que alguien tome la iniciativa de preguntarle: ¿Te lavo los platos, Eva…? Ella es la anfitriona y se encarga de todo. Por otro lado, a la mañana viene Norma, y mate de por medio, terminan de poner todo limpio en su lugar. Ahora la tos sonó casi como un pedido de auxilio. Bebé, el mastín del tamaño de un Dragón de Comodo que le había regalado Pichón, su hijo menor, para que lo cuidara, se le plantó al lado. Una mirada de Eva bastó para que Bebé retrocediera al patio y se sentara atento en el límite de las baldosas y el césped. La casa está en las cercanías de un boliche bailable, y Eva supuso que un muchacho en la calle estaba tratando de deshacerse de un exceso etílico. Es el modo como suele Eva soslayar una imperdonable borrachera juvenil. Encendió la luz del porche y abrió la ventanilla enrejada de la puerta del frente… Lo que vio, Eva no supo explicármelo bien. Me dijo sí, que repentinamente le sobrevino una sensación de asombro, de miedo y al mismo tiempo de infinita pena que le apretó el corazón. Me llegó a decir que sintió hasta como un mareo extraño. Atado a la puerta de la reja de su casa, había un perro o algo que se le parecía, que intentaba sobrevivir respirando ruidosamente… Eva salió y lo miró de cerca. El poco pelaje que le quedaba al perro, caía en guedejas deshilachadas y sucias, y su piel libre de pelos, se abría en llagas purulentas. En otros tramos de su miserable cuerpo, el perro sangraba. No podía dejarlo allí, así… Pero le costaba salir del espanto. Finalmente Eva se dobló en un llanto que no podía parar. Mientras pensaba, ¡qué basura de individuo pudo haber dejado avanzar ese estado insalubre en un animal! ¡Qué ente despojado del más mínimo sentimiento pudo haber abandonado, atado, en ese estado a ese otro pobre ser vivo que sin hablar, sin quejarse, sin ánimo de mover la cola, aguantaba la lenta llegada de un final muy sufrido! Eva, acostumbrada desde chica en el campo familiar a enfrentar situaciones dramáticas por accidentes o enfermedades de los animales de la casa, del rodeo y silvestres también, encontró rápidamente la forma de entrarlo al jardín y que reposara sobre una bolsa, rociándolo con un desinfectante y proveyéndole no sé si me dijo por boca, o si le inyectó un antibiótico, y se quedó despierta el resto de esa noche que había empezado tan feliz. Temprano a la mañana siguiente, la presencia de la Médica Veterinaria que atiende a Bebé, le dio a Eva la tranquilidad que necesitaba. La revisión fue como suele hacerlo la doctora: minuciosa. Además de golpes, extrema suciedad, deshidratación, ausencia de algunas piezas dentales, incipiente desnutrición, y algunas cosas más, la doctora vaticinó que el perro padecía sarna dermodéctica. Indicó en una receta lo esencialmente necesario para iniciar un tratamiento y le suministró algunas inyecciones al animal que seguía respirando con dificultad. Le dejó a Eva algunos medicamentos para que ya se los fuera suministrando y palmeando al perro en las ancas murmuró como en un rezo: -Esto va a ir para largo… Y así fue nomás. Para que César se viera como está en la foto, pasaron 35 días de medicación y 2 meses de recuperación. Todo lo asumió Eva con la ayuda de María, una querida vecina. La doctora calculó que puede tener 9 años de edad, y que es un animal de una fortaleza física increíble. Un ejemplo de ganas de vivir. ¡Un rey, un emperador! Y le pusieron César. En la última visita que Eva le hizo a la doctora para que diera de alta al perro, la médica le hizo una última recomendación: que se fijara muy bien a quién le iba a entregar a César en adopción, porque la bondad del animal, su rápida adaptación, y su entrega amistosa, no soportaría otro desengaño. César está ahora en período de adopción. Quien quiera conocerlo, acariciarlo (ya no huele mal), y en una de esas llevarlo para compartir con esta magnífica mascota en que se convirtió, momentos de buena compañía, llame a este número por favor: 15692602. Les agradezco haber llegado a este punto final de la lectura. A mí me costó mucho escribir esta historia. Todavía me lastima la mirada de César, pero él sigue siendo un rey


Autor: Redacción

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