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El arte de las vacaciones en familia

Por Miguel Espeche. - Todos sabemos que nada es más lindo que la familia unida. Nadie se atrevería a contradecir esta máxima tan incorporada a la cultura nacional. Y menos en el verano, cuando la familia argentina sale de vacaciones con voracidad enloquecida, para alcanzar una felicidad medida en quincenas, lejos del trabajo y de las aulas.
Se supone que la familia se reencuentra, gozosamente, tras el año dedicado a la producción económica o educativa. Sin embargo, las cosas no siempre son tan fáciles como hacer las valijas y partir a la ruta en medio de una franca algarabía. "Familia unida" sí, pero no de cualquier manera, si se desea que las vacaciones sean un tiempo de paz y reencuentro, y no un territorio de ansiedades, peleas, desilusiones y angustias.
No podemos negar que dejar atrás los diferentes horarios, rutinas y ocupaciones de cada integrante de la familia (cosas que regulan las relaciones y encubren defectos y virtudes de los vínculos) para disponerse a compartir, todos juntos, el espacio, el tiempo y la ansiedad por no desperdiciar el codiciado momento del descanso da lugar a alegrías y tensiones que merecen alguna reflexión.
En principio, si de descanso hablamos, hay que tener en cuenta los diferentes tipos de cansancio que existen entre los integrantes de la familia en cuestión. No hay "un" cansancio, sino tantos cansancios como cansados existen. Los padres suelen estar cansados de tanto trabajar y los hijos suelen estar cansados del colegio, aunque podemos suponer que muchas veces ellos, los hijos, más que cansados están con ganas de cansarse, no ya a nivel intelectual sino a causa de las diversiones que puedan desplegar durante las vacaciones.
Es imprescindible, entonces, entender qué expectativas tiene cada uno de los miembros de la familia a la hora de arribar al lugar elegido. En ocasiones, justamente por este tipo de diferencias, aquello que iba a ser un tiempo de encuentro familiar al más clásico estilo Campanelli (mítica familia televisiva de la que los hijos y, también, algunos padres, quizá jamás han oído hablar) no lo resulta en absoluto, porque mientras los padres buscan aprovechar sus quince únicos días de ocio a su manera, los hijos, en particular los adolescentes, procuran usar esos mismos quince días (que son tan solo una fracción de sus dos meses de vacaciones), para dedicarse a los menesteres propios de su edad: socializar, ponerse a prueba y tratar de encontrarle (esperamos) sano cauce a tanta hormona y entusiasmo vital, más allá de las antológicas siestas y las dormidas infinitas, que también son propias de esta edad.
Esto puede provocar que, con horarios cambiados, padres e hijos se saluden en las mañanas, mientras unos desayunan para empezar el día y otros hacen lo mismo, pero para terminarlo. En ese contexto, la unión familiar es casi un símbolo, si se piensa erróneamente que esa unión se basa en estar juntos físicamente todo el tiempo. Más allá de que es bueno marcar la cancha a los hijos que transitan por ese período de la vida ("no es lo mismo ser libre que andar suelto", recordemos), hay que tener en cuenta que, en realidad, cierta lejanía es natural y hasta deseable: la adolescencia, convengamos, es tiempo de abrir espacios nuevos, lejanos al territorio de los padres.
Por otra parte, los padres expertos ya saben que salir de vacaciones con chicos de corta edad es, desde el inicio, renunciar a tener paz durante los primeros dos o tres días. Los más chiquitos son dados a estar tranquilos en ambientes conocidos y con ritmos conocidos. Al encontrarse de repente con un nuevo paisaje, distintos horarios y un cuarto diferente en el cual dormir, se estresan. Y, se sabe, un chico estresado y "sacado" de su espacio habitual es un chico de esos vulgarmente llamados "insoportables": llorones, gritones, atolondrados e insomnes... hasta que se les pasa, con el correr de los días. Se reitera: los padres expertos ya saben que esto es así y enfrentan el asunto con filosofía. Los inexpertos, sin embargo, suelen pensar que la vida se les ha terminado, que la paz es un bien del que nunca más podrán disfrutar y que algo habrán hecho mal en esta vida o en sus encarnaciones anteriores para merecer tamaño tormento, cuando, en realidad, su ilusión era disfrutar sacando fotos del vástago con gorrito, palita y balde en la arena. Reiteramos: son los primeros días nomás, y la foto podrá ser sacada luego con felicidad para todos. Sabiendo esto, los padres jóvenes se tranquilizarán. Y no hay mejor ansiolítico para los chicos que percibir la tranquilidad de sus padres.
Otro capítulo de los muchos que existen en una familia de vacaciones es el de la pareja. El tiempo de vacaciones es un tiempo de reencuentro, algo que algunos bendicen y otros no tanto. Suele aconsejarse usar el tiempo de vacaciones para acrecentar la intimidad de la pareja, recordar viejos rituales de encuentro, salir del funcionalismo pragmático para entrar en una sintonía más esencial...
Pero a veces la convivencia deja al descubierto rencores y desencuentros acumulados en un año difícil, por lo que hay pasos previos por seguir si se desea acceder a un plano más afectivo y menos mecánico.
En este punto podemos simplificar las cosas y decir que hay dos líneas actitudinales posibles: algunas parejas eligen llenarse de actividades para disimular o camuflar el desencuentro, y otras apuntan a las caminatas por la playa o la montaña o donde corresponda para hablar y entrar en sintonía, con la intención de deshollinar la comunicación y ponerle "onda" a la cuestión, más allá de todo.
Debe enfatizarse algo señalado más arriba: los adultos suelen tener tan solo esos quince días de vacaciones (con suerte, un mes), algo que los diferencia de sus hijos. Por eso, el diseño de las vacaciones y sus rutinas debe apuntar a que los padres lo pasen muy bien, dejando de lado aquello del sacrificio "por los chicos". Dicha idea de que los padres deben hacer "todo" y no tan solo "lo adecuado" por sus hijos suele generar, en los vástagos la concepción de que los padres son meros objetos, proveedores de bienes y servicios, y no personas a ser honradas, respetadas y... cuidadas, como corresponde. Por eso, respetar las vacaciones de los adultos, el propio descanso, y desde allí compatibilizar con los hijos resulta a todas luces imprescindible si no se quiere empezar cansado y "gastado" el año por venir.
Hablamos aquí de familias tipo, que las hay, pero menos que antes. Los sistemas familiares se han diversificado (familias monoparentales, ensambladas, etcétera), por lo que a veces se hace difícil abarcar todo el espectro de lo posible, aunque se sabe que en las vacaciones el mundo emocional aflora de manera diferenciada y enfática en todos los tipos de familia, y es conveniente tener eso presente para pasarlo bien y sin feas sorpresas.
La ansiedad nunca es buena consejera, por eso nada mejor para los días de vacaciones que ir tranquilos, sin intentar que esa quincena tan significativa sea una compensación de todo un año.
Si se desea la unión de la familia, vale tanto o más lo que se hace durante el resto del año que lo que se genera en esos quince días. En todo caso, vale pensar que en las vacaciones se disfruta también el fruto de lo vivido durante el año, y no sirve intentar que en ellas se genere, en el terreno de los afectos, aquello que en los largos meses del año no se supo, no se quiso o no se pudo hacer.

El autor es psicólogo, especialista en vínculos familiares. Su último libro es Criar sin miedo.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 19/01/2011.

Autor: Redacción

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